«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La traición como estrategia revolucionaria

La muerte de Fidel Castro nos brinda la oportunidad de regresar a uno de los grandes temas de la Historia contemporánea: la traición como estrategia inevitable de los regímenes totalitarios. Pocos dictadores han gozado de las simpatías que Fidel Castro ha despertado en España y en el resto de Europa y pocos han traicionado con tanta firmeza todo aquello que decían defender. Superviviente nato, el líder revolucionario mató, encarceló o envió al exilio a todos aquellos que lo ayudaron a hacerse con el poder y a detentarlo con mano férrea durante más de cincuenta años. Desde la sospechosísima muerte de Camilo Cienfuegos en 1959, pasando por el encarcelamiento de Huber Matos, hasta el fin de Ernesto “Che” Guevara -a quien mandó a morir a Bolivia en una pretendida revolución abocada al fracaso desde el comienzo- Castro los enterró a todos en medio de aplausos de las masas revolucionarias -las otras no se podían manifestar o estaban exiliadas-, encendidos elogios venidos desde toda Iberoamérica y aplausos llegados desde el otro lado del Atlántico.

En efecto, numerosos intelectuales europeos mantuvieron, durante el siglo XX, un idilio con el comunismo que aún goza de buena salud y ha recibido, con el fallecimiento del dictador cubano, un nuevo impulso. Las referencias a la “dignidad” y a la “resistencia”, han revelado la profundísima confusión moral en la que se debate nuestro continente. Solo alguien muy confundido puede considerar un gesto de “dignidad” perpetuarse en el poder durante más de cinco décadas mediante la represión de los disidentes, el encarcelamiento de los opositores, la propaganda y el miedo. Solo esa confusión puede explicar que los vítores silencien las mentiras sobre las que el castrismo ha construido su imagen durante más de medio siglo.

Castro traicionó todo aquello por lo que se alzó en armas en la Sierra Maestra en 1957. Aquel año, los rebeldes proclamaron en el Manifiesto de Sierra Maestra los principios de la revolución. Afirmaban “el deseo de poner fin al régimen de fuerza, las violaciones a los derechos individuales, los crímenes infames y buscar la paz que todos anhelamos por el único camino posible que es el encauzamiento democrático y constitucional del país”, pero convirtieron Cuba en todo aquello que decían combatir. Impusieron un régimen de fuerza peor que el que combatían, no dejaron derecho individual sin violar, no ahorraron crimen alguno y acabaron con toda posibilidad de paz con los cubanos no comunistas. Aquellos hombres decían que querían “elecciones, pero con una condición: elecciones verdaderamente libres, democráticas, imparciales”, pero jamás dejaron que, en Cuba, los no comunistas tuviesen no ya un partido sino una asociación libre para organizarse y tener una voz. Reivindicaban “libertad inmediata para todos los presos políticos, civiles y militares”, pero llenaron de presos políticos los penales de Cuba. Aquel manifiesto prometía “garantía absoluta a la libertad de información, a la prensa radial y escrita y todos los derechos individuales y políticos garantizados por la Constitución”, pero los cubanos jamás han disfrutado de esa promesa, sustituida por la propaganda, la mentira y la manipulación cotidiana. Sostenían que “la Sierra Maestra es ya un baluarte indestructible de la libertad que ha prendido en el corazón de nuestros compatriotas, y aquí sabremos hacer honor a la fe y a la confianza de nuestro pueblo”, pero se convirtió en la primera posición tomada por los enemigos de esa libertad que proclamaban. No cabía mayor traición al legado de José Martí, que la Revolución Cubana pretendió secuestrar y apropiarse.

La explotación propagandística de la extensión de la educación o la asistencia sanitaria no puede soslayar las condiciones de miseria en las que han vivido y viven millones de cubanos.

So pretexto de una Revolución amenazada, los Castro -Fidel primero, Raúl después- sometieron a su propio pueblo a una dictadura que copió los métodos aplicados por la Unión Soviética en toda Europa Central y Oriental: las policías secretas, los espías, los delatores, las detenciones, la tortura, el sistema concentracionario, la censura, la mentira. Así, la muerte de Castro debería movernos a cierta reflexión sobre el horror del siglo XX y la mentira y el miedo como fuerzas vivas de la Historia.

Sin embargo, el devenir de las dictaduras es también el recuento de sus fracasos. A pesar de disponer de todo el aparato del Estado, los Castro no han conseguido asfixiar por completo a los disidentes que reclaman, desde la propia isla, un futuro mejor para Cuba. La muerte en extrañas circunstancias -otra más- de Osvaldo Payá, demuestra que el periodo de Raúl Castro no ha cambiado lo fundamental de un régimen que sofoca la libertad. Las Damas de Blanco -que devuelven a la dignidad su verdadero significado- son la estampa viva de esa otra Cuba que no admite la traición ni la mentira. El exilio, desde Miami hasta España, sigue siendo una fuerza imprescindible para el futuro de Cuba. También ellos sufrieron una traición y se vieron abandonados. También ellos siguen soñando con una Cuba diferente.

No habrá futuro para Cuba sin una reconciliación que dé cabida a todos los cubanos. En lugar de sentar las bases para una transición, Raúl Castro trabó una alianza con el chavismo venezolano que permitió a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro llevar a Venezuela a la miseria y la fractura social. Lejos de desaparecer, la corrupción de la élite revolucionaria se ha extendido a los dos países. Los asesores cubanos siguen, como en los años 60 y 70, tratando de enseñar los métodos de represión y control social a un régimen político que, al igual que la Revolución de los Castro, solo genera pobreza y enfrentamiento.

La gran tragedia de Iberoamérica ha sido esta combinación nefasta de líderes populistas, militares autoritarios y pobreza perpetuada por unos y otros. Por supuesto, no todos los procesos nacionales han sido iguales, pero los Castro lograron llevar la miseria allí donde alcanzó su influencia.

Fidel Castro ha muerto sin responder por sus acciones, pero la cuestión cubana sigue abierta. Mientras la élite revolucionaria creada por los Castro trate de preservar sus privilegios a costa de perpetuar la miseria en la isla y deslegitimar a sus opositores, no habrá transición posible en Cuba. Mientras sigan en prisión los presos políticos y los asesores contribuyan activamente a la represión en Venezuela, el régimen cubano seguirá manchado por el estigma de sus numerosas traiciones durante más de cincuenta años. Casi sesenta años después, el programa de Sierra Maestra de 1957, por el que tantos lucharon y murieron, sigue sin cumplirse traicionado por una dictadura comunista.

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