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TRIBUNA

El vientre y el mercado. Notas sobre la maternidad subrogada

En el último año en España se han registrado más niños a través de gestación subrogada que por adopción internacional.

Entre los que todavía consideran al Partido Popular una organización de firmes convicciones políticas, pero también morales e incluso éticas, ha causado cierto revuelo el anuncio de que este partido, caracterizado por un diferido mimetismo con respecto al PSOE, se planteará próximamente el debate a propósito de la maternidad subrogada. Quien ha hecho pública esta posibilidad es Javier Maroto, firme partidario de darle cobertura legal a una práctica que presenta molestas aristas que exigen ser pulidas. Se avecina, pues, un animado debate motivado por la existencia de una obstinada realidad: en el último año en España se han registrado más niños a través de gestación subrogada que por adopción internacional. Consciente de la complejidad del asunto, Maroto se ha apresurado a señalar como prioritarios los derechos de estos niños que llegan a nuestro país para engrosar una nación biológica escasamente fértil y muy envejecida, aspectos que pueden ser empleados como coartada por los vientrelegalistas.

Las reacciones a la iniciativa regulatoria, ya sopesada por Cristina Cifuentes en la Comunidad de Madrid que gobierna gracias a Ciudadanos, no se han hecho esperar. Desde las filas del propio PP, Lourdes Méndez se ha mostrado refractaria a una legalización que considera una nueva forma de explotación relacionada con la precariedad económica de quien alquila su útero. A tales razones se añaden las de las que se oponen a esta práctica desde la perspectiva religiosa. Nuestra posición, sin perjuicio de que pueda coincidir en su conclusión con la de alguno de los citados, parte de una concepción materialista de la bioética que tiene que ver directamente con el cuerpo. Es decir, con el mantenimiento del individuo, razón por la cual el asesinato constituye el mayor delito, categoría humana que no divina ni animal, ético.

Partiendo de la negación de toda posibilidad de existencia de espíritus que pudieran interferir en la realidad, la concepción, gestación, parto y crianza de los humanos, involucra a otros cuerpos que en modo alguno pueden considerarse propiedad de uno mismo con la que poder mercadear. Precisamente porque «uno mismo» no puede abandonar su cuerpo, salvo por metáfora o delirio, para insertarlo como algo ajeno en el circuito comercial. En definitiva, lo que puede venderse, comprarse o alquilarse es siempre algo extrasomático.

Dicho todo lo anterior, la realidad de niños criados por personas distintas a los llamados padres biológicos, tiene una profunda tradición histórica acompañada de adjetivos o sufijos, «padre adoptivo» o «madrastra», hoy muy incómodos en una sociedad anestesiada por los efectos de esa omnipresente epidural ideológica llamada corrección política. Larga es la tradición de los expósitos cuyo recuerdo perdura aún en apellidos. Niños, a menudo «no deseados», que eran introducidos en la inclusa gracias al giro de un torno que garantizaba el anonimato del depositador y la supervivencia del depositado, ya sea en el seno de familias sexualmente estériles, ya engrosando las filas de una compleja organización de beneficencia a menudo tutelada por la Iglesia.

Detenidos los tornos, las posibilidades abiertas por la embriología han favorecido prácticas que buscan limitar al máximo la conexión entre el vientre, asimilado pretendidamente a una suerte de recipiente, de la contratada y el niño que nacerá. Escorando la maternidad hacia el laboratorio más que a la sala de partos, a la carga genética más que al canal del parto, se impone el caso en el que se implanta un óvulo previamente fecundado en la mujer que constituye una de las partes de la transacción. Una mujer ajena a la carga genética del niño que nacerá, no sin riesgos y responsabilidades para la gestante, cuyo papel tendría un carácter cuasimecánico, buscando así la eliminación de los lazos afectivos que podrían perdurar después de que se verificara la operación financiera. Reduccionismo genético cuya impotencia se demuestra por la existencia de contratos en los cuales figuran cláusulas que tratan de evitar la posibilidad de que quien ha criado en su vientre al niño haya desarrollado afectos ajenos a los arcanos del ADN…

Dicho todo lo cual, nadie ignora que el alquiler de vientres vive su mayor auge. Con creciente frecuencia, las telepantallas muestran la emoción de personas relevantes que acunan sonrientes a bebés que han llegado a sus brazos sin siquiera haber pasado por el trance, engorroso para algunos, de yacer con un miembro del sexo contrario; o que han accedido a un niño después de que el cuerpo propio o el de su pareja no hubiera sido capaz de concebirlo por diversas causas. Frente a esta metodología, existe la ya clásica de la adopción, sometida en España a laberínticos procesos que llevan a la desesperanza, abriendo una vía mercantil que tiene mucho de tráfico de seres humanos, de componentes relacionados con la eugenesia y de un elitismo que discrimina, por la vía económica, a aquellos que, deseosos también de incorporar niños a sus familias, no pueden permitirse esta vía.

Opuesto a la idea del alquiler de vientres, frente al que caben más argumentos de los contenidos en esta tribuna, quien esto suscribe no duda de que en los debates venideros surgirá la habitual figura autodenominada liberal que, distanciada de la fe del religioso, pero también de la del ateo, se acogerá a otra mucha más oscura: la que se encomienda al mito de la autorregulación del mercado, del que acaso brote una ética ajustada a estos tratos.

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