«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

Se detectan trazas de pesimismo

22 de abril de 2023

En el mundo actual, sea cual fuere la latitud y aplicando el microscopio, se detectan algunas trazas de pesimismo recalcitrante. Si algo parece tan general es porque cumple alguna función útil. Es un resultado de la milenaria evolución de la frágil criatura humana. Lo contrario del pesimismo generalizado no es el optimismo, sino la inconsciencia.

«Aciago se presentaba el reinado de Witiza», constató el cronista medieval. Bien es verdad que el pesimismo nacional no se remonta tan lejos. Puestos a buscar sus raíces intelectuales, habrá que localizarlas en la «Generación del 98«, que fue, más bien, de la primera década del siglo XX. Resultó ser una centuria convulsiva.

Por cualquier lado que se mire, la sociedad actual asiste a una notable degradación de las virtudes cívicas tradicionales. No hay más que ver, en España, el rimero de degradantes proyectos de ley que envía el Gobierno a las Cortes. Después de tal somero examen, será fácil concluir que corren malos tiempos para los españoles juiciosos. Quizá sea Europa entera la que ha entrado en un definitivo declive. Holanda podrá ser un atractivo para la sede de grandes empresas, pero acaba de decidir que la mal llamada eutanasia (buena muerte) se va a aplicar, también, a los niños. Es una última ilustración de cómo convive en nuestro mundo lo repulsivo y lo progresista.

Reconozco que la sensibilidad pesimista (la mía y la de mis amigos) se agudiza con la entrada en el estrato octogenario y las consiguientes peplas. Ante lo cual, no cabe más que resignarse.

Un motivo de satisfacción universal es que, después de tres largos años, concluyó la pandemia del virus chino. (Que conste mi anticipación. A comienzos de 2020, escribí que la extraña enfermedad iba a durar tres años). Tampoco es para voltear las campanas. El maldito virus se ha cobrado varios millones de vidas humanas en todo el mundo. Lo grave es, además, que ignoramos cómo se originó; tampoco sabemos curar la fatal malatía hodierna. No hay cosa que lleve a más desaliento que no llegar a la averiguación de lo que se debería saber.

Bien es verdad que el pesimismo no se nutre sólo de la falta de conocimiento o de información. Por ejemplo, sabemos que los alimentos procesados no son lo mejor para proteger la salud. Pero el hecho es que la mayor parte de los lineales de los supermercados rebosan de ese tipo de productos; luego, se consumen en gran escala.

El pesimista, metódico o sistemático, se encuentra más preparado para resistir los embates de la propaganda gubernamental, que es la forma más mendaz de nuestro tiempo.

No es fácil salir del atolladero. El trabajo de muchos profesionales respetados (médicos, abogados, dirigentes empresariales o políticos) consiste en prevenir diversos males para sus clientes. Son admirados por ello. Incluso los científicos suelen ser grandes pesimistas. La prueba es que no se empeñan en llegar a la verdad, sino en descartar lo que se sabe y puede contener errores. Es lo que se llama hipótesis nula.

Es difícil emprender una nueva iniciativa benefactora sin que nadie resulte perjudicado o dolido. Para un juez tiene que ser frustrante que, al menos, una de las dos partes del litigio vaya a quedar resentida. Por eso dictaminó Cicerón: summun ius, summa iniuria.

Por lo mismo, cualquier dirigente político sabe de antemano que sus propuestas no van a ser entendidas como realizaciones del bien común o del Estado de bienestar. En el mejor de los supuestos, lograrán la satisfacción de sus partidarios. Queda así descartada la conveniencia de un partido único, porque nunca podrá agradar a todo el mundo.

Lo malo es que poco se puede aprender de las experiencias ajenas. Sólo se escarmienta en cabeza propia, y no siempre. Hay una potísima razón para ello: nosotros no somos los mismos en todas las ocasiones, aunque la traicionera memoria pretenda demostrar lo contrario.

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