Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Una montaña de arenas contaminadas por amianto y otras sustancias tóxicas crece y se compacta a los pies del Peñón de Gibraltar, a la espera de alcanzar la suficiente solidez para que sobre ellas se alcen nuevas construcciones. Sin que el Gobierno de España mueva un músculo para, al menos dificultar una operación plenamente visible desde este lado de la valla, que no frontera, los llanitos ganan terreno a unas aguas que Utrecht les negó y de las que ellos se apropiaron por el expeditivo método de arrojar una serie de bloques de hormigón erizados de barras de acero corrugado capaces de rasgar las redes de los pescadores gaditanos. La montaña de Tarik, en cuya base se asentaron los últimos neandertales de Europa, preside una devastada realidad, la determinada por la conjugación de la existencia de ese sumidero económico con unas condiciones geográficas únicas para el tráfico o el tráfago que da nombre a uno de sus principales enclaves. Como alternativa al blanqueo de capitales y al narcotráfico, tan íntimamente relacionados -recordemos a Capone- el Campo de Gibraltar ofrece mano de obra barata a la colonia británica, tan barata que, como ya señalara en su día Chico Ocaña, cantante de Mártires del Compás, abre un amplio abanico de profesiones liberales capaces de comparecer con voz propia en el cervantino Patio de Monipodio. A los puntos y aguadores, se suman sutiles variedades integradas en las complejas estructuras presididas por la partícula -narco. Entre ellas figura la de los petaqueros, cuya actividad consiste en suministrar combustible a las lanchas o gomas que viajan desde Marruecos a España que, cargadas de hachís, son manejadas por manos tan diestras en el arte de marear como conocedoras de las peculiaridades jurídicas del Estrecho.

La desidia gubernamental española ha situado al campo gibraltareño al borde de convertirse en un territorio donde el Estado es residual para regocijo de quienes se enriquecen a costa de la estupefacción

Los pilotos que transportan la resina cannábica, vulgo costo, conocen los límites de la franja de aguas internacionales entre los cuales aguardan la llegada de las lanchas repostadoras. Allí permanecen a la espera del gas oil procedente de las gasolineras del Campo de Gibraltar a las cuales se acercan los petaqueros para repostar vehículos convertidos en depósitos rodantes que descargan su contenido en locales y viviendas donde miles de litros de tan peligroso líquido aguardan el momento de surtir a las gomas. La infracción que cometen por contribuir de esa forma al tráfico de drogas es meramente administrativa, condición que las precarias fuerzas de seguridad que operan en la zona, pretenden que sea sustituida, a partir de una cantidad de combustible a todas luces excesiva, por un delito de carácter penal.

Sirvan estas apresuradas notas para engrosar el léxico de la narcojerga que crece vigorosa entre la picardía gibraltareña y la desidia gubernamental española que ha situado al campo gibraltareño al borde de convertirse en un territorio donde el Estado es residual para regocijo de quienes se enriquecen a costa de la estupefacción.

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