Alfonso Ussía Muñoz-Seca. Madrid 1948 Escritor. Premios. Mariano de Cavia, González-Ruano, Jaime de Foxá y Baltasar Iban. Especial Ejército, Fundación Guardia Civil y FÍES de periodismo. 53 libros. Distinciones. Gran Cruz del Mérito Naval. Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. Medalla de Oro de Madrid. Cruz de Plata de la Guardia Civil. Entre ABC, Tiempo, Época, y La Razón, más de 20.000 artículos. Pluma de Plata y Pluma de Oro.

No entiendo que la ambición personal sobrevuele la lealtad. Lo aprendí desde niño. Mi abuelo materno, don Pedro Muñoz-Seca, fue despiadadamente separado de su mujer y sus nueve hijos y encarcelado en la checa del colegio de San Antón. Era un español rotundo, un leal servidor de su Bandera, monárquico y amigo de don Alfonso XIII, autor teatral de éxito constante durante 25 años, copando la cartelera de los mejores teatros de Madrid, Barcelona, San Sebastián, Bilbao y Sevilla, y suscriptor, colaborador y lector a diario del ABC, de sus amigos don Torcuato y Juan Ignacio Luca de Tena.

En el juicio popular al que tuvo que someterse en San Antón, ante una mesa ocupada por forajidos y analfabetos, se le ofreció a cambio de su vida, la posibilidad de salvarla siempre que reconociera las bondades de la República y el Frente popular y abjurara del Rey y de su condición de católico. —Ustedes me quieren convertir en un pelele nauseabundo. Antes la muerte—. Y le hicieron caso. Dos días más tarde fue asesinado en la primera saca del 28 de noviembre de 1936 por un pelotón de milicianos comunistas, anarquistas y socialistas en Paracuellos del Jarama. Tres años después de su asesinato un diplomático mexicano entregó a mi abuela la carta que horas antes de ser fusilado le escribió de despedida don Pedro. La postdata no alberga dudas. “28 de noviembre. Como comprenderás, voy bien preparado y limpio de culpas”.  Se trata de una raíz noble, de la que me siento profundamente orgulloso. 

Escribí feliz en ABC durante muchos años, porque sabía en qué sitio lo hacía y cual era su indomable principio editorial. Cambiaron los tiempos y me sentí más incómodo.

Mi padre, Luis de Ussía, Conde de los Gaitanes, nos reunió a sus diez hijos en el mes de julio de 1968. No nos convocó para consultarnos. Lo hizo para informarnos. – El Rey se ha quedado prácticamente sólo en Estoril y he puesto a su disposición todo lo que tenemos-. Y lo cumplió a rajatabla. Todo —hubo alguno más, pero la relación no es copiosa—,  a disposición del Rey que no tenía probabilidad alguna de reinar. Mi padre, al que sus hijos llamábamos el Patrón, viajaba frecuentemente a Estoril con mi madre a cumplir con su servicio como miembro de la Casa. Pero sobre todo, acudía todos los meses a pagar la nómina de los empleados que servían a Don Juan y Doña María,  y a subsanar las cuestiones de mantenimiento y Secretaría de la Casa Real Española en el destierro. De vuelta a Madrid, era regularmente llamado por el Tribunal de Orden Público, al que acudió en más de 150 ocasiones siempre con la misma inquisición: —¿ Ha conspirado usted contra el Régimen?—. Alguno de los miembros del Tribunal, con posterioridad al acto formal, le pedían disculpas. —Don Luis, cumplimos con nuestro deber—. Mi padre se mantuvo siempre leal al Rey de Derecho, y siempre leal al Rey Don Juan Carlos I cuando Don Juan ordenó a los componentes de Su Casa, en El Soto del Duque de Alburquerque, que depositaran en su hijo la misma lealtad, afecto y disposición que habían sostenido en torno a su persona. Cuando falleció mi padre, le inventé un epitafio que le habría gustado leer. “Por España y por el Rey, sólo tengo lo que he dado”. Se trata de una raíz noble, de la que me siento profundamente orgulloso.

La situación económica de los medios de comunicación tradicionales es muy complicada. Pero aún más complicada es la de su incoherencia y el sometimiento a los dictados del poder político

De ahí que no entienda la deslealtad, y siempre me haya encontrado con conflictos, posiblemente creados por mí, durante mi vida profesional.  Escribí feliz en ABC durante muchos años, porque sabía en qué sitio lo hacía y cual era su indomable principio editorial. Cambiaron los tiempos y me sentí más incómodo. Escribí en La Razón con plena libertad hasta que se produjo el mejunje inaceptable de la compra de La Sexta. Tuve un almuerzo y varios encuentros de extremada dureza verbal  con Casals y Crehueras, que me aseguraron que jamás me sentiría ofendido por la línea editorial de la cochambrosa cadena. Me fui convirtiendo en un incordio, y terminé, como me había advertido el presidente de Audiovisual, un gran señor llamado Santiago Barreno, obstaculizado, censurado y finalmente obligado a compartir mi sección —15 años escribiendo a diario—, con Marhuenda. Era la manera mafiosa de empujarme. Y acepté el empujón.

Pero me preocupa que la ambición del dinero sobrevuele principios, valores, coherencias e ideales. La situación económica de los medios de comunicación tradicionales es muy complicada. Pero aún más complicada es la de su incoherencia y el sometimiento a los dictados del poder político. No se aperciben que aún son la última esperanza de enfrentarse con la idea y la palabra a la descomposición de España. No voy a cambiar porque jamás traicionaré las raíces que me honran. Pero no pierdo la esperanza de que algunos medios recuperen —sin mi aportación, que eso lo tengo tan claro como lo tiene el marqués de La Romana—,  la dignidad y la rectitud que en la actualidad, todavía, se les presupone.

Y Viva España libre, y Viva el Rey, si ustedes me lo permiten.

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