'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Nahem Reyes (venezolano, 1979). Doctor en Historia de la Universidad Católica Andrés Bello, Certificate of Strategy and Defense Policy of William J. Perry Center for Hemispheric Defense Studies of National Defense University (Washington, D.C.). Analista y Consultor político, especialista en Relaciones Internacionales y, actualmente es Miembro Asociado del Centro de Estudios de América de la Universidad Central de Venezuela.

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Nahem Reyes (venezolano, 1979). Doctor en Historia de la Universidad Católica Andrés Bello, Certificate of Strategy and Defense Policy of William J. Perry Center for Hemispheric Defense Studies of National Defense University (Washington, D.C.). Analista y Consultor político, especialista en Relaciones Internacionales y, actualmente es Miembro Asociado del Centro de Estudios de América de la Universidad Central de Venezuela.

La venganza de Putin

27 de febrero de 2022

El pasado 2014, los ucranianos estaban a las puertas de realizar un referéndum para decidir pacífica y democráticamente si se incorporaban en calidad de miembros plenos a la Unión Europea. El entonces presidente Viktor Yanukóvich paralizó dicha elección, lo que desató masivas protestas en Kiev como en otras ciudades.

La brutal represión sólo generó una mayor escalada de las protestas, lo que obligó al Parlamento el 22 de febrero de 2014 a aprobar por amplia mayoría (328 votos) la destitución del presidente Viktor Yanukóvich y la convocatoria a elecciones presidenciales para mayo de ese mismo año. Pese a que Yanukóvich señaló que su destitución fue ilegal y que no abandonaría Ucrania, finalmente huyó a Rusia.

La caída del presidente pro-ruso Yanukóvich abrió las puertas a una verdadera democracia en la nación exURSS, con libertad y el espíritu occidental inundó la vida de los ucranianos, pero esa alegría duró muy poco, pues la respuesta del presidente de Rusia, Vladimir Putin, no se hizo esperar.

Poco más tarde de la caída de Yanukóvich, Putin pasó la factura a los libertarios ucranianos, Rusia invadió Crimea con el artilugio que dicha invasión fue realizada bajo el marco del derecho internacional para preservar la vida de los ciudadanos rusos que residen en dicho territorio y salvaguardar la integridad de las bases militares rusas emplazadas en la zona.

Crimea, bajo ocupación de tropas rusas, realizó el 6 de marzo un referéndum donde se declaró «República Autónoma de Crimea». Su corta autonomía apenas duró diez días, pues decidieron reintegrarse a la Federación Rusa. Y el mandatario ruso en un pomposo acto anunció oficialmente la anexión de Crimea al Estado ruso y se consumó el arrebato territorial a su débil vecina Ucrania.

La decisión provocó una gran crisis internacional y diplomática, y todo quedó en condenas, declaraciones y estériles sanciones económicas. Putin continuó en el poder y con pleno control sobre Crimea. Pero para el régimen totalitario del Kremlin no todo quedó allí, su estrategia se centró en apoyar militar y financieramente a los grupos rebeldes ucranianos (obviamente todos ellos abiertamente pro-rusos/pro-Putin) de la región del Donbass (fronteriza con Rusia) que básicamente comprende las provincias de Donetsk y Lugansk.

Esta situación de ataques intermitentes entre las tropas ucranianas y las rebeldes pro-rusos del Donbass se mantuvo así hasta el 2019, cuando el outsider y actor cómico Vlodomir Zelenski fue electo presidente de Ucrania. El inexperto y joven presidente ucraniano llegó al Gobierno de Kiev con un audaz objetivo: profundizar la occidentalización de Ucrania. Junto a este objetivo procuraría la incorporación formal de Ucrania a la OTAN.

El presidente Zelenski sostuvo un encuentro con su homólogo Donald Trump en el marco de la Asamblea General de la ONU, donde además de pedirle misiles anti-aéreos abogó por una participación de Estados Unidos en las negociaciones con Rusia sobre el oriente ucraniano. Zelenski retornó a Kiev con las manos vacías.

Occidente fracasó en el esfuerzo de impedir la invasión. El presidente ruso inició una masiva y sangrienta operación militar por aire, mar y tierra

Pero el presidente Zelenski no se quedó de brazos cruzados, avanzó en su política de occidentalización de Ucrania sosteniendo un encuentro en Bruselas con el noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN. Más tarde y aprovechando el cambio de Gobierno en Washington sostuvo un encuentro con el presidente, Joe Biden, en la Casa Blanca. Esta reunión es el origen de la actual coyuntura Ucrania – Rusia, pues, además que el presidente Biden le ofreció a Zelenski 60 millones de dólares en ayuda militar, también avanzaron en el proyecto de ingreso formal de Ucrania a la OTAN.

Desde entonces, el calvario del hoy heroico presidente Zelenski no ha terminado. La reacción rápida y enfática del Kremlin no se hizo esperar y Rusia rechazó el ingreso de Ucrania a la OTAN, por considerarlo una amenaza a su seguridad inaceptable para Rusia.

Pese al enérgico rechazo de Putin a la iniciativa de Zelenski, siguió avanzando. Moscú pasó de las palabras a la acción y a finales de 2021 colocó más de 100.000 hombres con blindados, helicópteros artillados y hasta un hospital militar a escasos kilómetros de la frontera occidental con Ucrania. Y colocó sofisticadas baterías anti-aéreas tipo S-400 al sur de Bielorrusia, muy próximo también a la frontera con Ucrania.

A partir de allí, desde finales de 2021 y en lo que va del presente año, hubo decenas de reacciones de la Comunidad Internacional. Discusiones en el Consejo de Seguridad de la ONU, cumbres presidenciales en Moscú y Washington, reuniones de Cancilleres de la Unión Europea, anuncios de amenazas, todas ellas con el propósito de evitar la invasión de Rusia a Ucrania, etc.

Occidente fracasó en el esfuerzo de impedir la invasión. El presidente ruso inició una masiva y sangrienta operación militar por aire, mar y tierra atenazando de norte a sur a Ucrania desde Chernihv, Kharkiv, Lugansk, Mariupol, Kherson y Odesa.

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