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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

¿Paciencia ciudadana o resignación desesperada?

7 de junio de 2017

Las consignas políticas actuales se apoyan en abordar los problemas a medida que van apareciendo, e intentar buscar su solución a corto plazo olvidando  sus orígenes y causas, sobre todo cuando resulta molesto tener que replantear en profundidad  muchas decisiones tomadas en su día como si fueran una panacea, con una escandalosa falta de rigor  y perspectiva, propiciadas por la ideología dominante entre ciertos sectores intelectuales de moda.  Medidas, leyes y programas  de incalculable calado social de cara al futuro, que se decidieron y pusieron en marcha sin una crítica seria en cuanto a las implicaciones y consecuencias a largo plazo.

Pero como la realidad es muy terca, el pasado viene siempre a conjurarnos con un desafío cuya solución será cada vez más difícil y mucho más drástica, que la que se hubiera tenido que enfrentar de haber hecho las cosas sin ideas preconcebidas antropológicas o por simples conveniencias económicas a corto plazo.  La realidad es terca, y aunque no nos gusten sus manifestaciones, es preferible no contradecirla en aras de una visión estereotipada de un mundo idílico.

Los trágicos acontecimientos acaecidos en Gran Bretaña estos días no tienen la solución que les gustaría a los actuales dirigentes europeos, y digo europeos, pues tales acontecimientos en mayor o menor medida tienen su paralelismo en otros países de la UE, que fueron víctimas igualmente de la misma doctrina y oportunismo económico en su día, y es así porque la razón última de tales hechos no se puede entender solo  en función del presente,  sino del pasado; si se quiere resolverlos de verdad hay que analizarlos desde su origen.

El multiculturalismo como teoría no deja de ser un concepto cuya vigencia  no presenta problemas más que entre personas  de nivel cultural muy elevado, por ambas partes,  individuos muy por encima de la media, incluso de la media cultural europea, que es una de las sociedades más receptivas, universales y escolarizadas del mundo. El ensayo más reciente al respecto, publicado precisamente en Gran Bretaña, “La ilusión de la diversidad” hace tan solo un año  por el profesor West, ha venido a denunciar este problema y reconduce la cuestión en dicho país, Gran Bretaña, precisamente a los años 50 del siglo pasado, como causa de la actual crisis social.

Por más que algunos lo pretendan, el poseer un pasaporte no marca la pertenencia  de un individuo a una colectividad determinada,  lo que define a una persona es su adscripción cultural, a un grupo u otro, y eso no lo confirma ni remedia un documento.  La incorporación de personas de culturas diferentes, sin exigir un mínimo de aceptación y conversión a las costumbres, normas, principios morales y tradiciones de una colectividad genera conflictividad. La libertad de conciencia e ideológica de cada persona no está reñida con tener que mantener y respetar unos valores, una coincidencia en los ideales y unas normas de conducta que no entren en clara contradicción con los imperantes en la sociedad receptora. La conclusión es sencilla: la convivencia es posible e incluso enriquecedora, si se produce una integración,  lo que supone una renuncia por parte del inmigrante a costumbres, prácticas, criterios, y valores que estén en contradicción con el nuevo entorno. Lo que no es viable es la existencia de dos sociedades contrapuestas dentro del mismo entorno.  ¿Cuál es el problema? Hay países, no tantos,  que han conseguido con el tiempo esa integración, al menos una convivencia pacífica.  ¿Por qué resulta tan difícil en el caso de los musulmanes? Porque el Islam no solo es una religión, sino un código de conducta que regula y determina la totalidad de la vida de sus creyentes, incluyendo leyes civiles, penales, administrativas, mercantiles, procesales, políticas y también religiosas…. Cualquier musulmán creyente de verdad, y son muchos, obedece sus mandatos por delante de cualquier otra ley norma o consideración, y aunque, sin duda, una inmensa mayoría no practicaría la violencia, tampoco la condena si se hace en nombre de la causa, por eso todas las condenas a los ataques yihadistas tienen carácter formal, casi oficial y sin entusiasmo.

Es evidente que sin el apoyo colectivo de sus comunidades, aunque sea involuntario y pasivo, es un respaldo a la actividad terrorista, la experiencia nos confirma que toda actividad subversiva desde las células terroristas y el maquis, hasta los contrabandistas de tabaco, no pueden subsistir ni mantenerse sin una infraestructura civil en su entorno. El primer gran problema es que aún siendo una minoría los violentos, son una cantidad ingente de combatientes, dado el enorme volumen de inmigración que se ha, no solo tolerado, sino propiciado durante tantos años: así se formaron grupos radicales minoritarios dentro de una comunidad muy importante, grupos radicales  que gozan del respaldo silencioso y aquiescencia de sus congéneres, porque no nos engañemos, no se sienten ni quieren ser europeos… Personalmente creo que están en su pleno derecho, lo que ya no es tolerable es que ejerzan ese derecho dentro de las fronteras de naciones que no comparten esas ideas.

Comprendo que a estas alturas de la película nadie quiere darle para atrás a la moviola y replantearse las condiciones necesarias que deben cumplir los ciudadanos que quieren formar parte de la UE, o de sus países constituyentes, no parece que estén los políticos actuales dispuestos a una maniobra de examen parecida a la que se hizo al o largo del siglo XIX en EE.UU. en que se les obligaba a los emigrantes a dejar atrás aquellas diferencias de nacionalidad, aquellas disputas y animadversiones,  que precisamente habían sido causa de tantas guerras fratricidas. Se les exigía a todos los  recién llegados un juramente de lealtad a la nueva nación  y tal sistema con sus más y sus menos, parece que funcionó razonablemente bien.

El seguir arrastrando los pies por parte de las autoridades europeas en nombre de un teórico multiculturalismo, no va a producir más que un aumento del rechazo de los ciudadanos europeos  respecto a todo lo musulmán, con el peligro consiguiente.

Es evidente que hoy, al menos en el corto plazo, no estamos en una situación como en el siglo XVII, en que hubo que proceder a su expulsión para conjurar una invasión hostil por parte del Imperio Turco, pujante militarmente en aquel momento que amenazaba con invadir Europa, cosa que ya habían hecho en los Balcanes y en Hungría llegando hasta Viena y que se hallaba a la espera del salto al otro lado del estrecho tras ocupar todo el norte de África y arrasar a base de piratería todo el Mediterráneo. No parece que hoy, al menos militarmente, supongan esa amenaza pero sin duda, si dentro de 50 o 60 años las cosas no tienen remedio, no seremos las personas de cultura europea los que nos estemos preguntando qué medidas tomar con ellos, sino que serán ellos los que nos acabarán por decir como tenemos que vivir.

Aunque repugne a muchos políticamente correctos, es necesario que se produzca un filtrado de los elementos que no pueden seguir disfrutando de la hospitalidad de Occidente, y aquellos que decidan quedarse, deberán demostrar fehacientemente que rechazan los aspectos incompatibles de su credo con la sociedad occidental. Nadie debe ser obligado a convertirse en “occidental” pero si a respetar lo que representan sus leyes y valores, así como a retirar toda colaboración con aquellos que no lo hacen, mediante la delación si fuera necesario, ya que no hacerlo sería apoyar su causa.

Entretanto a los ciudadanos europeos, testigos y víctimas, no se les puede pedir más paciencia, pues hacerlo sería tanto como aceptar las declaraciones del actual alcalde de Londres: el aceptar con resignación tal agresión como si fuera una necesidad cotidiana ineludible. Mentalidad típica por otra parte de lo musulmán: sumisión y fatalidad…

 

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