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Tras el documento 'Fiducia Supplicans'

Convulsión en la Iglesia ante la labor del prefecto para la Doctrina de la Fe y las dudas sobre su idoneidad

Monseñor Víctor Manuel Fernández junto al papa Francisco. Archivo. Twitter

Cuando Cristo le dijo a Simón: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», la Segunda Persona de la Santísima Trinidad estaba instituyendo mucho más que la autoridad papal. En realidad, estaba dando una orden que debía cumplirse mientras existiese el mundo: que su Iglesia, su Cuerpo Místico, fuera la depositaria de la Verdad (es decir, de su Palabra), por ser palabra de Dios.

Esta evidencia ha estado presente siempre, a lo largo de los siglos y de los distintos pontificados, a pesar de que muchos papas lo demostraron «de aquella manera»; y es que no podemos olvidar que los pontífices también son humanos y que, salvo cuando hablan «ex cathedra» (en realidad, muy pocas veces) también se pueden equivocar. Y de hecho, se equivocan.

El documento «Fiducia Supplicans» (FS), del dicasterio para la Doctrina de la Fe que dirige el controvertido cardenal argentino Víctor Manuel «Tucho» Fernández, publicado el pasado 18 de diciembre, ha abierto la espita de un combustible que algunos, probablemente muchos, esperaban que la Iglesia Católica liberase hace muchos años: el gas tóxico que supone contradecir abiertamente la palabra de Dios, expresada en los Evangelios pero también en las cartas de San Pablo, el Magisterio y la tradición.

Aunque el documento intenta aclarar que su contenido, firmado por el papa Francisco, no supone en absoluto que la Iglesia acepte la bendición de la práctica homosexual en las relaciones de pareja, tanto la ambigüedad de sus párrafos como las declaraciones que se han ido produciendo posteriormente confirman que el objetivo del texto no era otro que «abrir una nueva etapa»; como dice el documento en sus primeras líneas, una etapa «basada en la visión pastoral del papa Francisco».

Fernández, que sin duda es consciente de lo que la Iglesia Católica «se juega» con este tipo de apuestas fuertes, asegura en el documento que «la presente Declaración se mantiene firme en la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio, no permitiendo ningún tipo de rito litúrgico o bendición similar a un rito litúrgico que pueda causar confusión». Sin embargo, cualquier católico de misa dominical sabe perfectamente que, a lo largo de sus veinte siglos de existencia, la Iglesia ya bendecía de forma general a cualquier persona que acuda a una celebración litúrgica, con independencia de su situación, orientación o creencias. Siendo esto así, ¿para qué hacía falta un documento nuevo que dijera lo que ya se venía haciendo?

En España, dentro de un silencio atronador de la práctica totalidad de los obispos con respecto al polémico documento, el arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz, se preguntaba en su última carta pastoral: «¿A qué viene este brindis campanudo por bendecir lo que Dios no bendice, cuando desde siempre hemos bendecido a las personas y no sus derivas y sus relaciones?». Y habló de «documentos mastuerzos que son innecesarios, tienen una intencionalidad confusa y acomplejada, y responden a un guiño demagógico que retuerce la verdad de la gran tradición cristiana y la enseñanza perenne del Magisterio de la Iglesia». A Sanz nadie puede acusarle de tibieza o ambigüedad.

En cualquier caso, la polémica se entiende mucho mejor cuando vemos que, pocos días después de la publicación de FS, el arcipreste de la Basílica de San Pedro, en Roma, el cardenal Mauro Gambetti, dijo en el periódico Il Messagero que la Iglesia «avanzará directamente por el surco que se ha abierto» y, por tanto, habrá bendiciones de parejas homosexuales o en situación irregular en esa basílica (la principal basílica de la Cristiandad) tarde o temprano, «para mostrar al mundo el rostro maternal de la Iglesia, en línea con lo que Francisco ha pedido». Es decir, es esta «nueva línea» de interpretación del Magisterio la que parece estar por delante de las certezas defendidas por Roma durante siglos.

No ha sido la única convulsión intramuros del Vaticano en los últimos días. Las redes sociales se han encargado de hacer virales fragmentos de un libro escrito hace años por el ahora cardenal Fernández, una obra ya retirada de las librerías que llevaba por título “La Pasión Mística: espiritualidad y sensualidad”. Aunque el libro tenga más de 25 años, algunas afirmaciones que se realizan en él han conseguido escandalizar a no pocos católicos que se preguntan si el perfil intelectual y doctrinal de Fernández era el más adecuado para un cargo como el de prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El mismo cargo (aunque con otro nombre) que desempeñó en su día Joseph Ratzinger.

En “La Pasión Mística” se pueden descubrir algunas «joyas» de la psicología erótica como, por ejemplo, la diferencia entre los orgasmos masculino y femenino: «Normalmente, la mujer, más que el hombre, considera muy insatisfactorio el sexo sin amor y necesita condiciones adecuadas para sentirse excitada sexualmente. Le atrae menos que al hombre mirar fotos con escenas sexuales violentas, imágenes de orgías, etc. Pero esto no significa que se sienta menos excitada por la pornografía fuerte, sino que la disfruta y la valora menos y, en algunos casos, le despierta temor», afirmaba Fernández. Nada sustancial que objetar, si el autor fuese un reconocido sexólogo. Pero no es el caso…, y tampoco lo era hace un cuarto de siglo.

Recordemos que Fernández ya provocó cierta marejada hace algunas semanas cuando se recordaron también algunos pasajes de su libro “Sáname con tu boca. El arte de besar”, publicado por la editorial Lumen diez años después de haber sido ordenado sacerdote. En esa obra, se pueden leer frases como «muchas prostitutas se prestan a todo tipo de juegos sexuales, pero no se dejan besar por cualquiera», o «hay mujeres que prefieren un beso lento y delicado, pero su pareja le pone demasiado movimiento y velocidad». Fernández quiso aclarar que el libro estaba escrito «no desde su experiencia personal», sino después de haber hablado con más de mil parejas en Argentina.

Aunque, como se ve, en la barca de Pedro están las aguas bastante revueltas, es necesario decir que en otros lugares del planeta sigue habiendo la misma fidelidad a la literalidad del Evangelio que ha habido siempre. Por ejemplo, en el continente africano. Allí, la inmensa mayoría de sus obispos ha dejado muy claro que no obedecerá el contenido del documento «Fiducia supplicans» en lo tocante a la bendición de las personas que pidan la bendición acudiendo con su pareja homosexual. Seguirán exactamente el mismo criterio que hasta ahora: se bendice a las personas, pero no a las parejas (en cuanto al bendecir a la pareja, se bendice también el tipo de relación que define a la pareja).

El cardenal Fridolin Ambongo, presidente de los obispos de África y Madagascar, ha afirmado que en ese continente no pueden realizar «bendiciones» extralitúrgicas de parejas homosexuales «sin exponerse al escándalo», aunque también se ha apresurado a expresar la “adhesión inquebrantable” de las conferencias episcopales africanas al papa Francisco. Exactamente en la misma línea se ha manifestado el cardenal guineano Robert Sarah (ex prefecto para el Dicasterio del Culto Divino), que se ha referido a «Fiducia supplicans» como «una herejía que socava gravemente a la Iglesia», si bien aclara que no está en contra del papa Francisco, sino contra este documento.

A su vez, el pontífice ha respaldado la posición de los obispos africanos, que ha sido prácticamente unánime en aquel continente. En una reunión celebrada este sábado en San Juan de Letrán, en Roma, Francisco dijo a los más de 800 sacerdotes allí congregados que «Fiducia supplicans» no cambia la doctrina [de la Iglesia Católica] sobre el sacramento del matrimonio entre un hombre y una mujer, ya que «se bendice a las personas, no al pecado». El papa añadió que la cultura de África no acepta estas bendiciones «porque hay sensibilidades diferentes», y que este aspecto ya ha sido aclarado con el cardenal Ambongo. 

En resumen, aunque la historia de la Iglesia está plagada de papas y de cardenales que han hecho un flaco favor a la institución y al pueblo de Dios, algunos casos particulares resultan especialmente llamativos. Muchos católicos se preguntan hoy (y es fácil comprobarlo, por ejemplo, en redes sociales) por qué alguien del perfil del cardenal Fernández ha sido elegido por Francisco para un cargo tan sensible como el de prefecto del Dicasterio de la Doctrina de la Fe, heredera directa de la Inquisición y encargada de guardar las esencias de la doctrina tradicional. En una reciente entrevista concedida a la Agencia EFE, el controvertido cardenal asegura que el papa Francisco conocía el contenido de sus libros cuando fue nombrado. Entonces, ¿por qué lo nombró?

La Iglesia Católica siempre se ha tenido que enfrentar a las corrientes de opinión mayoritarias en la sociedad. Quizá porque «el príncipe del mundo» es el principal interesado en que la palabra de Dios no sea conocida ni aceptada por la mayoría de las personas. Tendremos que ver si, a partir de ahora, la barca de Pedro va a seguir siendo fiel a Aquel que le entregó las llaves del Cielo, o si prefiere el aggiornamento como nueva forma de evangelización en el siglo XXI.

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