«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Multiculturalidad sólo para algunos

15 de mayo de 2026

Se desconoce si por iniciativa propia o aconsejada por alguna de las voces áulicas que flotan en su entorno, a partir del próximo curso la princesa Leonor cursará el grado en Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III. La noticia ha suscitado un pasajero interés en los medios. No olvidemos que, durante los últimos años, las facultades de Políticas se han convertido en la cantera que nutre de eminencias grises a algunas de las tertulias televisivas con mayor audiencia del país. 

El politólogo, principalmente de izquierdas, ha sido, en los tiempos recientes, una categoría novedosa y desde luego versátil, capaz de hacer de su facundia el medio idóneo para, vía elecciones, garantizarse una nómina del Estado. Antes, a la televisión llamaban a personas especializadas en un campo específico del saber: economistas, sociólogos, médicos, juristas, ingenieros…, según la naturaleza del asunto que se abordase. Hoy quieren a gente que tenga opiniones. Pero tener opiniones, en un mundo preapocalíptico, no es una tarea sencilla. Hay que saber imprimirle a cada intervención su acento justo de dramatismo, pero también sazonarla con su pizca de farmacología mundana, no vaya a ser que el público acabe de venirse abajo. 

El politólogo es, en este contexto de reducción de lo real a un entretenido muestario de variedades, una figura codiciada. Su presencia garantiza que el embarazoso panorama consistente en un plató donde todos enmudecen ante la imposibilidad de opinar sobre un determinado tema no vaya a materializarse jamás. Pero, cuidado, no lo critico. Me limito a reconocer un talento. Además, sería contradictorio por mi parte denostar a quienes se dedican al complejo arte de crear estados de opinión y hacerlo justo desde una columna cuyo fin pretendido –y me temo que rara vez alcanzado- es precisamente ése. 

Pero me he desviado de mi senda original. Mi senda original era la princesa Leonor y su grado en Políticas. Porque en dicho grado figura una optativa acerca de la cual algunos medios se han apresurado a resaltar su cariz rabiosamente moderno: «Inmigración, multiculturalidad y derechos humanos». 

Sin duda, el contenido de la asignatura plantea un reto a la imaginación. En particular, por el término «multiculturalidad». Cuando un concepto entra en la órbita universitaria es porque cuenta con el beneplácito de las élites. Ahora bien, de las élites que nos pastorean se puede esperar cualquier cosa salvo un gesto inocente. Multiculturalidad es una noción que se maneja con soltura en los ambientes políticos y académicos desde hace ya unos cuantos años. Se escucha “multicultural” y sobre la persona que la trae a colación es como si se derramara una luz beatífica. Pero ¿qué significa la palabra? Ésta es la cuestión. No su aureola de connotaciones moralistas, legitimadoras, sino su contenido real, su referente explícito.   

Confieso que es un asunto que me intriga. ¿Qué entiende por multiculturalidad la intelligentsia académica cuando, revestida de su acostumbrada hiperlegitimidad progresista, decide incorporarla a un plan de estudios universitarios? ¿Y los políticos que la promocionan? Quizá se refieren a un espacio en el que conviven distintas culturas. Pero, ¿conviven o coexisten? Porque la convivencia implica cierto grado de armonía y de cooperación creativa entre culturas, algo que sucede con menos asiduidad de lo deseable. Lo que acostumbra a ocurrir cuando varias culturas convergen en una misma demarcación gEográfica es que se limiten a coexistir, es decir, a vivir ignorándose mutuamente. Y esto en el mejor de los casos. En el peor, se desencadena una espiral conflictiva al cabo de la cual, si las culturas presentan rasgos de manifiesta incompatibilidad, se llega al enfrentamiento abierto. 

Si aceptamos que la argamasa de una sociedad es su cultura, es decir, en un sentido amplio su acervo de costumbres, creencias, leyes, valores, idioma (que puede ser más de uno) e historia en común, habría que preguntarse cómo puede existir una sociedad trufada de culturas que se definen por cosmovisiones no sólo distintas, sino en ocasiones divergentes. Si no hay un mínimo de homogeneidad difícilmente habrá sociedad; y si la sociedad no existe lo que queda es o bien un mosaico de agrupaciones humanas en constante fricción, o bien una constelación amorfa de individuos desentendidos los unos de los otros, aptos tan sólo para sobrevivir en una precariedad humillante y condenados a un estado de alienación perpetua.

Debemos ser multiculturales, nos dicen, abiertos y permeables a modos diversos de ver el mundo. Y sin duda existe el deber de no incurrir en la indiferencia por sistema hacia el otro, en la tentación de generalizar el rechazo. Ahora bien, lo que no nos dicen es que el concepto multiculturalidad no se predica por igual para todas las culturas. Más bien es una idea que sólo parece concernir a los occidentales. Multicultural, entonces, significa renunciar a nuestra idiosincrasia y abrir el espacio propio para dejar que otras culturas, celosas de su identidad y nada proclives a asimilarse, vayan ocupando nuestro sitio. Pero eso, me temo, no es multiculturalidad. La denominación exacta de ese fenómeno es disolución.   

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