«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Alhucemas y la tensión social. Un problema de casi todos

A la fecha de este artículo, son ya más de quince días continuados de movilizaciones y todo parece indicar que estas se van a perpetuar durante más tiempo.

Hay además, factores externos que están apoyando estas protestas como es el alineamiento de partidos políticos con los rifeños, o el aporte económico que se ha detectado reciben los líderes locales desde el extranjero por parte de marroquíes emigrados y contrarios a la política de la monarquía alauita.

Muy probablemente, y así se considera desde AICS, estos dos elementos añadidos a las protestas son los que están permitiendo por un lado la continuidad de las movilizaciones, y por otro su expansión a ciudades alejadas precisamente de la zona del Rif.

Ante esto, la respuesta gubernamental no se valora que sea la más adecuada, por cuanto de favorecedora de la narrativa extremista puede resultar, y en este grupo no se incluye a los habitantes del Rif que se manifiestan en las calles de Alhucemas. La política planteada desde Rabat se está articulando en dos líneas de acción, que pretenden desarrollarse en paralelo.

La primera de ellas es la represiva. Esta se cimenta en un amplio despliegue de Fuerzas de Policía, y en algunos casos como Alhucemas, de Unidades Militares. Si bien en el caso de las Fuerzas del Ejército, no se tiene conocimiento desde AICS que hayan tenido contacto con los manifestantes, siendo su presencia más disuasoria; en el de las Unidades Antidisturbios, el excesivo empleo de la violencia (desproporcionada) está abriendo la puerta a la creación de mártires-héroes entre los manifestantes.

Unido a esta represión están las detenciones de algunos líderes de los grupos sociales implicados en las protestas. Primero fue Nasser Zafzafi, quien inicialmente eludió el arresto apoyado por los mismos manifestantes, pero que luego fue capturado por las Fuerzas de Seguridad marroquíes. Casi veinticuatro horas más tarde, Habib Hannoudi, otro activista de Alhucemas, fue detenido en Tánger.

Con estas dos actuaciones policiales, y especialmente con la primera, una vez más Rabat ha creado un mártir; además, la presencia del padre de Zafzafi al frente de una de las manifestaciones “rogando por la integridad física” de su hijo, ha aumentado la popularidad del líder rifeño.

En paralelo, tampoco las detenciones masivas de grupos de apoyo a los habitantes de Alhucemas en ciudades como Meknes o Marrakech, ayudan a pacificar un enrarecido ambiente que poco a poco comienza a impregnar las capas más desfavorecidas de la población marroquí (a la sazón caldo de cultivo y granero para los grupos islamistas).

La segunda línea de acción es el uso erróneo de la maquinaria propagandística del Estado para desacreditar a los manifestantes. En este aspecto, también se considera que Rabat está actuando de manera errónea.

En una época en que las redes sociales son mucho más rápidas que las mejores agencias de noticias del mundo, donde se retransmiten vídeos tomados con un teléfono móvil prácticamente en tiempo real, plantear una campaña de propaganda para romper la cohesión de los manifestantes de manera tan improvisada, no se valora que sea la mejor opción. Tampoco lo ha sido la de expulsar a periodistas extranjeros, como Djamel Alilat, que fue obligado a volar a Argelia cuando cubría los disturbios en el Rif.

El problema en Marruecos va más allá de las manifestaciones en Alhucemas, y por supuesto no se reduce al hecho de que el pescador Mouhcine Fikri muriese cuando intentaba recuperar su mercancía requisada de un camión de basura, estos son la llama y la chispa, respectivamente, de un barril de pólvora que tarde o temprano iba a estallar.

Desde hace muchos años, y hay que remontarse al reinado de Hassan II, padre del actual Rey, la región del Rif ha sufrido la indiferencia, cuando no la marginación, desde Rabat. De hecho, el propio monarca, durante la época conocida como “Años de Plomo”, prohibió la asistencia a la escuela o el conocimiento y difusión de la cultura regional bereber. La mano dura empleada por el desaparecido monarca, junto con la designación de Alhucemas como “zona militar” (decreto de 1958), hizo que la población rifeña tuviera escasas posibilidades de hacerse oír.

Esta presión ejercida sobre la cultura y los habitantes del norte de Marruecos, que siempre han sido vistos como secesionistas, se relajó sensiblemente con la llegada al trono de Mohamed VI. El nuevo Rey, derogó la ley que prohibía la cultura bereber, sin embargo la región siguió sumida en el desprecio desde Rabat y el Palacio Real.

Cuando se produjo la conocida como Primavera Árabe, la región del Rif se consideró que podía ser la más proclive a unirse a esa revolución popular, sin embargo, la maniobra diseñada desde el Palacio Real de Rabat-Salé, con una operación de aperturismo (más maquillaje que otra cosa), redujo hasta la mínima expresión cualquier manifestación relacionada con el fenómeno social nacido en Túnez.

Es probable que una vez pasada esta prueba de fuego, en la sociedad dirigente marroquí, el conocido como Makhzen, se pensase que nada podría alterar el futuro del país, y que los problemas sociales ya no iban a ser una piedra en el camino.

En paralelo, desde Rabat comenzó a aplicarse un ambicioso programa destinado a erradicar el chabolismo, tan común alrededor de las grandes ciudades, y comenzaron a construirse viviendas sociales subvencionadas por el Estado. Mohamed VI era consciente que el alto nivel de analfabetismo y la pobreza de las capas más bajas de la sociedad eran el granero donde las revueltas populares y el terrorismo islamista podían conseguir sus afiliados.

Sin embargo, ninguna de estas iniciativas de mejoras sociales llegó a la región del Rif. Para Rabat y para el Rey, los bereberes eran secesionistas y no terroristas, y en eso tenían y tienen razón; no obstante, el problema no es la población local, sino las posibilidades que una situación como la actual proporciona a terceros actores.

Si algo ha aprendido y perfeccionado en su aplicación el terrorismo islamista, es su capacidad para aprovechar momentos de debilidad política o social de un país para establecerse en él.

En general, las dos organizaciones terroristas más importantes del momento, al-Qaeda y Estado Islámico, no son autóctonas de aquellos países en los que operan, sino que son grandes productoras de grupos terroristas y exportan su ideario (el terrorismo islamista maquillado de expansión religiosa) donde estratégicamente les interesa.

Ocurrió en Túnez, como resultado de la Primavera Árabe; en Libia, cuando comenzaron las protestas por las viviendas sociales y Gaddafi usó desproporcionadamente la fuerza; en Egipto, con el derrocamiento tras un golpe de estado de Hosni Mubarak; y en otros países hasta la Península Arábiga.

El procedimiento en todos los casos ha seguido el mismo patrón. Primero una entrada ideológica, apoyando en la sombra los movimientos revolucionarios y poco a poco mutándolos al aspecto religioso; el segundo paso es forzar la respuesta desmedida de las autoridades (por cierto, una forma de actuar que se puede considerar estandarizada en la mayoría de los países musulmanes); y por último, cuando se ha producido muertos o los heridos por los altercados son numerosos, una intervención de los grupos armados con atentados selectivos. En esta última fase, la maquinaria de propaganda islamista también se activa, haciendo ver que las acciones armadas son la única salida ante la represión estatal, que para entonces ya se ha transformado e, lucha contra el Islam.

Esta maniobra de propaganda, por lo general, lleva al Gobierno de turno a volcar más recursos armados contra la población, eslabón más débil de la cadena y más susceptible de ser sometido por la fuerza, lo que hace que las actividades y la narrativa islamista cobren cada vez más sentido. El ejemplo más claro de esta evolución es Ansar Bayt al-Maqdis (franquicia de Estado Islámico en Egipto) y el sur de la Península del Sinaí.

Cierto es, por otro lado, que durante los últimos tres años, la organización que más ha utilizado esta táctica ha sido Estado Islámico, y en ese caso, Marruecos podía sentirse relativamente a salvo por cuanto la expansión de los grupos afiliados a al-Baghdadi no tenían una significativa presencia que amenazase sus fronteras. De hecho, el grupo más peligroso, por cuanto que cercano a Marruecos, es Jund al-Khilafa, que opera en el extremo noroccidental de Argelia y cuyos miembros han llevado a cabo limitadas operaciones de reconocimiento sobre potenciales objetivos en la costa mediterránea marroquí (en concreto en los alrededores de la ciudad de Saidia, famosa por los numerosos resort turísticos visitados principalmente por españoles). Sin embargo, desde principios de 2017, esta tendencia de al-Qaeda de mantener un perfil relativamente bajo, especialmente en el norte de la franja del Sahel, se valora que se ha invertido, en detrimento de Estado Islámico cuya presencia más allá de Libia es cada vez menor. Al mismo tiempo, la franquicia de la organización liderada por al-Zawahiri, al-Qaeda en el Magreb Islámico, y en particular el nuevo subgrupo nacido a principios de año, Jamaah Nusra al-Islam wal-Muslimin, también ha evolucionado en sus formas de entender la lucha armada, adoptando formas muy similares a las de Estado Islámico. De hecho, los últimos discursos publicados de sus líderes marcan nuevas pautas de actuación en las que el control territorial permanente pasa a ser una prioridad.

En este sentido, los problemas que se dirimen en Marruecos son una oportunidad que, es muy probable, no deje escapar la franquicia terrorista (al menos lo intentará). Hasta ahora, al-Qaeda ha sido la única organización terrorista que ha actuado en el país y, en la actualidad, se valora que sigue siendo la única con una capacidad operativa razonable para intentar una penetración y asentamiento permanente en territorio marroquí.

Se esperaba, y así lo está haciendo, que la nueva formación creada en el Sahel bajo el paraguas de al-Qaeda en el Magreb Islámico comenzase su actividad con ataques selectivos, de duración y fuerza limitada, y principalmente en Mali. Solo cuando la coordinación operaciones de todos los grupos integrantes estuviera aquilatada, se

valoraba posible una expansión operativa hacia el norte (Argelia y Marruecos). Esta previsión, por el momento, se está ajustando perfectamente a la realidad. El Jamah Nusra al-Islam wal-Muslimin ha realizado hasta hoy más de 20 atentados, limitados en duración y letalidad, y todos ellos en Mali. La mayoría han sido ejecutados por Ansar al-Dine, uno de los grupos mayoritarios de la nueva sub-franquicia, mientras que al-Mourabitoum, grupo de bandera de al-Qaeda en el Magreb Islámico, no parece que haya entrado en acción por el momento.

Respecto a este grupo, que en su día liderase Mokhtar bel-Mokhtar, su área principal de operaciones (la considerada como tal históricamente) es el sur de Argelia. De hecho, su precedente “Firmantes con Sangre”, fue quien llevó a cabo el trágico ataque a la refinería localizada en In Amenas.

Esta situación en la región, no pueden verse como capítulos independientes de un mismo libro, sino como un hecho global que amenaza toda la región. Las autoridades marroquíes, conocedoras en profundidad del fenómeno islamista radical, no pueden seguir con su política de represión, sino que deben buscar una salida más o menos negociada al problema en Alhucemas. Es cierto que, para todos los países del norte de África, esta manera de solucionar los problemas domésticos es una constante, un patrón de conducta estandarizado, pero en este caso se debe jugar más con la inteligencia que con las formas históricas.

Aunque no lo parezca, y sin ánimo de ser catastrofista, lo que es razonablemente acertado es el hecho de que esta situación de disturbios constantes, en los que la base reivindicativa se asienta en derechos sociales, mejoras de vida y ayuda a la población, son la base de actuación del islamismo radical. Cual semilla perfectamente abonada, la narrativa radical se puede esparcir con inusitada rapidez por las capas más desfavorecidas de la sociedad rifeña y cuando Rabat quiera reaccionar puede ser tarde.

Las formas de Marruecos son en beneficio de todos, y de España mucho más.

 

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