AMLO militariza el Gobierno para amedrentar a la oposición y blindar su proyecto político

SIGUE EL MANUAL SOCIALISTA

Siempre me ha gustado el Ejército. Si no me hubiera dedicado a la política y a escribir, bien podría estar en sus filas. Pienso que la milicia es un camino para llegar a ser todo lo que uno es. Un buen militar sabe disparar armas, paracaidismo, cabalgar, buceo, maratón, box. Es ejemplo de valor, esfuerzo y espíritu de equipo.

El Ejército Mexicano es un símbolo de honor y lealtad a la nación. Los valores que representan las Fuerzas Armadas, como el patriotismo, la disciplina, el arrojo, el orgullo, la fuerza, son indispensables en tiempos de guerra, y en tiempos de paz, aportan al desarrollo de la sociedad civil.

El servicio militar debería ser obligatorio en México, y durar lo necesario como para que los jóvenes de verdad forjaran su carácter y acrisolaran su personalidad. Para que adquirieran los conocimientos técnicos suficientes, y para fomentar a gran escala el amor a la patria, y los valores necesarios para alejarlos de la deshonestidad, del crimen, y de los vicios.

Tengo muchos amigos en el Ejército. Algunos son Generales o mandos medios, activos, o en situación de retiro. Otros fueron sólo soldados, pero participaron durante la administración de Felipe Calderón en operativos contra el narcotráfico. Y la verdad, nunca dejaron de ver con buenos ojos a ese presidente.

Las experiencias que vivieron mis amigos de la tropa son más impresionantes que las series de guerra que ahora abundan en Netflix. No bien tienen 30 años y ya son veteranos de guerra. Pero en México no hay una cultura de respeto y agradecimiento a los veteranos.

Es una lástima que muy poca gente los admire aun cuando arriesgaron sus vidas en esa lucha contra los cárteles. Tampoco el gobierno de López Obrador les brinda un reconocimiento. Incluso algunos de ellos están desempleados y la pasan mal.

Y mientras muchos que entregaron su juventud sirviendo a México en las filas castrenses hoy sufren carencias, ahora AMLO cada día integra más al Ejército para participar en negocios y actividades ajenas a la seguridad.

Esto, de entrada, es ilegal. El artículo 129 de la Constitución de México dice muy claro que en tiempos de paz, ninguna autoridad militar puede ejercer funciones que no tengan que ver con la disciplina militar.

Y, que sepamos, hacerle de empresarios para el Tren Maya, no tiene nada que ver con esa disciplina.

Hoy el Ejército es el factótum del gobierno de AMLO: construye el aeropuerto de Santa Lucía, 2,700 sucursales del Banco del Bienestar, y remodela hospitales; interviene en aduanas y puertos, siembra árboles, apoya en el plan de contingencia del covid-19, distribuye medicinas, equipo médico y libros de texto, y rescata en avión militar al pillo de Evo Morales de la justicia de Bolivia.  

Ah, y hasta las cenizas del cantante José José también se trajo a México en un vuelo desde Miami. 

La democracia peligra si las actividades del Ejército crecen y crecen. Para un régimen democrático, que militares sustituyan a civiles en actividades del gobierno, es además de irregular, peligroso.

Pero no es nada casual. El involucramiento cada vez mayor de mandos militares en actividades gubernamentales no castrenses, significa que el gobierno está endureciendo su presencia de cara a la sociedad civil.

El rostro del gobierno ya no es sólo civil: la Cuarta Transformación se está militarizando.

Uno de los mensajes que subyace a este proceso es de amedrentamiento para los opositores. No es lo mismo hacer uso de la libertad de expresión para criticar a un gobierno civil, ciudadano, que a uno militarizado. Disentir, debatir, cuestionar al gobierno, ahora encontrará el duro semblante castrense.

La militarización del gobierno es una forma de infundir miedo a los movimientos opositores.

Y al darle AMLO tantos negocios al Ejército, a los mandos, busca garantizar su apoyo político frente a cualquier circunstancia adversa.

Pronto no podremos hablar más de un gobierno civil. Hablaremos de uno que llegó por la vía de las urnas, pero se fue quedando y quedando en el poder, apoyado por la amistad de muchos mandos del Ejército. Será una autocracia.

Ejemplos de esta unión convenenciera y no democrática de gobierno y ejército hay muchos en América Latina.

Todos, por supuesto, del socialismo más pernicioso, como el de Venezuela, donde la Fuerza Armada Nacional Bolivariana maneja compañías de petróleo, bancos, fábricas de ropa, constructoras y fábricas de vehículos. Y el pueblo buscando comida en la basura.

O el de Cuba, donde las Fuerzas Armadas Revolucionarias operan cientos de empresas, el turismo, la construcción, el azúcar, la agricultura e industrias.

Cuando un grupo político quiere perpetuarse en el poder, no puede prescindir de las fuerzas armadas.

En América Latina fueron frecuentes los gobiernos de izquierda desplazados por golpes de Estado en los que participaron fuerzas militares.

Pero el socialismo trash del siglo XXI ha aprendido ya en sus diversas expresiones que para sobrevivir debe formar una simbiosis con la milicia.

Jorge Battaglino revela en un estudio una reciente tendencia de las izquierdas en América del Sur a asignar negocios y tareas diferentes a la seguridad nacional, a sus mandos militares.

No obstante, todos mis amigos militares están en contra de la militarización de México. Saben lo que dicen. Aman a su institución y calculan bien el daño que se le hará al ponerla a hacer negocios.

La 4T debería tomar en cuenta que, al pasar de los años, cualquier militar inconforme escribirá las crónicas del camino fallido que hoy está tomando el gobierno. Habría más de un Aleksandr Solzhenitsyn.

De hecho, como bien lo advierte Gene Sharp -filósofo norteamericano especializado en la lucha no violenta contra las tiranías-, entre las fuerzas militares siempre habrá quien permanezca institucional y fiel a la democracia, y no se adhiera a un régimen que se torne autoritario.

Hay muchos riesgos para el Ejército como institución al participar en toda esta serie de actividades ajenas a su ámbito en México. Al manejar cuantiosos recursos económicos, se podrían generar intereses y corrupción entre sus élites.

Al ponerlo a brindar bienes y servicios públicos, se inhibe el desarrollo de la participación de la sociedad civil. Y no necesariamente es que los uniformados sean los mejores administradores.

Pero sobre todo, dos peligros: uno, que teniendo el Ejército tantas responsabilidades nuevas por cumplir, descuide aquellas que sí le competen. Y dos, que al incrementar sus actividades en ámbitos no castrenses, más tarde será muy complicado regresarlo a los cuarteles.

AMLO prometió en su campaña a la presidencia regresar al Ejército a los cuarteles. Va totalmente en sentido inverso.

La Cuarta Transformación quiere al Ejército para blindar su proyecto político y así gobernar lustros enteros.

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