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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Preocupante poliamor

21 de abril de 2023

Si me paré a leer el titular de prensa fue por el rechinante encanto de la aliteración: «Los obispos españoles preocupados por la proliferación del poliamor». De haber redactado yo la nota de prensa me habría precipitado sin pensarlo por el despeñadero del preciosismo: «Los prelados españoles profundamente preocupados por la proliferación del poliamor». Luego, me hice la autocrítica. Qué frivolidad. ¿Por qué no me ha interesado más el contenido grave de la noticia, si yo soy mucho de preocuparme?

Quizá esta costumbre de los obispos de hablar en grupo les quite autoridad y fuerza. ¿No sería mejor uno a uno desde su cátedra episcopal, blandiendo su báculo y honrado su mitra? También está el hecho de que su preocupación se da por sentada, por el poliamor y por multitud de actitudes de la sociedad actual. Y por último, uno se pregunta qué cambiará esa preocupación.

Decidí, sin embargo, dejar de dar vueltas al titular y a mis remordimientos y, ya puestos, leer la noticia. He descubierto que la causa de la preocupación es que según las encuestas casi la mitad de los españoles no ve mal el poliamor. Ah. Eso es distinto, e interesante.

Sucede que, si a un señor por la calle le pregunta un simpático encuestador por casi cualquier cosa, lo normal es que responda que no lo condena. Poco me parece un 47,7%. El verdadero problema, me parece a mí, es ése: la falta de criterios morales objetivos que se va extendiendo en la sociedad. «¿Quién soy yo para juzgar el poliamor?», se dirán o el anónimo ciudadano o la sorprendida señora que van con prisa a sus cosas y que no quieren perder demasiado tiempo con el de la encuesta, pero tampoco pasar por agrios. En nuestro sistema operativo tenemos instalada la tolerancia por defecto.

La pregunta significativa de una encuesta sería quién querría el poliamor para sus hijos o si uno lo cree posible o si se piensa que eso es amor verdadero o si está contento quien ande en ello o no tanto pero no lo puede evitar, etc. En el fondo, el amor en sí pide absoluto y para siempre. Y en la práctica, también, porque ni dedicándose en cuerpo y alma a un amor único llega uno a atenderlo como debería, quien lo probó lo sabe. Con tiempo, y cerca del corazón de los encuestados o de las personas que quieres, otro gallo le cantaría a la encuesta.

¿Quiere esto decir que no tienen los obispos motivos para su preocupación, en conjunto y uno a uno? Lo tienen. La falta de criterios objetivos de moralidad nos aísla del vecino. Mi abuelo contaba mucho un chiste que resumía el talante liberal: «Un caballero —en el chiste de mi abuelo era un gitano, pero entiendan que eran otros tiempos más prehistóricos— le pregunta a otro: «Señor, ¿pelo al perrito?» «Pues pélelo usted». «Señor, ¿le corto ahora el rabito?» «Si quiere usted…» «Y las orejitas» «Vale». Y seguía hasta que el caballero de raza caló dice: «Ea, como nuevo, pues son veinticinco pesetas, más la voluntad». «¿Y por qué me las pide a mí, buen hombre, si este perro —ahora tan raro— no es mío?» De niños nos hacía mucha gracia, aunque no sabíamos que era una profecía social de la España que venía.

Además de la indiferencia por la suerte del prójimo, la falta de una moralidad firme nos deja inermes ante el propio vendaval de los sentimientos, que cualquiera sabe de adónde van a venir y adónde nos pueden llevar, si les dejamos.

Urge, pues, objetivar los debates y los criterios. Como se dice con metáfora futbolística, bajar el balón al pasto, que, por supuesto, es verde, como advertía Chesterton. Más que una subjetiva preocupación vaporosa, urge incidir en la existencia de una milenaria ética judeocristiana que tiene su razón de ser en la naturaleza humana. Ahí la preocupación de los obispos tiene margen de actuación. Enseñar a los niños y jóvenes de catequesis los mandamientos y esas cosas que antaño se grababan en piedra. Y también el periodismo tiene su función: explicar muy bien las consecuencias sociales, familiares y personales del poliamor en la práctica, para que no todo sea una apoteosis del sentimiento y la toleranciapsch— de racimo.

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