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No comulga con nuestro masoquismo cultural

La India desenmascara a Greta Thunberg por sus injerencias y ordena una investigación

La existencia de redes sociales hace facilísimo la socorrida consulta a la hemeroteca, a veces sin necesidad alguna de buscar: siempre hay alguien que lleva las cuentas y rescata viejos comentarios o avisos para ver qué tal han envejecido. Así fue como topé con este tuit: «Tenemos 18 meses para frenar el cambio climático antes de que sea irreversible«.

Lo bonito del dramático aviso, por lo demás muy habitual en redes, es su fecha: 8 de agosto de 2019. Es decir, el Cambio Climático, según esta angustiosa alerta (la tuitera remite en tuits posteriores al preceptivo artículo autorizado), es ya irreversible. ¿Podemos olvidarnos ya del Acuerdo de París y de las innumerables agencias, departamentos y ONG que viven de este pánico? No, naturalmente. Se prorroga y santas pascuas. Contemplo con estupor la noticia de que en la India la policía ha abierto una investigación por conspiración contra Greta Thunberg, después de que la ceñuda adolescente sueca se inmiscuyera en los asuntos internos del país asiático. Mi asombro no se debe a las acusaciones, sino al hecho de que resultan demasiado obvias para necesitar una investigación.

Nunca tuvo ningún sentido, fue siempre, desde el primer día, una operación de marketing tan descarada que solo una civilización terminalmente lobotomizada podía aceptarla sin estallar en carcajadas. Greta ha hablado en la ONU, en el Congreso norteamericano, se ha reunido con grandes líderes mundiales como Angela Merkel. ¿En calidad de qué? ¿Por qué iban los grandes de la tierra a entrevistarse y aun dejarse sermonear por una niña neurotípica sin especiales conocimientos, solo porque está muy enfadada por el mundo? La única explicación razonable coincide, naturalmente, con la cierta: Greta es un anuncio, un cartel publicitario, una herramienta a la que se hace decir lo que se quiere predicar.

Los líderes mundiales no soportaban las regañinas de la niña con Asperger porque se estuvieran rindiendo ante la inocencia infantil, que desconcierta a los sabios y eruditos de este mundo; la atendían para mostrarla al mundo, para que predicara exactamente el mensaje que en ellos hubiera quedado algo ridículo y menos conmovedor: el mundo está a dos dedos del apocalipsis climático y solo si los ciudadanos cedemos nuestras libertades a los líderes mundiales sin chistar y renunciamos a nuestra prosperidad podremos sobrevivir.

La elección de Greta como ‘poster girl’ del apocalipsis responde a las mismas motivaciones que llevan a la CIA a inventarse a una niña siria en Alepo que, en un perfecto inglés y con un asombroso conocimiento de la situación política internacional, tuiteaba lacrimógenas peticiones de ayudas contra los bombardeos de Assad. Porque los niños conmueven, enternecen, y en nuestro subconsciente colectivo aún pulula esa reverencia por la supuesta sabiduría sobrenatural de la inocencia infantil: Ex ore infantium et lactentium perfecisti laudem.

Y, sí, es abuso infantil. Un abuso iniciado por sus padres y por los adultos que la lanzaron en medio de una bien diseñada campaña, y aprovechado y explotado por líderes sin escrúpulos. Por una vez, el cuento de Andersen se había invertido y era el niño el que estaba desnudo y los reyes de este mundo los que callaron y fingieron que le adornaban magníficos ropajes. Que fuera una niña, y aún más una niña aquejada de una condición neuroatípica, cumplía, además, la función de avergonzar a cualquier crítico, porque, ¿qué malvado se atrevería a cuestionar la acrisolada pureza del mensaje de una niña ‘distinta’?

Y, aunque malvados ha habido, en Occidente han sido silenciados y marginales. Pero olvidamos a menudo que el mundo es muy grande, y que hay muchos países que ni comulgan con nuestro masoquismo cultural ni lo entienden. A China, por ejemplo, el mayor contaminador del planeta, nunca fue Greta a sermonear a sus líderes; no hubo ningún “¿cómo os atrevéis?” ceñudo dirigido a Xi Jinping, siquiera virtual. Porque una de las leyes no escrita fundamentales en el victimismo permanente que es la base de nuestra actual vida política es que no se protesta ante el mayor culpable, sino ante el que tiene probabilidades de hacerte caso. Y quien dice China, dice la India.

La polémica empezó con unos mensajes de Greta en redes, incluyendo un «manual» para apoyar las protestas de agricultores a finales de noviembre cerca de Delhi contra las leyes agrícolas. En los tuits compartidos se podían leer mensajes de la organización canadiense Poetic Justice Foundation, en los que se daban instrucciones a Greta Thunberg sobre lo que debía decir con relación a las manifestaciones contra el gobierno. Entre las instrucciones estaba la de etiquetar a famosos como la cantante Rihanna o la sobrina de la vicepresidente de Estados Unidos, Kamala Harris. Y el gobierno de Delhi, ya ‘calentito’ con las injerencias de la niña mesías, aprovechó la circunstancia para ordenar a la unidad informática de su policía que investigara el manual de marras. A la India no se le puede acusar de ‘eurocentrismo’ ni de racismo; de hecho, a ningún país ajeno a Occidente se le puede acusar de casi nada en nuestro entorno políticamente correcto. Así que es adecuado que sean ellos los que, por fin, digan en alto lo que cualquiera con dos dedos de frente ya sabía: que Greta es un producto de marketing al servicio de las élites.

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