«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Biografía

‘Mirad a Lucho’

23 de enero de 2016

Imposible controlar la respiración. Agitada. Entrecortada. Vacía…Una carta triste. Muy triste. Un grito sordo hacia el abismo de la vida eterna. Una carta que desgarra el alma  y arranca a jirones la propia existencia. Un llanto de ilusión dentro de la fatalidad. Diego era feliz en su entorno familiar. Disfrutaba de su vida como proyección de la alegría de aquellos que le rodeaban. De los que más le querían. Así lo dejó escrito concretando su felicidad en momentos determinados que cada uno de sus seres queridos le facilitó en vida. Porque los niños son felices precisamente ahí: en la sencillez del cariño. Ahora que la maldita sociedad de consumo nos arrastra a disponer de todo lo más inservible para hacer felices a nuestros hijos, ellos sólo nos demandan atención y cariño en una aleccionadora muestra de inteligencia.

Con once años se expresaba infinitamente mejor que muchos de aquellos de los que se van a sentar en el Congreso y sus líneas, rebosantes de dignidad, deberían ser fuente de inspiración de conciencias legisladoras, docentes y administradoras de justicia ignorantes de las cualidades del ser humano. Diego no tenía faltas de ortografía. Por no tener no tenía ni rencor hacia sus verdugos a los cuales no dedicó ni media palabra. Escribía directo, conciso, logrando transmitir con la exactitud de un cronista el mensaje pretendido. Fue aseado y pulcro en sus palabras. Tan claras como la nobleza que reflejaba su  tímido y elegante aspecto en las escasas instantáneas de que hemos dispuesto.

Es paradójico que alguien que se dispone a morir exponga todo lo bueno de que disfrutó en vida, en lugar de poner manifiesto los motivos que le llevan al fatal desenlace. “No aguanto ir al colegio” expresó lacónicamente. Ni más ni menos. Sin embargo utilizó la extensión de la carta para  expresar reconocimientos y declarar buenos deseos. En una suerte de testamento infantil manifestado ante su mejor confidente haciendo las veces de notario, Lucho. El muñeco amarillo que siempre le acompañó desde que era un bebé. Él se encargó de abrir la sucesión ante el dolor de sus padres, en un silencio sepulcral de respeto al otorgante ya inexistente en cuerpo, pero más vivo que nunca lo estuvo en el alma de la ortografía de un infante. En pocas frases desgranó sus últimas voluntades de manera generosa, dejando claro que las riquezas de una persona son las que afloran del corazón, no  necesitando para ello más testigos que los desconcertados peluches de su dormitorio. Tan inertes y estupefactos por lo que ya sabían acontecería, que fueron incapaces de hacerle cambiar de opinión. Quizá la actitud pasiva de esas marionetas no fuera más que la demostración de la lealtad llevada hasta sus últimas consecuencias.

Diego se desnudó en la extensión de una cuartilla. Dejó a un lado la introspección de los inteligentes, dando un paso al frente para plantar cara a los cobardes. A esos mismos que, por acción y omisión, compartieron su tortura con la complicidad mediocre de los acomplejados. La dignidad de Diego es la de la minoría respetuosa y silente que delegó un día su defensa en la facultad punitiva de un Estado, ahora cochambroso y bellaco, cuya inacción a través de sus responsables se convierte en la tiranía de aquellos que más tarde, convertidos en adultos, guiarán nuestros destinos. Esa minoría es la que se presenta voluntaria para poner la otra mejilla en lugar de tomarse la justicia por su mano como lícitamente exige el corazón, mientras la cabeza lucha sin tregua por aplacar el incendio provocado por las emociones.

Rubrico estas líneas con las lágrimas de la inocencia rota, ofreciéndolas a la memoria de Diego y como estéril e inútil consuelo a su familia.

 

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