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RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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El TTIP, Niño Becerra y la desaparición del Estado

24 de junio de 2016

No fue ningún economista, sino un poeta, quien inspiró el TTIP. De hecho fue un poeta romántico francés, quien profetizó este tratado tan aburrido, tan técnico y tan eterno. Así es como firma en 1849 su discurso europeísta Víctor Hugo: “Un día vendrá en el que veremos estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa, situados en frente uno de otro, tendiéndose la mano sobre los mares, intercambiando sus productos, su comercio, su industria, sus artes, sus genios (…)”

Mucho se ha escrito sobre este nuevo y viejo proyecto económico y comercial europeo, pero sorprende especialmente la teoría de Santiago Niño-Becerra, que centra su conclusión en la desaparición del Estado, en el fin de este concepto tal y como lo conocemos. El catedrático argumenta a lo largo de su exposición varios puntos. En primer lugar que el TTIP constituye un fenómeno inevitable, como fuera el de las enclosures, afirmando que es producto de la “evolución de la dinámica histórica”, en fin, que era algo que tenía que ocurrir.

No obstante parece difícil estar a favor de este primer punto de su exposición, puesto que si proyectos como el TTIP “tuvieran necesariamente que ocurrir” como fruto de la “evolución histórica”, entendida en términos temporal y de posibilidad, las zonas fundamentales de intercambio y libre mercado a gran escala del planeta se encontrarían en Oriente Medio y China, pues es donde la historia humana comienza. No obstante, el capitalismo surge a gran escala en Occidente, y lo hace por una serie de factores propiamente occidentales que alimentaban el racionalismo económico, como ya defendiera Max Weber, la ética protestante entre otros.

El clásico argumento que esgrime a continuación Niño-Becerra de que el capitalismo sacrificó el factor trabajo por el progreso industrial, y que a pesar de todas las tragedias y miserias que provocara “mereció la pena el avance” es bastante discutible, sería como decir que mereció la pena la segunda guerra mundial porque propició la creación de la ONU. Además, en naciones como España, el desarrollo industrial se produce con la creación del INI en el franquismo, pues era un país desindustrializado, y calificar el régimen de capitalista tendría amplias reservas. El desarrollo de la industria pesada soviética, sin embargo, fue otra tragedia, pero se realizó dentro de un sistema comunista, por lo que el capitalismo no es una característica “sine quae non” no hubiera existido el progreso industrial, sino que fue una tragedia histórica evitable como tantas.

 

No obstante, el resumen principal que hace Niño-Becerra es que el TTIP constituye “una manifestación del fin del Estado que hemos conocido y la sustitución de lo que el Estado significa por el que, pienso, va a ser el poder que en diversos aspectos ya está sustituyendo al Estado: el de las corporaciones.” De nuevo existen reservas a su argumentación, por varios motivos.

No es la primera vez que en el debate público se pone de relieve el gran poder que acumulan entes sin personalidad jurídica internacional como puedan ser las grandes corporaciones, los lobbies, las ONG o las organizaciones criminales transnacionales, aunque si algo tienen en común todas ellas es que a pesar de su cada día mayor trascendencia, en ningún momento podrán sustituir el concepto de Estado por un motivo esencial: son fenómenos naturalmente distintos, nunca podrían ser sustitutivos. Los Estados tienen tres elementos a nivel internacional para ser considerados tales: territorio, población y organización.

Ejercen soberanía territorial dentro de sus fronteras, y personal sobre sus nacionales fuera de ellas. El volumen económico de empresas como Apple es cierto que supera el PIB de varios Estados del planeta, no obstante, como acabamos de definir, el Estado no se describe como un fenómeno económico de trascendencia especial, sino con otros factores naturalmente distintos independientes del volumen e influencia de su riqueza. No son Estados por ser ricos o pobres, poderosos o débiles. Sí existen ejemplos, en el ámbito internacional, de organizaciones criminales transnacionales como el caso del ISIS o las FARC que peligrosamente se acercan a constituir un fenómeno estatal, pues ejercen un control efectivo sobre un territorio, una población y al mismo tiempo ostentan una organización independiente. Pero no es este el caso de las corporaciones.

El TTIP ya lo vivió España en términos similares con su entrada en las Comunidades Europeas. El descuadre económico que eso suponía en diversos ámbitos generó tragedias y ruina de muchos colectivos, y protestas fundamentales por parte de los vecinos franceses, si recordamos la quema de los camiones de mercancías hortofrutícolas que pasaban los Pirineos. ¿Era algo que tenía que ocurrir? En realidad no, es algo que ocurrió por la influencia occidental esencial de la defensa del libre mercado. Lo mismo pasa con el TTIP, se encuentra auspiciado a nivel internacional por Organizaciones Internacionales como la OMC “que sirve de foro para la negociación de acuerdos encaminados a reducir los obstáculos al comercio internacional” como define el propio MAEC. Pero 162 Estados del planeta pertenecen a esta Organización, lo que significa que los principios se harán extensibles en casi todos los mercados mundiales, como ya vemos con el NAFTA, Mercosur, CAN o CARICOM en América, los proyectos de ASEAN o la Comunidad Euroasiática en Asia, APEC en el Pacífico, SACU o ECOWAS en África y montones de siglas más.

 

El TTIP no es más que la competencia comercial global que pretende hacer el Atlántico al Pacífico. Y se caracteriza por su extensión, su complejidad y la innumerable lista de consecuencias que traerá hasta su adaptación, fundamentalmente en términos de seguridad del consumidor. Pero también tuvo Victor Hugo un verso para esto: “un día vendrá en el que no habrá más campos de batalla que los mercados que se abran al comercio”. Lo que el poeta no se imaginaba es que se librarían auténticas guerras.

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