Conflicto Mapuche: un foco incesante de insurrección en Chile

UN ENFRENTAMIENTO IDEOLÓGICO QUE NO ACABA

El pasado viernes 30 de octubre, cerca de las 09:55 horas, Chile vivió nuevamente un trágico caso producto de la insurrección. El cabo segundo de Carabineros, Eugenio Nain Caniumil,de 24 años, fue impactado por varios disparos de balas.

Uno de los tiros alcanzó su garganta mientras estaba al volante de un vehículo policial tras realizar un operativo en la zona de Metrenco. La muerte de este joven carabinero mapuche producto de la emboscada extremista confirmó, una vez más, la presencia de armas de guerra en la zona sur de Chile.

Lamentablemente, este no es un caso aislado. Antes del 18-O de 2019, la insurrección ya venía escalando en esta región del país. Numerosos son los casos de quema de vehículos, casas, municipios y asesinatos producto del “Conflicto Mapuche”. No obstante, la insurrección en esta zona data de la década de los noventas, develando un profundo conflicto ideológico en curso.

En 1990, y cumpliéndose casi 500 años del descubrimiento de América por parte de los españoles, el movimiento mapuche se articuló bajo el nombre de “Consejo de Todas las Tierras”, llegando a crear, en 1992, la “Wenüfoye” –bandera mapuche– símbolo recurrente en las distintas insurgencias chilenas, en especial la revuelta que vive el país desde el 18-O, siendo usada incluso en reemplazo del blasón de Chile.

La causa mapuche ha generado una gran división en las regiones del sur del país, como en La Araucanía, el Biobío y Los Ríos, aunque es posible encontrar que sus discursos y símbolos se han diseminado en todo el país.

Señalan, de manera intencionalmente amplia, que sostienen una lucha contra el poder sistémico, pues de forma explícita llaman a subvertir el Estado y la nación chilena. Como complemento, avalan el enfrentamiento directo con Carabineros y Fuerzas Especiales usando armamento de guerra, ya que estas instituciones representan “la opresión hacia el pueblo mapuche”. Según su visión, que se nutre de la agenda de la nueva izquierda, las entidades antes señaladas son “instituciones burguesas y dominantes a las que hay que desplazar y refundar”.

Asimismo, llaman a oponerse a todo vestigio de modernización –como el capitalismo y el modelo de desarrollo chileno– y también al “colonialismo” pues, siguiendo la dicotomía marxista, suponen que el legado hispánico oprime a los grupos étnicos.

Es por lo anterior que han instalado un proceso de descolonización ideológica y han impulsado la demanda de un Estado Plurinacional. Esto se lograría a través de la reconstrucción política de la nación mapuche, emancipada del Estado chileno.

Es por esta razón que entre sus demandas se encuentra la recuperación del territorio, pues así podrán alcanzar la autonomía deseada. Sin embargo, el término “territorio” no solo es la recuperación literal de tierras, sino que conlleva el ejercicio del poder, de la soberanía y de la resistencia al sistema político vigente, el que, simultáneamente, se ve amenazado por la revuelta rizomática y el proceso constituyente en curso.

La recuperación del territorio ha estado marcada por el aumento incesable de la violencia y la insurrección, la que ha escalado con el paso de las décadas. Si retrocedemos a los años noventa, en pleno periodo de gobiernos de la coalición Concertación, empezó a ser común la quema de camiones bajo la justificación de que la soberanía mapuche se veía amenazada ante la instalación de represas –y más aún de aquellas impulsadas por empresas extranjeras–.  

En la década del 2010, comenzaron a ser usuales las huelgas de hambre de mapuches presos por la ley antiterrorista, siendo un método para negociar con el Gobierno y lograr la absolución de las penas. Los ataques incendiarios también empezaron a ser recurrentes, con ataque a propiedades privadas e incluso asesinatos con armas de alto calibre.

Un caso recordado es el del matrimonio Luchsinger-Mackay, agricultores de edad avanzada que murieron producto del incendio a su casa en Vilcún, en 2013, resultando culpable de este caso Celestino Córdova. Desde ese entonces, el nivel de insurrección se ha agudizado, atacando diferentes propiedades y vehículos que circulan por la zona.

Si nos aproximamos a los casos recientes, destaca el ataque incendiario en una noche de febrero de 2020 a un camión estacionado en el que reposaba el conductor Juan Barrios, fallecido poco después producto de la agresión. También los incendios a las municipalidades de Ercilla y Traiguén el pasado agosto, mientras que en Victoria y en Curacautín hubo enfrentamiento entre civiles y la guerrilla mapuche, los que apoyaban la huelga de hambre de Celestino Córdova y otros “presos políticos”.

Por estas fechas, además, quemaron cinco casas de civiles en el borde del lago Lanalhuel usando acelerantes. Y recientemente, en la noche del 02 de noviembre fue denunciado un nuevo ataque incendiario por el dueño de una empresa forestal en la provincia de Arauco.

Cada uno de estos casos es adjudicado a grupos insurrectos de mapuches, como la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), Weichan Auka Mapu, o la Comunidad Autónoma de Temucuicui, quienes suelen dejar panfletos y lienzos. El discurso es el mismo: anticapitalista, anticolonialista y autonomista, lográndose gracias a la lucha revolucionaria armada contra el Estado chileno y sus agentes.

Si bien, es complejo aproximarse al Conflicto Mapuche, es necesario mencionar que la insurrección impulsada por estos colectivos no representa a toda esta comunidad. Ejemplo de ello es que el mismo carabinero fallecido el pasado viernes era mapuche, pero ―para su desgracia―, prestó servicios en una institución que los extremistas repudian.

No obstante, también es dable señalar que el Conflicto Mapuche no será posible aminorarlo con fuerza policial o medidas antiterroristas, y menos con diálogo, ya que este es ideológico, pues justamente busca desplazar la institucionalidad chilena, como el Estado unitario, al empujar la demanda por un Estado plurinacional. Es decir, buscan deconstruir el poder sistémico clásico del Estado-Nación, desde la insurrección y la violencia armada.

De esta manera, el Conflicto Mapuche se instala como un vector más dentro del proceso revolucionario en curso en Chile. Como señala Friedrich Hayek, la única forma de cambiar el curso de la sociedad será cambiando las ideas. El Conflicto Mapuche es un conflicto ideológico.

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