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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

No es un buen momento para llamarse Pablo si se está en política y en España. De Iglesias a Casado. Me hace gracia cuando los mismos que le otorgaban el poder omnímodo a Iván Sánchez, le otorgan credibilidad y autonomía política a ese campeón de lanzamiento de güitos de aceituna y premio al teleco del año por Murcia que es Teodoro García Egea. A él se le atribuye la encarnizada lucha sin piedad contra la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. En exclusividad. Pero al igual que con el supuesto Rasputín de Sánchez, se vuelven a equivocar con Egea. No es él, sino su jefe, Pablo Casado, el que anda detrás de todos los líos. Teodoro no hace nada que su jefe no le pide o apruebe. Igual sucede con Carromero, el del accidente y la cárcel en Cuba, y por cuya liberación se desvivió en su día Pablo Casado a quien le debe su actual carrera política. No hay pitufito que se mueva alegremente sin el beneplácito del abuelo pitufo.

La estrategia pueril de distanciar las acciones de número dos de las decisiones del número uno, sólo aspiran a salvaguardar la imagen de Pablo Casado, poniendo distancia entre él y sus lacayos por si fuera necesario. Pero no deja de ser una táctica penosa, pues es él mismo el que queda de pusilánime dejando que las cosas se le escapen de las manos, de débil por no parar a unos u otros, o de tonto de remate que no se entera de lo que está en juego. 

España sólo podrá cambiar el día en que el PP deje de ser el líder de la oposición y deje paso a una formación como Vox

Pero así están las cosas para el actual PP: Génova, esa sede en arresto de la que ya se han olvidado mudarse, no contempla potenciales rivales. Y la presidenta de Madrid, por circunstancias especiales, no puede dejar de ser la verdadera líder la oposición popular al Gobierno de Sánchez. Es lo que pasa cuando el líder del PP no cuenta con poder territorial alguno y sus barones sí. Sea como fuere, Casado siempre lo ha pensado: su PP es una tercera vía entre Madrid y la Galicia de Núñez Feijoo. Sólo que ahora, movido seguramente por unos celos descompuestos, se inclina más por la tibia vía gallega que por la ardorosa de Madrid.

Yo, que quieren que les diga, me apena y me alegra al mismo tiempo. Me apena porque pone otra vez más de relieve que la actual dirección del PP no es quien para salvar a España de la múltiple crisis actual. Y me alegra porque con sus tonterías sólo puede beneficiar a Santiago Abascal. Y me reafirmo en lo que siempre he creído y dicho: España sólo podrá cambiar el día en que el PP deje de ser el líder de la oposición y deje paso a una formación como Vox.

Pero también digo que a pesar de las estupideces que cometen los actuales dirigentes del PP, claramente de instintos suicidas, ese reemplazo no se va a producir de manera natural u orgánica. Vox tendrá que favorecerlo. No se puede apoyar al PP en sitios como Andalucía, donde su presidente ya se muestra en permanente peregrinación a la sede del PSOE andaluz para evitar una nuevas y esclarecedoras elecciones. No se debe alimentar la imagen de ser la muleta en la que se apoya el PP cuando lo necesita. 

Para que la crisis del PP no favorezca solamente a Sánchez, Vox tiene que prepararse para atraer a los nuevos descontentos con Génova. En que quiera y sepa hacerlo le va su futuro como alternativa real. 

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