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Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Ni la culpa es de Putin ni los separatistas son fascistas

6 de febrero de 2024

Si las instituciones catalanas pudieron dar un golpe de estado en 2017 no fue porque las manejara Putin ni por una torva conspiración de la extrema derecha europea. Si el separatismo catalán intentó romper la nación española en 2017 fue porque el propio Estado le había entregado todo el poder desde cuarenta años atrás. La culpa no fue de Putin. Fue de la propia democracia española.

Es prodigiosa la capacidad de nuestros opinadores para mirar a otra parte cuando alguien mueve el señuelo adecuado. Veamos. Ciertamente, no cabe dudar de la instrucción judicial. Lo de la «pista rusa» es perfectamente verosímil. No tanto por los rusos como por los separatistas. Estamos hablando de una gente capaz de emplear ingentes fondos públicos en demostrar que Cervantes y Santa Teresa de Jesús eran en realidad catalanes. ¿Qué tendría de extraño que esa misma gente haya acudido a pedir ayuda a cualquiera de las terminales paralelas del Kremlin, que los rusos hayan visto aquí una excelente oportunidad para hacer daño en un país de la OTAN, que hayan prometido a los separatistas el oro y el moro y que estos se lo hayan creído todo? Claro que es perfectamente posible. Pero es que esa misma gente, los separatistas, también vienen siendo jaleados desde hace años por todas las factorías del globalismo occidental, tan interesadas como Putin (o más) en disolver la potencia de los viejos Estados-nación europeos. Poner el foco en Rusia explica algunas cosas, pero no otras muchas.

Un razonamiento semejante vale para esa otra acusación de que los golpistas del proces habrían entrado en contacto con la «extrema derecha» europea. ¡Esta sí que es buena! El separatismo catalán lleva decenios «entrando en contacto» con poderes extranjeros de todo color a través de las embajadas que todos los españoles le pagamos (15,8 millones de euros entre 2011 y 2017 según el Tribunal de Cuentas). Es muy factible que el separatismo catalán haya, en efecto, cruzado comunicaciones con tales o cuales partidos de ultraderecha, pero para buscar apoyos en el exterior no necesita grandes confabulaciones secretas: ya le pagamos nosotros todo desde hace mucho tiempo y sin secreto alguno.

¿Ante qué estamos, entonces? Ante lo que podríamos llamar una «desviación del foco» para no mirar la cruda realidad. Vaya un ejemplo. En los terribles años 90, cuando ETA mataba a mansalva (alrededor de 200 asesinatos entre 1990 y 2001), el Estado echó mano de un argumento muy singular: ETA era «fascista» y por eso mataba. Con eso dejaba a salvo y libre de pecado al nacionalismo vasco, de cuyo apoyo político no se podía prescindir. Como el termino «fascista» ya no es una etiqueta política, sino un sambenito moral que señala al mal absoluto, el argumento funcionó bastante bien en términos de retórica pública. Salvo que uno escuchara el argumentario de los terroristas y sus apoyos políticos, porque estos, a su vez, también llamaban «fascista» al Estado, y con la misma finalidad retórica. La imagen general resultaba así un poco grotesca: el insulto «fascista» volaba de un lado a otro del campo de batalla sin terminar de posarse en ningún lado, porque, en realidad, ninguno de los dos lados era fascista. Lo peor, con todo, era la consecuencia implícita en el discurso del Estado: ETA, grupo separatista vasco de ideología comunista, no mataba porque fuera nacionalista, separatista y comunista, sino porque era «fascista». O sea que ser nacionalista, separatista y comunista no es en sí mismo malo, y cuando se manifiesta como tal, como malo, es porque se ha convertido en… fascismo.

En términos lógicos, el proceso mental es muy semejante al que exhibe tantas veces el PP cuando reprocha al PSOE no ser «verdaderamente» socialista: cuando el PSOE roba, se salta la ley, destruye las instituciones o vende el interés nacional a una potencia extranjera, no es socialista, sino que es un mal socialista. Conclusión lógica: el socialismo en realidad no es malo. Bien: entonces, ¿por qué votar al PP? ¿Acaso porque va a ser mejor socialista que los socialistas realmente existentes?

Todas estas contorsiones oficialistas acerca del carácter fascista y putinesco del separatismo catalán parecen obedecer a la misma lógica, a saber: en realidad el nacionalismo catalán no dio un golpe de Estado porque fuera nacionalista catalán, sino porque era un instrumento de Putin vinculado con la extrema derecha europea. Consecuencia lógica: el nacionalismo catalán es algo en sí mismo bueno, lamentablemente desviado de su bondad primigenia por esos canallas rusos, fascistas y demás. Corolario añadido: nada hay de malo en que el separatismo catalán siga mandando en Cataluña, como ha venido haciendo en los últimos cuarenta años.

Pero todo el mundo sabe que eso no es verdad. Si pudo haber un 1-O fue porque la democracia española ha creado y alimentado a un monstruo que ahora la devora. Es el sistema de 1978 el que ha convertido al separatismo en una fuerza capaz de romper el propio sistema (si no lo ha hecho ya). Por eso tiene todo el sentido del mundo que se plantee poner fuera de la ley a los partidos separatistas. Naturalmente, eso significaría dar por finiquitado el modelo de reparto de poder que nos ha traído hasta aquí. Tarea que exigiría un vigor hoy ausente en la clase gobernante española. Es mucho más fácil contentarse con la desviación del foco: Putin y la extrema derecha. Ilegalicemos a Putin. Y así la buena conciencia de la democracia española seguirá engañándose hasta que ya no queden ni democracia ni España.

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