'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado seis libros de poesía, recogidos en 'Verbigracia' (2022), tres dietarios (el más reciente, 'Un largo etcétera', 2017), tres colecciones de sus columnas periodísticas (la última, 'El burro flautista', 2019), dos libros de aforismos, 'Palomas y serpientes' (2016) y 'El vaso medio lleno' (2021). Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.

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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado seis libros de poesía, recogidos en 'Verbigracia' (2022), tres dietarios (el más reciente, 'Un largo etcétera', 2017), tres colecciones de sus columnas periodísticas (la última, 'El burro flautista', 2019), dos libros de aforismos, 'Palomas y serpientes' (2016) y 'El vaso medio lleno' (2021). Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el Tomás Moro, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía”.

Los noruegos del sur

20 de julio de 2022

Llevo con muy mal perder que los españoles hayamos perdido el título tonto pero significativo de «los alemanes del sur» que nos ponían los italianos, los franceses (éstos, menos, porque son más envidiosos) o los ingleses incluso y hasta los mismos alemanes. En España, se trabajaba bien, las construcciones eran buenas, las infraestructuras modernas, el futuro prometedor, etc. Ahora, los trenes se paran, se retrasan o pierden el aire acondicionado, la sanidad (tan modélica antaño) colapsa, y se echa en falta la moral de austeridad y el trabajo que nos caracterizó. Quien no haya salido mucho al extranjero quizá vivió en el tópico de que las cosas no funcionaban bien en España, pero desde fuera se entendía bien el dicho ese de los alemanes ibéricos. Ya no; ni dentro ni fuera, por lo que veo y padezco.

Unos gobiernos responsables tendrían que andar como locos buscando (…) la explotación de los recursos naturales de nuestro país

Económicamente y como sociedad sólo nos puede salvar una vuelta a esos oxímoros geográficos. La deuda española es de vértigo, casi impagable, y nuestro sistema de pensiones no aguanta un mínimo análisis matemático, condenado por el volteo de nuestra pirámide poblacional. Entretenidos con el día a día del show político, no vemos los gravísimos problemas económicos que tenemos encima y que los responsables no se atreven ni a mentar. Los más avisados advierten de un inminente problema generacional, cuando los jóvenes trabajadores, que serán mucho menos, mucho peor pagados y mucho más precarios, se nieguen a sostener las pensiones de los jubilados, que seremos muchos y decidiremos las elecciones. Visualicen, por favor, el problema latente: tic, tac, tic, tac.

El ejemplo del girasol que se ha sembrado cuando se le han visto las orejas al ruso debería ser sólo una pepita de lo mucho que cabe hacer

Yo a todo esto no le veo más salida que «hacernos un Noruega», esto es, sacarnos la riqueza del subsuelo, de modo que, como una herencia prodigiosa de novela romántica, se equilibre la contabilidad nacional. Unos gobiernos responsables tendrían que andar como locos buscando y dando cobertura legislativa y económica a la explotación de los recursos naturales de nuestro país. Hablo del petróleo en las costas de Canarias, que, como nos descuidemos, nos levantará Marruecos; y del uranio y la energía nuclear; y del gas. De todo. En Noruega, con lo modernos que son, no se cortan; ni nosotros deberíamos ni podremos permitírnoslo.

La mayor energía de España ha sido siempre el temple de sus habitantes, su talento e inventiva, su capacidad de sacrificio y de trabajo

¿Y no hay otros recursos? Por supuesto, hablo de ir a por todos, porque no nos queda otra. En el subsuelo y en el suelo. Necesitamos aprovechar al máximo nuestra gran potencialidad agrícola y ganadera. El ejemplo del girasol que se ha sembrado cuando se le han visto las orejas al ruso debería ser sólo una pepita de lo mucho que cabe hacer. En ese campo, el plan hidrológico nacional (y cuánto tiempo hemos perdido por culpa de unos y por pasividad de otros) es una necesidad prioritaria.

Y más arriba del suelo. La mayor energía de España ha sido siempre el temple de sus habitantes, su talento e inventiva, su capacidad de sacrificio y de trabajo. Lo que a la prensa extranjera le sirvió para aquello de «los alemanes del sur», vaya. Esa energía —más poderosa que la nuclear— también hay que cultivarla, primero, con una educación de calidad; y, segundo, con una fiscalidad que no desincentive el emprendimiento y la creación de riqueza. Necesitamos, como país, muchos más ricos, muchísimos más empresarios y una inmensa clase media profesional de primer nivel. No creo que haya que mimarlos, pero al menos no esquilmarlos ni desmenuzarlos.

O nos hacemos noruegos por tierra, mar y aire, sin perder la españolidad, pero sin perder tampoco una ocasión, o vamos a pasarlo muy mal. Lo preocupante es que quienes podrían evitarlo están bastante seguros de que ellos, en concreto, no lo van a pasar ni regular, pues ya se encargan de asegurarse un retiro confortable a base de privilegios para los políticos y los ex gobernantes. Yo sospecho que para entonces los españoles de a pie les pediremos responsabilidades por dónde nos habrán dejado. Que nos fijaremos mucho más en sus sueldos, sus chóferes, sus pensiones, sus puertas giratorias, sus diecisiete parlamentos y sus diputaciones plagadas de vicepresidentes. Eso pasará. Pero sería mucho más inteligente que empecemos ya a exigirles responsabilidad para que no nos dejen donde les (nos) lleva su inercia. Hace falta alguien al timón en este camarote de los hermanos Marx.

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