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Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.
Ilicitana. Columnista en La gaceta de la Iberosfera y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Pedir el Instagram

30 de enero de 2024

Me manejo poco por esos lares, los de Instagram et al., y, cuando lo hago, lo tomo, abnegada, como una carga anexa al cargo. Las tres redes sociales en las que tengo cuenta —y mis dispositivos de confianza recuerdan la contraseña— se convierten para mí en lugar de peregrinaje mendicante durante los días que publico algún artículo. Endiablada sociedad en la que no sólo producimos, sino que además debemos exponer la mercancía en el escaparate como charcutería fina. Salvando las distancias, imaginen a Corpus Barga o a González Ruano saliendo a vender periódicos por los cafés tras escribir su columna.

No capta mi interés el resto de bondades de la aplicación. Ni siquiera para el noble oficio de mirón. La boomer que no soy prefiere a estas alturas desconocer gente a seguir añadiendo fechas de cumpleaños en la agenda.

Por lo visto, los chavales, los adolescentes, los panas, se piden el Instagram en lugar del teléfono. Desde luego, para el asunto amatorio, la estrategia sigue una lógica posmoderna impecable. Se elimina de un plumazo la incertidumbre, el esfuerzo y la necesidad de redaños. Puesto que la minita elegida —previo estudio minucioso del contenido fotográfico— habrá usado convenientemente su cuenta personal como feria de ganado vanidades, antes siquiera de quedar con el galán a tomar el primer batido, ambos habrán visto ya la cheese burger, la mayoría de las veces con extra de carne.

Dando dos pasos atrás y observando, la vida «escaparatizada» resulta grotesca. Nos autoconvertimos en mercadería al peso, exponemos lo privado a juicio de desconocidos, publicitamos lo que somos —que está en venta— con las mismas técnicas que utilizaría un profesional del ramo: mintiendo.

Por otra parte, tan sólo es necesario un somero conocimiento del alma humana para que junto con el catálogo de instantáneas, posturitas, estilo de vida e historias se nos desvele el de los horrores. Inopinadamente, toda esa información lanzada a la masa es, a su vez, un muestrario de fallas, trasluce dónde aprieta el zapato y por qué en la autoestima. Revela por qué flanco somos asediables.

El mercado de citas y relaciones se estira en nuestros días hasta el infinito, bien en primera o segunda vuelta, por lo que hemos acabado adoptando en cualquier franja de edad, parafraseando a Martín Gaite, estos «usos amorosos de la posmodernidad». Hasta tal punto que contrastan —no podía ser de otra forma— con la cita a ciegas de hace casi un siglo que describe González Ruano, precisamente, en uno de sus artículos. El autor accede a quedar con una lectora a requerimiento de ésta. Ella había telefoneado al periódico dónde él trabajaba con la esperanza de poder conocerle. Ruano contextualiza el evento en un mundo en que «las almas se hablaban durante mucho tiempo de usted» y en que todavía podía pagarse con la vida una equivocación seria. Para que él la reconozca, la mujer dejará visiblemente sobre la mesa un tomo de los Episodios Nacionales de Galdós. La elección de la obra predispone favorablemente al escritor como lo hacen ahora quince fotos en bikini. Sin embargo, y contra todo pronóstico, la historia no cuaja. Se vieron durante  algo más de una semana pero él decide retirarse. Lo explica en un párrafo sencillísimo pero cargado de dignidad en el que me quedaría a vivir: «Envié una de esas cartas más o menos literarias (para cancelar la cita), ella no insistió, y aquí paz y después —aunque poco— gloria. De muchos de estos seres que episódicamente se apoyaron un momento en nuestro corazón, no guardamos ni siquiera recuerdo. Otros, por lo que sea, no se olvidan. La lectora de los Episodios Nacionales no se me había olvidado a mí jamás».

Me golpeó ese «ella no insistió»; y me resultó casi ajeno, atávico, el misterio.

Ella no insistió. No mendiga, no se humilla. No tira beef a Ruano. La lectora de los Episodios Nacionales se repliega, no va a contarlo a nadie. No hay que contarlo todo.

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, como tantos otros en la historia de la literatura, creó en su obra una ciudad mítica, Santa María, vertedero de lágrimas y angustias, el lugar de la imposibilidad. Ojalá la lectora de los Episodios Nacionales se refugiara donde los anhelos no se cumplen. Allí, tantos esperamos primavera y Trinaranjus.

Y el misterio. No se trata de crearlo, sino de guardarlo. No haber mostrado previamente las cartas indiscriminadamente permite convertirse en guía turística de la propia geografía. Enseñar al otro nuestros accidentes geográficos y nuestro sistema solar. Explicar los satélites, que nos orbitan, las lunas, y dónde se desatan monzones. Invitar a una fiesta que requiere tiempo, dedicación y audacia.

Por algún motivo, nos sigue pareciendo que generamos mayor atracción desvelando el truco, fingiendo felicidad, colocando el solomillo en la vitrina. O, lo que es aún más indecoroso: enseñando la propia biblioteca.

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