PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
Ver biografía
Ocultar biografía
Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

Si quiere que gobierne Ayuso, vote a Vox

Es mi caso. Hágalo por pura lógica aritmética y en virtud del mal llamado voto útil. Sería catastrófico que Vox, tal como da a entender la encuesta fake del Centro de Investigaciones Seudosociológicas, no superase el listón del cinco por ciento. No es verosímil que eso ocurra, pero más vale, por si las moscas, segarlo en agraz. Madrid, como ya lo fue en otros tiempos, será, el 4 de mayo, el palco, la platea y la trinchera de una batalla determinante: la de pisar firme en la oportunidad postrera de extirpar el comunismo que amenaza a España y el totalitarismo que ya se ha instalado en la Moncloa. No encuentro, para impedir el acceso de Pablo Iglesias y su tropa de Pancho Villa al tablero de mandos de la Comunidad, mayor garantía que la de apoyar al partido mencionado en el eslogan que da título a esta columna. El mismo partido que, a mi falible juicio, superará, poco a poco, en futuras elecciones, al resto de hermandades parlamentarias, lastradas, todas ellas, por los palos de ciego atizados en las chácharas de sus campañas y por la traición recurrente a sus promesas electorales. De momento, y sólo en lo concerniente a las elecciones de Madrid, los votos que Vox reciba apuntalarán la candidatura de Ayuso. El equilibrio de fuerzas y la envergadura del envite así lo exige. Más adelante, y en otros ámbitos, ya se verá.

Vox, con sus luces (muchas) y sus sombras (pocas), está intentando vertebrar la idea de España

He dicho en infinidad de ocasiones que detesto la política, que jamás me metería en ella, que, si por mí fuese, la borraría de la faz del mundo. ¿Políticos? ¿Partidos? ¿Ideologías? ¿Cargos? ¡Uf! Eso me aburre, me irrita y me asquea, pero las próximas elecciones de Madrid son asunto de misa mayor. En ellas radica, para mí, la responsabilidad, el prurito democrático y el problema moral que suscita esta columna. Son una carrera de caballos, aunque en ella el noble bruto esté muy por encima, excepciones aparte (las de Isabel Díaz Ayuso y Rocío Monasterio), del común de los políticos, en la que compite mi empeño por defender la ciudad en la que vivo, por frenar los cantos de sirena de los podemitas y de los que sólo buscan el poder sin reparar en el precio que el politiqueo oligárquico, los chantajes demoscópicos y las conjuras de sacristía pongan a éste. 

La galopada de Ayuso tiene un espinoso factor de riesgo: el apoyo hipócrita de Pablo Casado y los mismos idus de Génova con los que Rajoy y Montoro remataron a Esperanza Aguirre

Ayuso, que desde el inicio de su mandato como presidente ( no presidenta, que es barbarie morfológica) plantó cara a los ataques de la izquierda y desfizo, como don Quijote, todos los entuertos perpetrados por otros gobiernos de la Villa que hace casi cien años pasó de Corte a Checa, tiene fuerza, serenidad e inteligencia. Por sus venas corre la sangre de la Leona de Castilla, de Manuela Malasaña y de Agustina de Aragón, pero es, al mismo tiempo, víctima y pleno en la diana de aquellos que, por no tenerlas, envidian sus virtudes. Su valía está, para algunos votantes, herida de gravedad por la salvaje operación de acoso que los plumíferos mediáticos de la izquierda han desencadenado en los últimos meses. Su galopada, además, tiene un espinoso factor de riesgo: el apoyo hipócrita de Pablo Casado y los mismos idus de Génova con los que Rajoy y Montoro remataron a Esperanza Aguirre. Creo, aunque sobre mí no pesa su demonización, ni las calumnias ni las fake news vertidas contra ella, que necesita ayuda para coronar el incierto repecho del triunfo en los resultados electorales cuando éstos no son absolutos. El voto a Rocío Monasterio es la apuesta más fiable para derrocar a las hordas de izquierda. Su partido, Vox, que en medio de este aburridísimo espectáculo que es la política española, con sus representantes tediosos y monótonos que siempre dicen lo mismo, que visten por sistema traje y corbata, que devastan el lenguaje con sus muletillas y que enseñan a los españoles a no saber nada de nada, sigue, inexorable, casi a caballo, casi winchester en mano como James Stewart en la célebre película, su paso firme hacia un horizonte de sensatez, honradez y libertad. Vox, con sus luces (muchas) y sus sombras (pocas), está intentando vertebrar la idea de este país. Yo, que no soy militante de nada ni de nadie más que de mí mismo y que tampoco niego las concomitancias que tengo con el partido de Abascal, encuentro coherencia entre sus ideas y lo que debe ser España. Vox, a diferencia de otros partidos, se dirige a las personas, a los individuos, al pueblo y no a la ciudadanía, a ese concepto horrendo que, creado en la Revolución Francesa y teñido de sangre, huele a lo que Machado definió como la greña jacobina.

Líbrense Ayuso y Monasterio de las hordas invasoras de Pablo Iglesias, y líbrennos también a nosotros, antes de que sea demasiado tarde para todos

Insisto: si quieren que gane Ayuso, voten a Rocío Monasterio. No es una paradoja, sino un factor de cálculo. Estoy seguro, aunque hoy sólo sea wishful thinking, de que los populares terminarán por ceder, aunque sólo sea por necesidad, al acuerdo con Vox. Y estoy convencido de ello porque me resulta imposible creer que los madrileños quieran validar con sus votos el bombardeo de disparates y sinvergonzonerías podemitas que, caso de que la izquierda gane, caerá sobre la ciudad a la que el mismo poeta citado en líneas anteriores llamó rompeolas de todas las provincias españolas. Ceder el paso a Pablo Iglesias, obsesionado con el afán de poder y con su concupiscencia, en la Comunidad de Madrid equivale a mandar, definitivamente, el país a la quiebra, a la opresión y al fascismo. Sí, al fascismo. Al fascismo de Podemos y de su temible programa, muy parecido al de Mussolini en la República de Saló. Sirva un ejemplo para refrendar cuanto escribo: hace pocos días, Vallecas, un barrio honorable, castizo y tradicionalmente opuesto a lo totalitario, se vio invadido por los fascistas. Y, naturalmente, no estoy aludiendo a Vox, que jamás ha recurrido a la violencia, que nunca ha practicado escraches ni ha tirado ladrillos ni ha quemado contenedores. Me refiero a los pupilos de Podemos, que, como su presidente, jamás sueltan la presa, porque no son seres racionales, sino hinchas de una ideología. Y ellos, que son fascistas, pero que se enmascaran en lo contrario, utilizando la vieja técnica de atribuir al otro aquello de lo que adolecen, clavaron la definición de fascismo, de lo que, fundamentalmente, significa agredir a todo aquel que no comulgue con sus ideas. Es triste la evidencia, pero Pablo Iglesias, y sus hordas invasoras, han pasado de ser una pesadilla a ser una angustiosa realidad. Líbrense Ayuso y Monasterio de ellos, y líbrennos también a nosotros, antes de que sea demasiado tarde para todos. 

Es hora de correr a los refugios para que no nos muevan. Queda menos de un mes

En mi teoría descansa el deseo de que me devuelvan el Madrid, y, de rebote, la España en la que nací y me crié. Ya lo dijo Hemingway: era el mejor país del mundo. Quien lo vivió, lo sabe. Un himno de mis años hippies decía no nos moverán. Eran otros tiempos, claro… Parecidos a los de Valle-Inclán, los de Baroja, los de Juan Ramón, los de Ortega y los poetas del 27, los de Hemingway, Capa, Gerda Taro, Martha Gellhorn, Malraux, Saint-Exupéry y la alegre muchachada del Hotel Florida…

Sic transit. Es hora de correr a los refugios para que no nos muevan. Queda menos de un mes. Ustedes, madrileños, verán y dirán. Las urnas les pertenecen. ¿Va por Madrid? Pues sí… ¿Va por España? También. Nos la jugamos. Tal es el fondo de la cuestión.

Deja una respuesta