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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Hay un dato importante en todas las encuestas que intentan arrojar algo de luz sobre nuestro panorama político: Vox está aquí para quedarse. Según las peores estimaciones, podría perder algún que otro escaño; según las más favorables, seguiría creciendo en votos y presencia parlamentaria. Lo que no dicen las encuestas es que el partido de Santiago Abascal lo está logrando a pesar del cordón sanitario que le han impuesto el resto de los partidos y, aún peor, en contra del pacto de silencio de todos los medios que sólo mencionan a la formación nacionalista española cuando contrae matrimonio uno de sus líderes. 

Ahora bien, pasar del 16-17% de votos al 20% no es tarea fácil. De hecho, tal vez sea la más compleja pues supone crecer en sectores disputados por otros partidos y atraer a votantes que nunca  antes habían comulgado con las propuestas de Vox. No obstante, hay dos elementos que permiten ser optimistas. Por un lado, los desmanes del actual Gobierno, entregado de pies, manos y alma (si la tuviera) a la izquierda más radical, antidemocrática, totalitaria y cínica que hemos conocido. La avidez tributaria de Sánchez/UP que lleva a auténticas actuaciones de trileros (como es la “tarificación del uso de las autovías), su ansia por mantenerse en el poder (ahí queda el tema de las excarcelación de miembros de ETA que exige Otegui “el dolorido” a cambio del apoyo de Bildu a los presupuestos), su despreocupación por el conjunto de España (basta ver el trato desigual y favorecedor a los separatistas catalanes), entre otras muchas cosas, como el asalto a la educación o la constante presión para romper la separación de poderes, pinta un panorama lamentable en lo económico, revolucionario en lo social y suicida para España y sus instituciones democráticas. Engatusar a los españoles no les va a resultar sencillo. 

Vox se enfrenta a un salto cualitativo: convencer de que es la alternativa real. No en un futuro indeterminado. Sino ahora

El segundo factor que favorece a Vox es la permanente deriva del PP. Y ya no se trata de que un día quiera emular a Vox, aunque suene falso, y al otro traicione a buena parte de su electorado denigrando a Santiago Abascal y corriendo a pactar con Sánchez.  Hay algo más: su líder no cala y empieza a caer antipático a pesar de su sonrisa forzada. Los problemas de Génova se acumulan y por eso el PP es incapaz de hacer oposición y presentar a los españoles una clara alternativa al socialcomunismo que nos gobierna. Tras un arranque que ilusionó cuando se hizo con las riendas de su partido, Casado ha caído en la miseria ideológica de la derecha institucional española: defender la gestión como mejor moneda política. Desgraciadamente para él, ni esa gestión es convincente históricamente, ni sus luchas de celos con Isabel Díaz Ayuso le otorgan mucha credibilidad a sus palabras. En lugar de apoyar a la dirigente autonómica de su partido que mejor lo ha hecho de entre los suyos, la castiga e intenta ponerle freno. Marx y Freud se equivocaban: no era ni la lucha de clases ni eros los motores de la Historia, sino los celos de todo tipo, sobre todo los relativos al poder.

Con todo, para aprovechar la situación, en mi humilde opinión, Vox debe superar dos retos: el primero, salir de su actual zona de confort. Esto es, ir más allá de ser el provocador de la izquierda y ser conscientes de que tanto el juego parlamentario como el terreno judicial han tocado techo. La movilización social exige caminar hacia una gran tienda, a la combinación de grupos y sectores dispares y descontentos tanto con el Gobierno como con el PPKarl Rove me dijo una vez que los europeos tendemos a ver a nuestros votantes como los espectadores de un teatro. Nos dirigimos a nuestros fieles. Mientras que él veía a la sociedad compuesta de grupos que actuaban como imanes. La clave estaba en ir colocando los polos opuestos de cada uno para formar una gran cadena que uniera en un extremo, a unas monjitas de California, como un grupo de cómicos de Nueva York, en el otro. Algún sabio habrá que sepa cómo articularlo en España, imagino.

La otra asignatura de Vox, clave para su éxito, es dejar de ser percibido como la muleta del PP y pasar a ser considerado una alternativa de gobierno real. Y para eso el partido de Abascal debe parar de ser la voz crítica que ha sido y es para también ser la voz de la generación de propuestas que puedan ser llevadas adelante desde el gobierno. El temor a ser criticado tiene que ser suplido con la profesionalidad de quienes quieren llegar a gobernar y dar a conocer que el equipo humano del cambio sabe lo que tiene que hacer. Un programa basado únicamente en soflamas y en sentimientos no es suficiente.

Vox se enfrenta a un salto cualitativo, convencer de que es la alternativa real. No en un futuro indeterminado. Sino ahora. Y ahora es ya. Sólo tiene que desarrollar la estrategia adecuada.

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