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Redactor de La Gaceta, estudia Relaciones Internacionales, Filosofía, Política y Economía. Colabora habitualmente en medios como Revista Centinela, Libro sobre Libro y La Iberia.
Redactor de La Gaceta, estudia Relaciones Internacionales, Filosofía, Política y Economía. Colabora habitualmente en medios como Revista Centinela, Libro sobre Libro y La Iberia.

Matar a los perros

25 de noviembre de 2023

El mundo está lleno de perros y yo no puedo más. Uno va paseando por la calle, que para eso están, y no hay momento que no me cruce un perrete meando, acaso uno cagando, ante la atenta mirada del dueño. Hay más perros que niños en los parques e incluso hay ya más parques para perros que para niños, con toboganes y columpios caninos.

La cantidad no es, sin embargo, el único problema. Amén de ser muchos, los perros son molestos. Ladran todos estruendosamente y yo me pregunto por qué hay hoteles para perros y no foniatras o logopedas caninos. Cagan continuamente por las aceras y no pagan impuesto de basuras; se enredan con otros perros en un ruidoso encuentro y nadie mide los decibelios; chupan las farolas de España y lamen el bajo del pantalón de los vecinos y no aportan a la cuota de la urbanización. A quien Dios no le da hijos un vecino le da perro.

Por eso propongo hoy matar a los perros de España. Acabar con ellos simplificaría la vida de todos nosotros y en especial la de los dueños. Claro que como esto puede resultar ofensivo para alguno de ustedes, yo no propongo la muerte de todos los perros —¡Dios me libre!— sino tan sólo la de dos escuetos colectivos: los perros que están por venir y los que están por irse. Y aunque se me ocurren ahora cientos de motivos para asesinar un cachorro, desgranaré los argumentos principales.

En primer lugar, acabar con la vida de los cachorros por nacer tiene grandes beneficios económicos. Ningún dueño puede soportar una camada de, qué sé yo, siete cachorritos. Un perro es un gasto extraordinario y por eso acabar con su vida resulta la solución adecuada. Propongo por tanto una intervención quirúrgica y precisa sobre la bolsa amniótica que tienen las perras en su vientre. Es una solución indolora y profesional que libraría a tantos cachorros la indignidad de ser abandonados en la calle. Mejor matarlos que vivir así.

Otro argumento es el de la libertad. Muchos dueños consideran que tener perro implica un hecho social por aquello de sacarlo a la calle en leggins y de paso charlar con el portero, pobre él, o con la vecina buenorra, pobre tú. Es la libertad de quien quiere llevar al chucho a comprar el pan o de quien lo adoptó un día de marzo porque la pandemia se veía venir. Tener un perro en la España coronavírica se convirtió en lujo de pocos dueños, pero no en obligación de la vecindad. Por eso matar las camadas de cachorros es un derecho de los dueños y de nadie más. Sobre el cuerpo de un perro decide su dueño.

Mataría también a los perros que están por irse. Dicen de los toreros que si no se retiran antes de tiempo, ya sólo podrán retirarse más tarde de lo adecuado. Con los perros ancianos que infestan España yo haría lo mismo. Hay vidas perrunas que no son dignas y aquellos que por edad ya no ladran es porque ya no deberían hacerlo nunca más. Es preciso acabar con los chuchos mayores y su incontinencia urinaria, su ladrido ronco como de Sabina y su lento pasear. Eso, y que cagan cada poco tiempo en una suerte de Niágara sin pañales.

Como reflejo, por tanto, de la voluntad de tantos españoles que queremos matar a los perros, sería ideal abrir una clínica de reproducción canina en el centro de Madrid. El coste no sería elevado porque tampoco es cuestión de convertir en privilegio de unos lobbies el derecho de tantos chuchos. Acabaría con los cachorros por nacer que la perra no merece sufrir y España no soporta sufragar. También mataría a los chuchos ancianos cuya vida indigna merece terminar. Todos ellos irían a ver a Dios y Dios vendría a vernos a nosotros.

Supongo que colectivos animalistas acudirían a las puertas de nuestro centro a denunciar que la IDIP —intervención sobre la dignidad perruna— es ilegal e inmoral. Sus pancartas y lágrimas jamás podrán, claro, arrollar los derechos reproductivos de los perros. Gracias a estas intervenciones profesionales, en las que los perros no sufren, España solucionaría su problema de excesiva demografía canina, el reto de la dignidad de los ancianos caninos y el blindaje del derecho de los dueños.

Y a quien esto resulte escandaloso, que piense que en España ya existe. Y no exactamente con los perros.

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