«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Yo estoy con los troyanos

21 de agosto de 2015

Fue un mes extraño aquel agosto madrileño en el que vino Benedicto. Por el día era un botellón permanente y atípico, porque se regaba sólo con agua y con sonrisas inesperadas, de esas que uno creía que sólo podían existir en las películas de Doris Day y Tony Randall. De noche eran vigilias castellanas, rosarios y el acompañar fervoroso y algo perplejo a los pasos más famosos de la Semana Santa española, figuras y cofrades que recorrían la calle de Alcalá con la naturalidad de violeteras, como si hubiesen estado aquí toda la vida. A los peregrinos de aquella JMJ no les faltó de nada, ni siquiera su mijita de persecución y acoso, porque el entonces ministro Rubalcaba se mostró muy diligente en garantizar el derecho de expresión de nerones y dioclecianos, amparados en la masa y en la siempre melancólica ausencia de cristeros.

Aparte de ese flagelo improvisado también hubo Via Crucis litúrgico, y doña Elena, la infanta mayor, participó en él junto al Cristo de la Buena Muerte, el de los legionarios, igual que en los jueves santos acompaña al suyo, el de los alabarderos. Hay en esas fotos, sin pretenderlo, discursos enteros sobre historia, necesidad y futuro de la monarquía. Igual -aunque en otro sentido- que cuando la descubrieron festejando entre la multitud y de incógnito el Mundial de fútbol. O en la imagen de ese traje taurófilo -que parecía diseñado con una verónica de Ponce- con el se presentó en nosequé acto institucional, cuando empezaba el acoso ideológico a la Fiesta. Y ahora que el ataque de los antitaurinos se recrudece hasta el batasunismo, vuelve a aparecer doña Elena, en este caso en la plaza de toros de San Sebastián, con sus hijos, dando una lección a los que creen que la monarquía es una profesión de 8 a 5 y que se puede ejercer como liberada sindical. El gesto de la infanta no recibirá el aplauso de lo progre, pero sí se lo agradece el público de los tendidos, y no sólo aplauden el diez y el uno, también lo hacen desde Sol. Si ni siquiera protesta el siete. No es una anécdota, es toda una tesis de política patria, porque en España casi siempre han sido más soberanas las plazas de toros que el congreso de los diputados. Los tendidos taurinos tienen vocación de Estados Generales -representados allí todos los estamentos- y es en realidad nuestra forma auténtica de parlamentarismo.

Y de hecho es muy probable y muy revelador que sólo la hija mayor de los reyes pueda acudir a las Ventas sin que se forme un escándalo. Quizá porque la simpatía que genera la infanta no está cimentada ni en lo campechano, ni en la sumisión a lo progre, ni en lo populista, pilares que generan adhesiones muy veletas. En realidad es todo lo contrario, a Elena se la aplaude con una mezcla de piedad y reconocimiento, porque sin duda, a pesar de todas sus dificultades, ella ha heredado toda la majestad que quedaba en esa familia.

Oscar Wilde tiene un cuento muy feo sobre una infanta española. Sin embargo escribió un diálogo magnífico sobre otra Helena, en su Dorian Grey: “-Yo estoy con los troyanos, luchaban por una mujer. -Fueron derrotados. -Hay cosas peores que la derrota.”

Y es muy cierto que las hay, por eso es mejor destino el de los fieles alabarderos.

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