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Redactor de La Gaceta, estudia Relaciones Internacionales, Filosofía, Política y Economía. Colabora habitualmente en medios como Revista Centinela, Libro sobre Libro y La Iberia.
Redactor de La Gaceta, estudia Relaciones Internacionales, Filosofía, Política y Economía. Colabora habitualmente en medios como Revista Centinela, Libro sobre Libro y La Iberia.

Que se jodan los ciegos

2 de febrero de 2024

Hace apenas una semana andaba yo por las calles de Madrid, que es donde mejor se conoce al ser humano. Fuera de las clases de antropología hay rotondas plagadas de terrazas, vagones del metro abarrotados de señoras con su Kindle y jóvenes con sus auriculares, y es ahí donde habita el hombre. Ecce Homo y no el cartel ese feo de Sevilla. Serían las once de la noche de algún día de la semana pasada, decía, cuando un hombre de unos cuarenta años, ciego de solemnidad, me pidió ayuda para cruzar la calle.

«¡Que se jodan los ciegos!», me espetó entre risas, y yo difícilmente pude comprender su crítica velada a Almeida, que favorece por igual a coches y peatones: nada. Resulta que los semáforos de Madrid tienen un pequeño ruido, una sucesión de ligeros pitidos, que facilitan a los invidentes cruzar las calles. Es una pequeña bocina que activa la intuición del ciego, que auxilia su limitación y suple su falta de visión. Cuando suenan las bocinas el ciego puede cruzar; cuando callan, los ciegos esperan.

Esto ha parecido mal, sin embargo, a muchos vecinos de Madrid, que hace años —según me contó aquel invidente— denunciaron el estruendo nocturno de los semáforos. No puede permitirse que la ceguera de unos pocos joda la noche madrileña de otros tantos, y en la ciudad de los ruidos la bocina que oyen los ciegos ha sido limitada. Así, el Ayuntamiento decidió silenciar el derecho a cruzar la calle de los ciegos, y a partir de las diez de la noche los semáforos dormitan hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

Yo no soy objetivo porque siento por Almeida una decepción gigantesca y porque escribo estas líneas desde un pueblo alicantino, Beniarbeig, donde me he retirado una semana. Y todo tiene que ver. En esta localidad que ahora me acoge los ancianos viven una vida sencilla, los jóvenes una infancia feliz y los ciegos un caminar prudente. Es en los pueblos, y aquí quiero llegar, donde el hombre sigue siendo hombre, donde no hay quejas por decibelios y donde la caridad no entiende de husos horarios. Es en los pueblos donde la ley sirve a la persona, que de eso siempre se ha tratado.

A partir de las diez de la noche los ciegos de Madrid se joden y los de este pueblito del levante caminan tranquilos. Son pocos pero saben que la administración está de su parte. Se tejen en las plazas de Beniarbeig unas redes de afecto —que algunos tildan de solidaridad vecinal y otros preferimos llamar caridad cristiana— que jamás podrían callar las bocinas de un semáforo. En las grandes ciudades tenemos mucho que aprender, y la burocracia que debería regir nuestro caminar nocturno por Madrid habría de ser más sencilla. No vaya a ser que los ciegos ya no estén por las calles y los hayamos metido a todos en un Ayuntamiento.

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