'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado seis libros de poesía, recogidos en 'Verbigracia' (2022), tres dietarios (el más reciente, 'Un largo etcétera', 2017), tres colecciones de sus columnas periodísticas (la última, 'El burro flautista', 2019), dos libros de aforismos, 'Palomas y serpientes' (2016) y 'El vaso medio lleno' (2021). Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.

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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado seis libros de poesía, recogidos en 'Verbigracia' (2022), tres dietarios (el más reciente, 'Un largo etcétera', 2017), tres colecciones de sus columnas periodísticas (la última, 'El burro flautista', 2019), dos libros de aforismos, 'Palomas y serpientes' (2016) y 'El vaso medio lleno' (2021). Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.

La paliza

12 de abril de 2021

Los hechos son conocidos y los lamentamos. El célebre multimillonario y exministro izquierdista francés Bernard Tapie y su mujer fueron asaltados por unos ladrones en su casa de París. Al ver el color de los asaltantes, a Tapie no se le ocurrió otra cosa que asegurarles que él había militado siempre a favor de los inmigrantes y de la diversidad racial. Los ladrones no le dieron las gracias. El más locuaz de los asaltantes replicó: «Que te den por c… Ese tiempo ya ha pasado». Les golpearon con violencia, sobre todo a la esposa, y les robaron todo lo ‘robable’.

¿He dicho ya que condeno profundamente el asalto? Sin paliativos. Constatado lo cual enérgicamente, me gustaría hacer algunas más leves observaciones al hilo de las palabras de Bernard Tapie. Pueden ser ilustrativas, prevenir nuevos ataques o, al menos, no empeorarlos.

Como en esta columna somos partidarios de la gran cultura occidental, no deberíamos ni mentar el karma, aunque sea lo que ahora todo el mundo entendería, ay. A Tapie le ha caído encima lo que Séneca y luego Dante (oh, a estos sí los debemos mentar) llamaban el contrapasso. ¿Qué era la ley del contrapasso? Sufrir un castigo simétricamente producido por tus culpas. ¿Contrapasso, digo, porque Tapie estaba a favor de la inmigración -se entiende que de la ilegal, porque de la legal estamos a favor todos- y de la diversidad mientras otros la sufrían? No, exactamente. El auténtico contrapasso ha sido que él ha sido un relativista legal. Esto es, le ha parecido bien que los inmigrantes se saltasen (literalmente en muchos casos) el ordenamiento jurídico de su país. Pues ahora a un puñado muy apretado de esos inmigrantes les ha parecido bien saltarse ya no las fronteras de Francia, sino las tapias de Tapie.

Es muy posible que eso es lo que quisiera decir el ladrón locuaz cuando respondió, además de la lindeza, este contundente aviso: «Esos tiempos han pasado«. Realmente los tiempos de pasar la frontera han quedado atrás (sobrepasados y sobrepasada) y lo que queda por delante es la inercia de una actitud que desde el inicio fue ilegal. Es difícil decir a quien ha entrado con tanto éxito entre aclamaciones progres en tu país de forma ilegal, dejando atrás a los que esperaban su turno conforme a derecho, que a partir de ese mismo instante tienen que cambiar de actitud y convertirse en concienciados y sufridos ciudadanos amantes de la ley, el orden, los usos y las costumbres. Es posible, por supuesto; pero complicado, me reconocerán.

Aunque también es probable que el ladrón reaccionase por la ofensa implícita. ¿No estaba sugiriendo Bernard Tapie que los emigrantes tendrían que estar en deuda permanente con los que han sido partidarios y defensores públicos de su llegada? ¿No puede percibirse eso por el emigrante -tanto por el ladrón como por los honrados trabajadores, que son muchísimos más- como un pasarles la factura y exigirles cierta sumisión de origen? Y todavía más: ¿no hay latente, quizá en la subconsciencia, una sutil sugerencia de que, en cambio, sería legítimo robar a los reaccionarios que están en contra de la inmigración ilegal? ¿No se está alegando una especie de privilegio ideológico por la posición moral superior de la izquierda? Los asaltantes no estaban para esos bizantinismos, pero detectaron que algo olía mal en esas excusas, y las cortaron de raíz.

Un samurái también hubiese cortado a Tapie de raíz, pero porque para el código de honor bushido no se puede actuar por miedo y menos dando excusas y mostrando un sometimiento y un peloteo evidentes. El célebre multimillonario izquierdista tendría que haberles plantado cara o al menos afeado el asalto con independencia de su raza y sin escudarse en su impoluto pedigrí progresista.

¿Habría aumentado así mi solidaridad con su mujer y con él? No, porque ya es máxima, pero habría quedado todo más claro, nosotros nos habríamos ahorrado estas explicaciones tan delicadas como necesarias y, tal vez, los ladrones no se habrían irritado tanto. Hubiesen sido tratados como franceses de pleno derecho, aunque, naturalmente, de pleno derecho penal, que es, hoy por hoy, el que les corresponde en justicia.

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