Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
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Periodista, insiste en que no ha hecho otra cosa en su vida, a pesar de que ha sido profesor universitario (San Pablo-CEU), empresario (del equipo fundador del Grupo Recoletos), asesor de la Conferencia Episcopal (Subcomisión de Familia y Vida), etc. Como periodista lo ha hecho todo en prensa escrita, radio y TV: director del diario Ya, creador de las tertulias políticas radiofónicas, director y presentador de Argumentos en Popular TV y de Alguien tenía que decirlo en Intereconomía TV. Partidario de la vida frente a la muerte, de la luz frente a la tiniebla, de la verdad frente a la mentira, del amor frente al odio, de la alegría frente a la tristeza, Ramón Pi es uno de los periodistas más conocidos de España. Su fama está avalada por una larga trayectoria profesional y por el ejercicio de la profesión periodística desde la coherencia. El periodista está considerado por muchos como uno de los creadores del género de las tertulias políticas radiofónicas. Actualmente desarrolla su actividad profesional en el Grupo Intereconomía.

Como probablemente en ningún otro, en este periódico se ha puesto de relieve el sonoro silencio oficial de toda referencia a Dios, tanto en los actos de abdicación del Rey Juan Carlos como en la subsiguiente proclamación del Rey Felipe, incluido el primer discurso del nuevo monarca. Esta omisión, que ya sería una rareza en cualquier país occidental, en el caso de España llama aún más la atención, porque sería incomprensible no ya la Monarquía hispánica, sino la misma nación española, si se ignorase que la transmisión y defensa de la fe católica ha sido uno de los signos característicos de nuestra secular historia desde Recaredo hasta nuestros días, pasando por los ocho siglos de Reconquista, el descubrimiento, evangelización e incorporación del Nuevo Continente al mundo hispánico, la defensa de la Iglesia frente a la Reforma protestante o la brillantísima floración de grandes fundadores religiosos españoles cuya impronta ha influido hondamente en el planeta entero. Son señas de identidad de las que no se puede prescindir si se quiere entender esta realidad que llamamos España.

Pero estos días todo se ha desarrollado como si Dios no existiera, aunque para ello haya sido necesario ignorar no sólo nuestra historia colectiva, sino también la realidad de la aplastante mayoría de españoles bautizados en el seno de la Iglesia católica, Familia Real incluida. Y así como se han analizado y desmenuzado -y en muchos casos elogiado con toda justicia- hasta los más nimios detalles de las ceremonias, a nadie puede sorprender que se haya detenido la atención en aspectos como la desaparición del crucifijo y las Sagradas Escrituras en el acto de proclamación, o en el completo silencio de cualquier alusión a la trascendencia en el discurso inaugural del reinado de Felipe VI. Más bien lo sorprendente ha sido que la mayoría de los medios haya pasado por alto este aspecto, como si entrar en él fuera caminar sobre un suelo de brasas.

Podría parecer que esta queja fuese reflejo de una mentalidad añorante de los tiempos del Concordato de 1953. No es así, al menos en mi caso. Me parece un acierto la declaración constitucional vigente de la aconfesionalidad del Estado. Pero no creo que la omisión de mencionar siquiera a Dios estos días haya sido un olvido involuntario o se haya debido a la decisión de observar escrupulosamente el artículo 16.3 de la norma máxima: un olvido de este calibre es inimaginable, y la Constitución no establece en modo alguno ni que se haga lo que se ha hecho, ni que se omita lo que se ha omitido. Son perfectamente compatibles un tedeum o una misa del Espíritu Santo en celebración del advenimiento del nuevo Rey con el hecho de que ninguna confesión religiosa tenga carácter estatal. La única explicación razonable es, a mi parecer, que  se ha tratado del designio de aprovechar como excusa la aconfesionalidad del Estado para ir suprimiendo toda presencia religiosa, incluido el mismo nombre de Dios, en nuestra vida pública.

Estamos, pues, ante la deformación del sentido que el constituyente quiso dar a la separación de Iglesia y Estado, pues en el mismo precepto que proclama que «ninguna confesión tendrá carácter estatal», se añade a continuación que «[l]os poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones». No parece que la quiebra de tan vieja tradición como la jura sobre los Evangelios, la solemne misa y el no menos solemne tedeum -todo eso muy anterior al franquismo, desde luego- sea la mejor manera de tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española, a no ser que haya sido fruto de un acuerdo entre el Gobierno (o la Casa Real, o ambos) y la jerarquía católica, cosa posible, a juzgar por el silencio que ésta ha observado hasta ahora ante tamaña novedad inesperada y la ausencia de toda iniciativa de los pastores católicos en el sentido de organizar solemnes actos religiosos públicos aunque no tengan la consideración burocrática de «actos de Estado».

En cualquier caso, parece muy claro que el modo que la Corona y el Gobierno han tenido de interpretar no sólo la Constitución sino también eso que se suele lla-mar los signos de los tiempos, va en la dirección de prescindir de todo asomo de referencias religiosas y vivir como si Dios no existiera. Ciertamente, éste parece ser uno de los signos de este tiempo, pero nada ha de extrañar que a los católicos españoles, singularmente a los demócratas, les haya producido una clara desazón. Todavía resuenan las palabras de Benedicto XVI pronunciadas el 14 de noviembre de 2012: «Existe una forma de ateísmo que definimos, precisamente, «práctico», en el cual no se niegan las verdades de la fe o los ritos religiosos, sino que simplemente se consideran irrelevantes para la existencia cotidiana, desgajados de la vida, inútiles. Con frecuencia, entonces, se cree en Dios de un modo superficial, y se vive como si Dios no existiera. (…) En realidad, el hombre separado de Dios se reduce a una sola dimensión, la dimensión horizontal, y precisamente este reduccionismo es una de las causas fundamentales de los totalitarismos que en el siglo pasado han tenido consecuencias trágicas, así como de la crisis de valores que vemos en la realidad actual. Ofuscando la referencia a Dios, se ha oscurecido también el horizonte ético, para dejar espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad que en lugar de ser liberadora acaba vinculando al hombre a ídolos».

Si a mí no me ha costado más de dos minutos encontrar esta cita, es seguro que los finos especialistas en discursos regios tampoco habrían tenido mayor dificultad. Y si así ha ocurrido, entonces los sutiles diplomáticos que organizan los viajes de los monarcas han cometido un burdo error si han creído que, por programar su primer viaje al Vaticano, se va a neutralizar el efecto decepcionante que entre los católicos han tenido los actos de estos días.

 

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