El Hombre que Venció a la Peste

TRUMP PRESUME DE BATIR AL VIRUS LETAL

Lo queramos o no, la más acerba división política hoy día en Occidente -y, por tanto, en el mundo- no es entre izquierda y derecha, sino entre mascarillistas y antimascarillistas. La pandemia y las medidas que están tomando las autoridades para frenarla son el tema omnipresente del momento, así que el Covid-19 planea de forma decisiva también sobre la campaña presidencial norteamericana.

Llámenlo, si quieren, la ‘sorpresa de octubre’ de esta campaña. Nos referimos, claro, a la ‘gripe china’ sufrida por Trump que motivó su hospitalización precipitada y que tuvo a sus enemigos suspirando -no son, por lo general, muy de rezar- por un resultado fatal o, al menos, inhabilitante.

De hecho, se suponía que la pandemia era una de las grandes bazas de los demócratas. Iba a hacer añicos los logros económicos del mandato de Trump y a exponer al presidente como un incompetente, un irresponsable o, preferiblemente, ambas cosas.

La errática OMS de nuestros pecados, quizá asustada por el estropicio mundial que ha desatado, ha declarado que los confinamientos no son la solución a la pandemia.

Pero el magnate neoyorquino tiene por arrobas eso que llaman ‘baraka’ y no solo cae siempre de pie, sino que tiene la virtud de convertir en ventaja propia todas las celadas que le tienden sus enemigos. Porque ahora está bailoteando en sus mítines abarrotados hasta la bandera con una envidiable energía y presumiendo de ser inmune a la peste de nuestro siglo.

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El caso pone a sus enemigos en un dilema diabólico. Si dicen que, bueno, no es para tanto la hazaña, tratándose de un señor de 74 años que se alimenta de hamburguesas y cocacolas, están arruinando el mensaje que han propalado todos estos meses de una plaga espantosa que justifica cualquier sacrificio para que no les mate a todos, lo que sería su fin. Pero si mantienen ese mensaje, tendrán que morderse la lengua y rabiar por lo bajo cada vez que Trump presuma de haber batido al virus letal en tres días sin dejar uno solo de trabajar.

Así que el hombre va por los ‘escenarios’ políticos convirtiendo su fulminante recuperación en un imbatible mensaje de campaña que le sirve, no solo para mostrar un aspecto épico-legendario de ‘unbreakable’, sino también para subrayar el mensaje por el que ha sido previamente tan atacado, a saber: el virus no es para tanto, hay tratamientos eficaces, los norteamericanos no deben vivir con miedo ni las autoridades deben imponer medidas drásticas que destruyan las libertades y la estructura productiva. Y ahora puede decirlo con total autoridad.

Para redondear su suerte, la errática OMS de nuestros pecados, quizá asustada por el estropicio mundial que ha desatado, ha declarado que los confinamientos no son la solución a la pandemia, y a Trump le ha faltado tiempo para gritarlo en su primer baño de masas tras la enfermedad: “¡Yo tenía razón sobre los confinamientos!”.


Por cierto que la ocasión sirve para confirmar lo que decíamos en el primer artículo de esta serie: esto es una batalla entre quienes aman a Trump y quienes odian a Trump. Biden es apenas un actor secundario no demasiado brillante o, más bien, algo embarazoso, como ese pariente algo extravagante que nos pone violentos antes las visitas cuando se le va la cabeza.

Porque mientras los actos de Trump son a aforo completo con gente vitoreando fuera, los de Biden son de dar pena. El último fue en un aparcamiento, donde el demócrata habló para unos cuantos coches aparcados pertrechado con esa mascarilla que acentúa su debilidad. Volvió a presentarse como candidato al Senado -no es la primera vez- y llegó a decir en una reciente entrevista que si la gente -como confirma una encuesta- siente que está mejor hoy que hace cuatro años, debería votar a Trump. Entendemos que los demócratas no quieran exponerle demasiado, aunque solo sea para que no les acusen de maltrato con un pobre anciano.

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