Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.
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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Quemar el belén del Vaticano

Nada más verlo me asaltó la duda. Aún ahora no estoy seguro de si es un belén o un Sarajevo 1994. De ser un belén, sin duda, es obra inspirada por el célebre artista contemporáneo Satanás. De todos los crímenes que componen la escena, lo único identificable parece la oveja, que bien podría también ser un felpudo, al tiempo que guarda un sospecho parecido con el pangolín, que no por casualidad figuró como candidato a culpable de la pandemia. Hay también un astronauta, que probablemente aterrizó allí por error tratando de llegar a Marte, y un rayo de luz neón que sin duda representa la cólera del Buen Dios ante el enésimo homenaje al feísmo en el universo cristiano contemporáneo. Con suerte, el rayo prenderá fuego al engendro y terminará la pesadilla, ante el aplauso unánime de las obras de Caravaggio, Leonardo y Rafael y la ovación cerrada de los divinos protagonistas de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, que no merecen a estas alturas la compañía vaticana del belén totémico.

Tal vez sea hora de que alguien en el Vaticano matice que se trata de atraer a las almas a la fe cristiana y no a la yihadista

Dice Monseñor Leuzzi que el pesebre deconstruido, donado por una Escuela Superior Artística, es una invitación a todos para que invirtamos “más en la formación de las nuevas generaciones”, y a la vista de los frutos creativos de esta escuela, no hay duda alguna de que es necesario invertir y mucho. Pero si tal es el objetivo último, tampoco era necesario promoverlo de esta manera tan aterradora. 

Desde San Francisco de Asís, el objetivo de instalar belenes es acercarnos al misterio de la Natividad, que podamos contemplarla con nuestros propios ojos, como se desprende del relato de Tomás de Celano sobre aquel primer Nacimiento. En definitiva, mover a las almas a la oración ante la Sagrada Familia, y atraerlos a la fe. Y tal vez sea hora de que alguien en el Vaticano matice que se trata de moverlos a la fe cristiana y no a la yihadista.

No estoy seguro de que fuera esta la nueva vitalidad belenística propuesta por el Papa

Hay cientos de ejemplos maravillosos en parroquias de todo el mundo. Trabajan durante semanas para levantar grandes belenes que giran en torno al Niño, representando la humildad del portal en el que nació Dios, repletos de luces, ríos, montañas, figuras articuladas y escenas de piadosos pastores. El Nacimiento es “un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza”. Son palabras del Papa Francisco el pasado año, que parecen haber caído en saco roto en su entorno más cercano. “Espero que esta práctica nunca se debilite”, añadió, “es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada”. Pero no estoy seguro de que fuera esta la nueva vitalidad belenística propuesta por el Papa.

Hay ejemplos extraordinarios en el ámbito privado, en la mayoría de los hogares cristianos. El padre de una amiga mía –la genial periodista Marta García Bruno, para más señas- ha presentado este año una maravilla de Nacimiento, labrado con cariño con sus propias manos, ante el que es imposible no sucumbir a la belleza de la fe. Estoy convencido de que estaría encantado de donarlo al Vaticano, si se trata de eliminar el actual nacimiento, que más bien parece un funeral, pero un funeral diseñado a medias por Almodóvar y Leo Bassi.

La quema de esta falla luciferina será muy aplaudida. La instalación de un nacimiento en estos días tan especiales, más aún

Como cristiano, y aunque pecador, no acostumbro a incentivar que las llamas del averno se aproximen a la bellísima plaza de San Pedro. Pero comprendo que hay también un fuego purificador, que deja paso a un mundo más bonito. Creo –y esto es espeleología teológica personal- que hay un lugar especial en el infierno para los enemigos de la belleza. Y a la vista de la deriva de buena parte del arte contemporáneo, sospecho que allí el único tormento es hacer a los artistas convivir con sus propias obras.  

Sea como sea, urge que el Vaticano incendie cuanto antes la falla luciferina que ha permitido en el centro artístico del mundo católico y sobre sus cenizas instale un auténtico belén, como se ha hecho año tras año desde que inició esta preciosa costumbre San Juan Pablo II. Aún hay tiempo. La quema de la falla será muy aplaudida. La instalación de un nacimiento en estos días tan especiales, más aún. Y no me cabe ninguna duda de que el Papa, que predica estos días la necesidad de rezar frente al belén, apoyará la idea. Porque hoy por hoy, la única oración que sugiere el belén del Vaticano es la que implora la misericordia de Dios para que libre del merecidísimo infierno a sus promotores. 

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