El eterno retorno de la Europa colonial (esta vez, ‘inclusivo y sustentable’)

La presidente de la comisión Europea, Ursula Von der Layen y de fondo, difuminado, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel (foto: Alexandros Michailidis / Dpa)

La deforestación y la degradación de los bosques se están produciendo a un ritmo alarmante, lo que agrava el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. El principal impulsor de la deforestación y la degradación forestal es la expansión de la tierra agrícola para producir productos básicos”, ha explicado, con toda la alarma que pudo poner en un papel, la Comisión Europea en una de sus propuestas regulatorias más radicalizadas desde su inauguración.

La Unión Europea se ha convencido de que la humanidad debe pasar por la Tierra tratando de hacer como que no estuvo, dejando una huella lo más nula posible. De esto se ha convencido ahora, claro, cuando ha llegado a un alto estándar de confort, un alto promedio de vida y una riqueza considerable. La Europa pujante que se abocó durante los últimos siglos a alcanzar esos altos niveles a como diera lugar, de pronto se sentó en un confortable sillón, se prendió un habano, miró al horizonte y se dijo: es hora de parar, ya estoy donde quería estar. En consecuencia ha pedido al mundo todo, vale decir, al resto de los países y a todas las 8 mil millones de almas sujetas a esta roca planetaria que limiten de inmediato, ¡ya mismo! súbitamente sus emisiones gasíferas para poner freno a su obsesión: el cambio climático.

Si bien este tema viene rondando hace mucho la agenda del primer mundo, y su pertinaz obsesión es tan resistente que supera todos los papelones hechos por pronósticos fallidos, la neurosis climática autoinducida se ha incrementado. Es más, conforme vienen creciendo las voces disidentes en los márgenes del mainstream, la caleontología ha entrado en una llamativa crisis de ansiedad, cual adolescente educado a base de gritos de Greta Thunberg. Pero la lisérgica cumbre 26 del clima en Glasgow y el G20 han contribuido a acelerar el proceso. Si la cuestión se concentrara sólo en territorio europeo no sería grave, después de todo, cada uno se autoelimina como más le gusta, pero no, Europa ha decidido, de nuevo, que todo el mundo debe moverse bajo su pulso. 

Tenemos legiones de elites fanáticas dispuestas a colonizar todos los rincones del globo para obligar a la gente a salvarse del Apocalipsis

Los históricos procesos de colonización implicaron la imposición de la autoridad de un Estado sobre otros mediante la dominación política, social, cultural y económica. Utilizaron la fuerza para someter territorios extranjeros y a sus habitantes, consiguiendo así un aprovechamiento económico e imponiendo su cultura, leyes y costumbres sobre el espacio dominado. Como se necesitaba algún tipo de justificación filosófica, se echaba mano a un sentimiento de superioridad moral. Menos de un siglo le ha tomado a la Unión Europea hacer un salto innovador en el concepto de colonialismo, uno más inclusivo y sustentable, pero con las mismas mañas: el colonialismo ambiental.

El colonialismo ambiental concibe su misión, como era esperable, como algo superior. ¡Se trata de salvar el planeta! ¡Tenemos 12 años antes de que todo se hunda (o se seque, depende de lo que se les ocurra en ese momento)! Así se arrogan el derecho de prescindir de la soberanía, la democracia y las leyes del resto del mundo. ¡La emergencia planetaria no puede andar atendiendo menudencias locales! Así que rápidamente tenemos legiones de elites fanáticas dispuestas a colonizar todos los rincones del globo para obligar a la gente a salvarse del Apocalipsis. 

El colonialismo ambiental viene estableciendo agendas y pactos que son verdaderos verdugos para las frágiles economías tercermundistas. Cepos al desarrollo, normativas destructivas e irresponsables en materia energética, alimenticia, sanitaria o de transporte. Todas estas regulaciones se imponen con un abanico de herramientas que van desde la persuasión de los organismos multilaterales, el lobby en los parlamentos locales no siempre muy transparente, la propaganda sistemática en medios, redes y en los textos educativos y el toma y daca de subsidios. Siempre aderezado con dosis masivas de proteccionismo y, si los subdesarrolladitos no entran en razones, se agregan las sanciones.

Esos mismos señores que no lograron adivinar que este invierno no iban a poder pagar la calefacción, son los que quieren controlar el clima del mundo.

Sucedió tras las delirantes conclusiones de la COP26 que la Comisión Europea adoptó nuevas iniciativas que podrían complicar la vida de muchos productores y empresas argentinas. Justamente, viene a imponerse a las tierras que producen productos primarios una resolución para dejar de consumirlos si no se puede probar que no proceden de zonas deforestadas. La lista inicial de productos son soja, carne vacuna, aceite de palma, cacao,  café o madera. Las reglas también se refieren a productos derivados, como chocolate, cacao en polvo, cuero, contrachapado, paléts, barriles y marcos de madera para pinturas, espejos o fotografías. Otros rubros que podrían verse afectados son los frutícolas, el maíz y el girasol, o las legumbres del norte. Las derivaciones son impredecibles.

Respondemos a los llamamientos de los ciudadanos para minimizar la contribución europea a la deforestación y promover el consumo sostenible”, ha subrayado el vicepresidente de la Comisión Frans Timmermans. ¿Cómo lograría su propósito el buen Frans? Mediante un sistema de evaluación que se impondrá a los países de origen y que le permitirá prohibir la importación de los alimentos que no se ajusten a sus exigencias. Son, claro, las empresas comercializadoras y productoras las que tendrán que encargarse del muerto. Lo que la UE está proponiendo tiene graves consecuencias económicas y un desvergonzado interés geopolítico en el control de materias primas clave al tiempo que limita la capacidad de los países para beneficiarse de sus propios recursos. 

La agenda de aquellos que tienen hambre y miseria debería ser el desarrollo económico y no los ataques de pánico de las elites sobrepagadas y sobrealimentadas

Cabe recordar que Europa no tuvo miramientos ni tutores para desarrollarse como se le dio la gana durante siglos. De hecho, gran parte de ese desarrollo provino del sistema extractivo de las colonias que luego se avergonzó de practicar. El viejo continente tiene actualmente un alto estándar de vida que otros países deberían ir alcanzando, pero resulta que se le ha ocurrido que el planeta debe ser un paraíso virginal. Esto implica que la humanidad debe renunciar al desarrollo industrial y a su expansión agrícola y energética así como a los avances tecnológicos que hicieron, casualmente a Europa, próspera. Para que se cumplan sus órdenes ofrece un apoyo económico que implica una mayor deuda y dependencia de los Estados. Estos a su vez perpetuarán esta dependencia si se ven privados de producir y comerciar libremente.

El colonialismo ambiental se parece mucho al viejo colonialismo que las viejas potencias europeas tratan de correr bajo la alfombra y del que sacaron pingües beneficios. Se le está exigiendo a países con rentas bajísimas, endeudados hasta el tuétano, con niveles de pobreza calamitosos y con grandes cantidades de poblaciones subempleadas y hacinadas que se abstengan de emitir dióxido de carbono ya que esto importuna a la vieja Europa que se cansó de emitir y contaminar cuando le fue preciso. 

Es posible que el primer mundo esté en condiciones de asumir el costo económico que significa reconvertir su matriz energética y productiva. Tal vez la población que habita las ciudades europeas disfrute de ver cómo se encarece la energía que consume a niveles privativos pero nada de esto es dable en África o Sur y Centroamérica, donde la imposición de estos luxury beliefs será una auténtica carnicería. La agenda de aquellos que tienen hambre y miseria debería ser el desarrollo económico y no los ataques de pánico de las elites sobrepagadas y sobrealimentadas. Pero de nuevo la contienda es desigual.

La Comisión Europea trabaja activamente para someter a su designio a países desgobernados por inútiles e impotentes, mientras los grandes jugadores de la geopolítica juegan la partida real

El gobierno argentino, tan dado a la ineptitud, ha decidido abrazar la agenda climática con uñas y dientes y deberá comenzar a certificar los alimentos que exporta a Europa como “libres de deforestación”. Las empresas de todos los tamaños estarán obligadas a recopilar  información detallada como coordenadas geográficas donde los bienes son producidos para probar el cumplimiento de los requisitos. Esta información deberá ser enviada digitalmente a los reguladores. Si una empresa no consigue demostrar que sus productos son libres de deforestación se le prohibirá colocarlos en cualquier lugar dentro del mercado europeo. En caso de que la compañía ignore las normas el regulador puede imponer multas por daño medioambiental, confiscar la mercancía e incluso incautarse los ingresos obtenidos con su venta. Los reguladores también serán los encargados de realizar inspecciones in situ con sólo la sospecha de algún incumplimiento. 

Como los reguladores son nacionales, además del sobrecosto y la pérdida de tiempo y competitividad, las empresas se volverán a enfrentar al afán fiscal, confiscatorio y a la maquinaria de corrupción local. Y luego se elevará esto a nivel internacional para acceder al deseado mercado, haciendo más gravoso producir materias primas. La comisión podría directamente implementar patíbulos para los productores tercermundistas, es posible que fuera más piadoso.

En su imparable afán interventor, la Comisión Europea establecerá un ranking de países según su riesgo de deforestación: bajo, estándar y alto. Sufriendo las naciones de alto riesgo un mayor escrutinio. La lista será pública, con el fin de dirigir a consumidores e inversores hacia mercados sostenibles. «Esta propuesta es revolucionaria«, ha asegurado el comisario europeo de medio ambiente, océanos y pesca, Virginijus Sinkevičiusya que afecta la deforestación provocada por la expansión agrícola» sostuvo con fervor malthusianismo, destacando que la lista corresponde una decisión política y debería ser vista como un punto de partida, con la posibilidad de añadir gradualmente más productos, como la goma. Las presentaciones serán retroactivas a diciembre de 2020, total el mundo y sus reglas le pertenecen a Virginijus. 

Los colonialistas ambientales recaudan miles de millones de dólares para financiar proyectos climáticos, cosa que es un delirio si consideramos las crisis económicas

Las organizaciones ambientalistas están con una felicidad que no les cabe en el cuerpo, después de todo, serán quienes reciban gran cantidad de la financiación que alcanza los US$19.000 millones para aplicar la normativa que sin dudas va a distorsionar la competencia y los precios tanto en el mercado europeo como en el mundial. El encarecimiento inexorable de los productos listados busca matar la competencia que los productores europeos enfrentan justamente por el hojaldre de impuestos y regulaciones que la elefantiásica Unión Europea ha impuesto a lo largo de los años. Lo mismo le ocurre con la desgraciada reglamentación energética que los enfrenta a una montaña rusa de emociones cada vez que Argelia, Rusia, Noruega o cualquier otro proveedor de gas estornuda fuerte. 

Los colonialistas ambientales han tomado el compromiso de recaudar miles de millones de dólares para financiar proyectos climáticos cosa que es un delirio si consideramos las crisis económicas y de deuda que sus países están atravesando y que, si continúan la ingeniería social de la agenda 2030, es posible que se agraven. Están prometiendo una utopía en lo que se refiere a ayuda y a cambio están exigiendo que el tercer mundo se despida de cualquier posibilidad de desarrollo. En su locura intervencionista aspiran conseguir, además, que la temperatura del planeta no se extienda más allá de un grado y medio. O sea que esos mismos señores que no lograron adivinar que este invierno no iban a poder pagar la calefacción y que no lograron sentar a la mesa ni a China, ni a Rusia ni a India, son los que quieren controlar el clima del mundo. 

La iniciativa presentada por Bruselas es parte del Pacto Verde Europeo con el que la UE pretende alcanzar los dos hitos que se ha impuesto por ley: la reducción de emisiones en un 55% para 2030 respecto del nivel que existía en 1990 y la neutralidad climática en 2050. Pero cualquier acuerdo o pacto que no contenga a China, Rusia, India y EEUU es una payasada y ninguno de estos países están interesados en dañar sus intereses con planes como los que la Comisión Europea propone para satisfacer su ansiedad climática. China, Rusia, India, por caso, quieren ganar dinero con los recursos que sus países ofrecen y los productos que derivan de ellos. ¿Acaso no fue ese el objetivo de la Europa de los siglos XIX y XX? 

Pero la Comisión Europea trabaja activamente para someter a su designio a países desgobernados por inútiles e impotentes, mientras los grandes jugadores de la geopolítica juegan la partida real. Sabido es que las regulaciones surgidas al calor de las cumbres calentológicas no han producido ni producirán ningún cambio, no habría manera. Y no, no van a poder dominar el clima, como no van a lograr que China deje de emitir ni van a poder hacer que Putin deje de venderles el gas a precio de oro. Pero lograrán que Alberto Fernández haga quebrar a cientas de empresas y familias argentinas, desbloqueando un nuevo nivel de cinismo y perversidad del colonialismo ambiental. ¡Albricias, Comisión Europea!

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