«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

La piel del oso

13 de mayo de 2023

A España tradicionalmente se la ha llamado «la piel de toro», pero desde que contamos con elecciones hay que llamarla «la piel del oso»: no hay partido que se escape a decir qué va a hacer cuando llegue al gobierno, ya sea nacional, autonómico o local. De hecho, desde que se rompió con el férreo bipartidismo del régimen del 78, el nuevo deporte nacional al que se han apuntado todos los medios es vaticinar qué clase de pactos de gobierno, entre qué partidos y con qué durabilidad, tendrán lugar el día después de haber votado.

Está claro que habiendo sufrido ya el pacto Frankenstein de legislatura y el gobierno bicéfalo entre el PSOE y Podemos, ahora los medios ponen su mirada en qué puede pasar entre el PP de Feijóo y el Vox de Abascal. Lo ideal para el PP sería un escenario a la andaluza. Aunque Vox crezca en su apoyo popular y en número de representantes, el PP puede gobernar sin ellos, empujándoles a una cierta irrelevancia; lo peor, un escenario a lo Castilla y León, donde no se puede ni ignorar la fuerza de Vox ni dejarle fuera del gobierno y las instituciones. De ahí que sus esfuerzos electorales vayan en la dirección de lograr el máximo apoyo para no tener que depender de nadie. 

Por su parte Vox ha hecho su precampaña quejándose del maltrato recibido por el PP allí donde le ha apoyado desde fuera del gobierno (léase Madrid, sobre todo) y jurando y perjurando que esta vez o se les hace un hueco allí donde vaya a gobernar el PP o impedirán con todos sus medios que los populares formen gobierno incluso al precio de dejar el campo a la izquierda. La idea es que desde fuera del gobierno se tiene bastante menos influencia en las políticas públicas que sentados en la mesa de dirección. Y la contraposición entre Madrid y Castilla y León lo diría todo.

¿Todo? Hace unos años una periodista le preguntó as Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia, que si estar en el poder por más de 30 años no le desgastaba. A lo que él, maestro del cinismo, le respondió: «más desgasta no tenerlo». Pero los tiempos cambian. Que se lo digan a Podemos, por ejemplo. Un ascenso meteórico de ser un puñado de desarrapados instrumentados por un pequeño círculo de leninistas, a llegar a contar con la mitad de los ministros, y la vicepresidencia del Gobierno de nuestra querida y sufrida España. En un pestañear. Y, con todo, se puede argumentar que sentarse en las poltronas del poder, más allá de beneficiar en lo personal a quienes las disfrutan, en poco le ha beneficiado al partido, cada vez más de capa caída en términos electorales. Hay muchas explicaciones. La más positiva sería que los españoles han visto de primera mano el percal de los podemitas y no quieren lo que les prometen, pero lo dudo. Es más lógico pensar en la frustración de sus votantes y, sobre todo, en la famosa táctica del abrazo del oso llevada a cabo escrupulosamente por Pedro Sánchez quien les ha robado el protagonismo, el poder real y hasta la cartera.

En el otro extremo contamos con la experiencia italiana: el modelo Salvini (hasta cierto punto lo que parece querer Vox) fue un sonoro fracaso y acabó en el esperpento de forzar unas elecciones para perderlas simple y llanamente por sobreestimar sus fuerzas. Por el contrario, una formación que nunca fue partícipe de ningún acuerdo de gobierno, los Fratelli, precisamente por mantenerse al margen de un establishment básicamente corrupto, son transportados de manera sorpresiva a lo más alto del poder y Georgia Meloni a formar su gobierno.

Quiero decir con todo esto que la política no es lineal, que estar en un gobierno no es garantía automática de éxito y que quedarse fuera de derrota. Todo depende de la estrategia a la que sirva una opción u otra. En el caso español, parece poco probable que Vox vaya a dar el sorpasso al PP en el corto plazo por lo que se puede defender que la hora de Abascal aún no ha llegado. Por tanto, la pregunta debería ser ¿qué es lo mejor para hacer que esa hora llegue cuanto antes?

En todo caso, sería muy peligroso, como bien sabemos, descuidar un elemento de realidad: para aprovecharse de la piel del oso, primero hay que cazarlo. Yo entiendo que para el electorado fiel y acérrimo de Vox, el más fiel del panorama político español, el PP es tan malo con su debilidad y complejos como la izquierda. El problema es que el electorado de Vox de momento no es suficiente para convertirse de verdad en el líder de la oposición. Muchos millones de votos tendrían que moverse de por medio. ¿Imposible? No; ¿Factible ahora? Tampoco. Por lo tanto, hay que evitar a toda costa caer en la ilusión del cuento de la lechera quien, en lugar de hacer rica, se quedó sin leche ni cántaro por sus ensoñaciones. 

En política hay otra ley tan de hierro como las de la física: lo que no crece, decrece y corre el riesgo final de desaparecer. Se puede discutir en cuánto tiempo, pero poco más. Es, sencillamente, inexorable. Si no se atrae a nuevos y más votantes, todo proyecto político se estanca primero y retrocede después. Cómo lograrlo es el quid de la cuestión, dentro o fuera de los gobiernos.

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