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Madrileña, licenciada en Derecho por la UCM. En la batalla cultural. Española por la gracia de Dios.
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Qué sabrá el médico

16 de enero de 2022

Irene Montero, titular del Ministerio de Resentimiento, Revanchismo y Supremacismo Hembrista, ha perpetrado esta semana unas declaraciones en las que mezclaba -cómo no- el supuesto derecho de la mujer al aborto y el problema de la también supuesta violencia obstétrica. No sufran, Montero está preparando una ley para que la mujer -siempre ser de luz- pueda abortar más y mejor y, como centro del universo que es, pueda parir como ella quiera; es decir, sin que nadie le toque las narices ni parte alguna de su cuerpo sin su consentimiento. Qué sabrá el médico de lo que a ella le conviene en semejante trance. 

La ley que prepara el tan bien dotado Ministerio de la Tarta pretende incluir la violencia obstétrica como un capítulo más de la violencia de género. También los ginecólogos odian y menosprecian a las mujeres. No lo hacen bien. Había que decirlo. Por fortuna, está el movimiento feminista para decirles cómo tienen que hacer su trabajo. Gracias, Irene.

Donde haya un buen árbol al que agarrarse para parir y poder seguir trabajando en una granja extensiva y sostenible de la España vaciada que se quite un médico con todas sus pamplinas, que nosotras lo sabemos todo 

No son pocos los que se preguntan de qué habla cuando se refiere a este asunto. La OMS define la violencia obstétrica como una “forma específica de violencia ejercida por profesionales de la salud (predominantemente médicos y personal de enfermería) hacia las mujeres embarazadas, en labor de parto y el puerperio. Constituye una violación a los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres”.

El Observatorio de la Violencia Obstétrica va más allá y la califica como “la apropiación del cuerpo y de los procesos reproductivos de las mujeres por prestadores de salud, que se expresa en un trato jerárquico deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”.

Lo dicho: la medicina lo hace mal con la mujer. Es más, no la cuida, se apropia de su cuerpo. Donde haya un buen árbol al que agarrarse para parir y poder seguir trabajando en una granja extensiva y sostenible de la España vaciada que se quite un médico con todas sus pamplinas, que nosotras lo sabemos todo. 

Resulta paradójico que en una misma ley se pretenda ampliar el mal llamado derecho al aborto y unos párrafos después se trate de erradicar el supuesto trato deshumanizador sobre la mujer durante el embarazo, el parto y el postparto. Cualquiera que sepa cómo se practica lo que ellas llaman interrupción voluntaria del embarazo -como si se pudiera reanudar en otro momento- conocerá la brutal violencia que se ejerce sobre el no nacido. Sí, el feto sufre, pero esa práctica no es inhumana.

El feminismo radical (…) desprecia el criterio científico poniendo los sentimientos y los caprichos de ciertas mujeres por encima del conocimiento y la experiencia

El nuevo feminismo siempre sospecha; presume maldad a su alrededor; el universo contra la mujer; la mujer siempre víctima de todo y ahora también del personal sanitario. Se acusa a médicos, matronas y personal de enfermería de “medicalizar, patologizar y sobreintervenir sin necesidad”. Las principales críticas se centran en la realización de episiotomías por sistema; administración de anestesia sin consentimiento de la mujer; práctica de cesáreas de forma abusiva o no permitir que la mujer pueda dar a luz en la postura que ella prefiera, entre otras. 

Varias sociedades de ginecólogos se han pronunciado sobre este asunto. La respuesta a esta acusación es clara: la medicina a lo largo de la historia, desde el conocimiento científico y con el único ánimo de preservar la vida de la mujer y del niño, ha ido modificando prácticas y protocolos para mejorar la gestación, el parto y el postparto. La Sociedad de Ginecología y Obstetricia de Madrid ha sido contundente: “la sola sugerencia de que nuestra práctica pueda ser entendida como un ‘acto violento hacia nuestras pacientes’ nos resulta algo extremadamente doloroso”.

Se ha llegado a un extremo en el que es necesario reclamar respeto para la profesión médica, así como el justo reconocimiento al trabajo de todos los sanitarios que con su estudio y trabajo han conseguido reducir la morbimortalidad materno infantil de manera drástica. El parto es algo que puede ir maravillosamente bien -cuántas mujeres han dado a luz en un taxi ayudadas por un guardia municipal-, pero un ginecólogo le dirá que también es algo que se puede torcer en cualquier momento y requerir la intervención inmediata de un especialista. 

Pero la soberbia del feminismo radical no conoce límites. Una soberbia ignorante y peligrosa. El feminismo radical pretende elevar casos puntuales y desafortunados que se dan, no cabe duda, a categoría; desprecia el criterio científico poniendo los sentimientos y los caprichos de ciertas mujeres por encima del conocimiento y la experiencia de las personas que han estudiado y trabajan con el único de objeto de sacar un parto adelante de la mejor forma para los dos protagonistas: la mujer y el niño. Su ideología corrompe todo lo que toca. Ay de las mujeres que se dejen llevar por esta moda peligrosa. 

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