Caída y regreso de Sidney Powell: ‘Será épico’

TENGAMOS UN POCO DE PACIENCIA

Apenas había mandado el artículo de ayer para su publicación llegaba la verdadera noticia del día, un ominoso bombazo en forma de nota oficial del equipo jurídico del presidente Trump. Lo firmaban el abogado principal de Trump y jefe del equipo, el ex alcalde Nueva York Rudy Giuliani, y una de las abogadas estrella, Jenna Ellis, y rezaba así: “Sidney Powell practica la ley por su cuenta. No pertenece al equipo jurídico de Trump. Tampoco es abogada del presidente en su capacidad personal”.

Sonaba fatal, incluso en lo sucinto de la nota. A Powell la hemos visto como una pieza esencial en la estrategia jurídica encaminada a demostrar la existencia de un fraude electoral masivo que habría hurtado al presidente de su legítima victoria. Estuvo en la célebre rueda de prensa del equipo, junto a Giuliani y Ellis. Su ‘forte’ era lo relativo al programa informático de recuento electoral Dominion que, según decía, había transferido cientos de miles de votos de Trump a la casilla de Biden. Y ahora, esto. ¿Qué demonios estaba pasando?

Inmediatamente, los trumpistas -comentaristas con firma y parroquia y espontáneos de las redes- se dividieron en tres campos: los derrotistas, los inasequibles al desaliento y los conspiranoicos. Los primeros señalaban lo que parecía evidente, que el equipo de Trump trataba de distanciarse de Powell, y explicaban como quien está al cabo de la calle que Powell no tenía ninguna prueba, que se había alimentado de las numerosas teorías de la conspiración que pululan en los rincones más oscuros de Internet y que el presidente no quería quemarse cuando se descubriera el pastel.

La tesis derrotista, la que consideré de primeras más plausible, tropieza con grandes dificultades. Sidney Powell no es una vieja loca, es una de las penalistas más prestigiosas y brillantes de Estados Unidos

El segundo campo estaba y está compuesto por quienes ante cualquier noticia relativa a Trump, incluso las que parecen a ojos de cualquiera más negativas, responden con un “¡jugada maestra!”, y especulan con una audaz añagaza para engañar y/o despistar a los enemigos, fingiendo un distanciamiento de mentirijillas en ese ajedrez tridimensional al que imaginan que el presidente se pasa la vida jugando. Los más moderados de este campo aventuraban que se trataba solo de una separación de competencias que agilizaría las medidas y las haría más completas.

Por último, las teorías negativas y positivas desplegadas por los conspiranoicas, aunque a menudo enormemente divertidas, son demasiado numerosas y, en algunos casos, enloquecidas para traerlas aquí. Imaginen algo loquísimo y seguro que ya está dicho.

La tesis derrotista, la que consideré de primeras más plausible, tropieza con grandes dificultades. Sidney Powell no es una vieja loca, es una de las penalistas más prestigiosas y brillantes de Estados Unidos, con una carrera que la avala y una inteligencia que hace difícil imaginarla poniendo en peligro su carrera sin tenerlo todo atado y bien atado. Quizá cuando afirmó en una entrevista que ella jamás decía nada que no pudiera probar estuviera rozando la hipérbole, pero no creemos que exagerase mucho.

Hay otro asunto. Si no hay nada en lo que afirma Powell, habría que concluir que no hay ningún problema con el software en cuestión, algo que hay sobradas razones para cuestionar, como un programa entero que le dedicó la poco sospechosa CNN en 2006, denunciando exactamente lo mismo que ahora denuncia Powell. En el programa se informaba de las vinculaciones de la empresa Smartmatic con el régimen de Hugo Chávez -que habría de ganar hasta 14 elecciones con el sistema de marras-, vinculaciones de las que los congresistas demócratas alertaron al Departamento del Tesoro en su día. ¿Estaban los congresistas y la CNN propalando teorías de la conspiración? ¿O las informaciones solo son teorías de la conspiración cuando las dan personajes cercanos a Trump?

Pero los esfuerzos de los optimistas tampoco sonaban muy creíbles, salvo que uno sea de la Iglesia Renovada de Trump Salvador. Sonaban exactamente a explicaciones muy traídas por los pelos para justificar una nota cortante como una navaja barbera. El propio hecho de que la nota no aclarase a cuento de qué aparecía o qué implicaciones tenía ese distanciamiento aparente no parecía augurar nada nuevo. Para acabar de complicar la confusión, Twitter, que está en modo killer con las cuentas heréticas, ha suspendido la de la propia Powell, con lo que no podíamos esperar una respuesta inmediata.

Pero su respuesta llegó hoy en forma de la siguiente nota:

“Estoy de acuerdo con las declaración de la campaña en el sentido de que no pertenezco al equipo jurídico de la campaña. Nunca he firmado un contrato de prestación de servicios jurídicos o enviado al presidente o a la campaña una minuta de gastos o comisión.

Mi intención ha sido siempre exponer todo el fraude que pueda hallar, favorezca a quien favorezca, ya sea a demócratas o a republicanos.

Las pruebas que estoy compilando demuestran abrumadoramente que este programa informático se usó para transferir millones de votos del presidente Trump y otros candidatos a Biden y otros candidatos demócratas. Estamos trabajando para preparar una demanda y pensamos presentarla esta semana. Será épico.

No permitiremos que esta gran República la roben comunistas extranjeros o nacionales o que alteren nuestras elecciones agentes extranjeros en Hong Kong, Irán, Venezuela, o Serbia, por ejemplo, que no tienen respeto por la vida humana ni por la gente que son el motor de este país excepcional”.

Da para un respiro, aunque cauto. Tengamos un poco de paciencia y recordemos que el guion de este drama parece ser Night Shyamalan y nos quiere matar de un infarto.

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