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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Un bobo hace ciento

23 de enero de 2024

El reciente crimen de Morata de Tajuña ha recordado la vigencia de los viejos timos,  ahora con nuevas formas. Suele haber en ellos un timado, un timador principal y un gancho, según el esquema clásico del tocomocho. En los timos hay una ambivalencia moral, digamos, porque el timado suele serlo por avaricia.

El refinamiento español del tocomocho llegó con el timo de la estampita, inmortalizado en el cine por Tony Leblanc en aquella escena memorable de Los Tramposos. Él hace de tonto que regala estampitas  a un paleto junto a la estación de Atocha. Cuando el paleto ve que son billetes de mil pesetas se le ilumina la cara y el timo se lubrica con la aparición del gancho, Antonio Ozores.

Esta escena la refrescó Lina Morgan años después en La llamaban La Madrina. Allí hacía ella de tonta (luego eterna tonta del bote) para timar a otro terrible y arquetípico paleto con la ayuda, esta vez, del circunspecto Sazatornil.

El timo de la estampita es de un psicologismo digno de la picaresca pues el timado se lo merece por aprovechado. A principios de los 90, la policía atrapó a un artista de la estampita que estafó así a mucha gente por toda España. Contó que las víctimas eran peores que él, que una le llegó a sugerir que mataran al tonto.

El timado lo es, siempre, por codicia, por avaricia, y para desvelar o revelar al hideputa es necesario que haya un tonto.

Esto es muy interesante. El gran teorema social sería determinar dónde acaba el tonto y dónde empieza el hideputa. Pero aquí el tonto es revelador, hace que aflore. Es un excitante de la hijoputez.

Este timo se caracteriza por eso, por la necesidad del tonto, del tonto fingido, el que se hace el bobo, una figura muy antigua, presente incluso en el teatro de nuestro Siglo de Oro. Feijoo es nuestro tonto fingido preferido y mientras denuncia un «proceso destituyente» pacta con Sánchez una reforma constitucional en la que luego, deslizan, el PP se siente engañado por haberles colado la desigualdad feminista. Los días impares van de audaces, los pares de bobitos. En la prensa de derechas ha funcionado siempre mucho lo del tonto, el «no cabe un tonto más» de Amón padre, el «tonto con balcones», el «se puede cruzar España de tonto en tonto», todo muy de Campmany y de Ussía, pero mientras se hacía mofa de los tontos ibéricos se iba asentando el mito de la tontuna del PP; el PP tontito, simplón, bonachón, zonzo de tan legalista, cobardón, tontorrón, pavisoso, sin malicia, «que no sabe comunicar»…  Y así hemos llegado a la situación actual, en la que el PP, por un lado, muy carnívoro él, manda diariamente a sus periódicos y radios a machacar a Vox, mientras que por otro, Feijoo, con cara de opositor a yerno, hace de moderno Tony Leblanc político que regalara estampitas constitucionales.

El tonto y el listo están en lo mismo, y recomiendo ver de nuevo la escena de Los Tramposos. Tras desplumar al paleto, Tony Leblanc y Antonio Ozores, tonto y listo, pero compinchados (consensuados), se van a todo correr con el dinero. El paleto, huelga decirlo y sin entrar en merecimientos, somos nosotros (nosotros, vosotros, ellos).

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