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Alfonso Ussía Muñoz-Seca. Madrid 1948 Escritor. Premios. Mariano de Cavia, González-Ruano, Jaime de Foxá y Baltasar Iban. Especial Ejército, Fundación Guardia Civil y FÍES de periodismo. 53 libros. Distinciones. Gran Cruz del Mérito Naval. Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. Medalla de Oro de Madrid. Cruz de Plata de la Guardia Civil. Entre ABC, Tiempo, Época, y La Razón, más de 20.000 artículos. Pluma de Plata y Pluma de Oro.
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Alfonso Ussía Muñoz-Seca. Madrid 1948 Escritor. Premios. Mariano de Cavia, González-Ruano, Jaime de Foxá y Baltasar Iban. Especial Ejército, Fundación Guardia Civil y FÍES de periodismo. 53 libros. Distinciones. Gran Cruz del Mérito Naval. Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. Medalla de Oro de Madrid. Cruz de Plata de la Guardia Civil. Entre ABC, Tiempo, Época, y La Razón, más de 20.000 artículos. Pluma de Plata y Pluma de Oro.

Se enfadaron bastante conmigo, pobre criatura mía, los entonces embajadores de Suecia y Noruega en España por un comentario sin hondura en el programa de radio de Luis del Olmo que caló profundamente en sus cándidos ánimos.

Se me ocurrió decir que el Nobel de Literatura lo concedía un jurado compuesto por suecos que no leen y el Nobel de la Paz por un simpático grupo de noruegos borrachos. El escandinavo bebe muy mal. En ambos casos, hay que añadir que esos jurados de los que no leen y los que comparten nórdicas melopeas, son ante todo, influibles.

Funcionan los «lobbys» de presión y coacción y sus decisiones causan sorpresas. Han sido premiados con el Nobel de la Paz personajes escabrosos como el “mamarraché” Adolfo Pérez Esquivel,  gran defensor del terrorismo etarra, la falsificadora de su biografía Rigoberta Menchú, Barak Obama, que ya me dirán, Yasser Arafat, terrorista internacional y ladrón, Aung San Suu Kyi, birmana con el silencio retardado, Abiy Ahmed, violento etíope, Wangari Mathai, keniata que acusó a los europeos de crear y extender por el continente africano el virus del SIDA, Henry Kissinguer y Le Doc Tho, estadounidense y norvietnamita; con motivo de esta última concesión, hasta el “New York Times” calificó al Premio Nobel de la Paz como Premio Nobel de la Guerra. Y si acudimos al Nobel de Literatura, con honrosas excepciones –Cela y Vargas Llosa entre ellas-, nos topamos con una relación de autores desconocidos que no ha leído nadie, siempre con un denominador común, el encanto comunista y la violencia colonialista.

El último Premio Nobel de Literatura, el tanzano Abdulrazak Gurnah, es probablemente un escritor meritorio, pero muy pocos habitantes de este conflictivo planeta se han adentrado en una librería para solicitar sus obras. Ahora saldrán los pedantes de siempre, que amparándose en sus datos biográficos, escribirán memorables tonterías del escritor premiado. Me figuro a la sección de cultura del diario que «se independiza de la mañana» (Santiago Amón) «El País» encargando a sus redactores columnas y comentarios rebosados de elogios del desconocido escritor tanzano con residencia en Londres.

Sigo insistiendo en la escasa afición a la lectura de los componentes del jurado del Nobel de Literatura y en la campechana afición a la cogorza compartida de los miembros del jurado del Nobel de la Paz

No renuncio a sospechar que la Agenda 2030, la de los colorines, haya obsequiado al alimón con la editorial que posea sus derechos, con parabienes materiales las doctas cabezas de los miembros del Jurado. El mundo de la literatura así ha funcionado siempre. En 1956, la Rosa de Oro de los Juegos Florales de Madrigal de los Caballeros, le fue concedida al afanoso poeta madrigalense Germán Páramo y Espeluy. Su poema era de gran belleza y a nadie extrañó la decisión del Jurado: “Oh, bella dama de los Juegos Florales, permite que te colme de justos madrigales. Eres dulce y honesta cual ninguna, y el sol te envidia, y te envidia la luna”.

No medía bien, pero sus versos eran originales. El único fallo de aquel justo premio lo denunciaron los pocos que, previamente a la lectura del inmortal poema, se interesaron por conocer la relación de los miembros del Jurado, que presidía don Germán Páramo y Baena, padre del poeta que obtuvo la Rosa de Oro.

Sigo insistiendo en la escasa afición a la lectura de los componentes del jurado del Nobel de Literatura, y en la campechana afición a la cogorza compartida de los miembros del jurado del Nobel de la Paz. En unas semanas todos habremos olvidado a Abdulrazak Gurnah. En lo que respecta al Nobel de Paz no rechazo la idea de que le sea concedido a Arnaldo Otegui. Estos nórdicos son así si así os parece, juego de palabras pirandelliano y no, precisamente, lo más ingenioso de Pirandello.

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