La popularidad de la ‘aborrecida’ Harris supera la de Biden por primera vez

AMBOS DIRIGENTES DEMÓCRATAS SUSPENDEN
La vicepresidente de Estados Unidos, Kamala Harris. Reuters

La vicepresidente Kamala Harris nunca gozó del apoyo y la simpatía del electorado, ni siquiera del suyo. Tuvo que retirarse en su día de las primarias demócratas con unos porcentajes de voto risibles pese al decidido apoyo del partido, y la absoluta incompetencia que ha desplegado en casi un año en el cargo no ha mejorado precisamente su puesto en la tabla.

Harris, a quien todo el mundo en los medios daba como «primera mujer presidente» a no mucho tardar, visto el progresivo deterioro mental de Biden, ha ido de fracaso en fracaso en su intento de contrarrestar con sucesivas ‘reinvenciones’ una antipatía pública que no ha hecho más que crecer con cada fiasco.

De hecho, el presunto presidente Joe Biden, en medio del goteo constante a la baja de su popularidad a menos de un año en el poder, siempre podía contar con el consuelo de tener a su lado a un político aún más odiado. Por eso es tan significativo que, por primera vez, una encuesta le sitúe ligerísimamente por debajo de su aborrecida compañera de tándem.

Hablemos de la “septimana horribilis”. Biden se había ido recuperando en imagen a trancas y barrancas a partir del récord de impopularidad de mediados de noviembre, pero eso es ya agua pasada. La última encuesta publicada por el gigante estadounidense de la demoscopia Gallup revela que el índice de aprobación de Biden ha caído por debajo del de la vicepresidente por primera vez, aunque ambos suspenden (43% de Biden frente a un 44% de Harris).

Curiosamente, Harris gana a su jefe en aprobación pública y también en desaprobación. Esta aparente contradicción se explica, lógicamente, por quienes, sin aprobar la labor del líder de que se trate, tampoco la censuran. De hecho, el número de quienes desaprueban a Harris ha aumentado del 49% al 54%, frente al 51% que opina de Biden que «let’s go Brandon»

Y es que en Estados Unidos, como en todo Occidente, abundan los temerosos ante la pandemia, que piden o aceptan gustosos las restricciones más draconianas, especialmente en los estados más demócratas, de los que pondrían al Dr. Fauci una estatua en cada ciudad; y también proliferan los que se oponen a la narrativa oficial y claman por una vuelta a la normalidad política, económica y jurídica, motejados de «bebelejías» por los medios del régimen. Y, en la última semana, Biden ha logrado la hazaña de enfurecer a los dos bandos irreconciliables.

Digamos que estos últimos días ha reinado la confusión sobre la pandemia en la Casa Blanca, que ha ido de amenazar con todo lo amenazable a los no inoculados e insinuando la vuelta a los peores momentos de la peste, a tirar la toalla y decidir que mejor que se ocupe cada estado de decidir qué hacer en este aspecto.

Por lo demás, expresiones que la Administración ha hecho célebres de tanto insistir en ellas, como la de «la pandemia de los no vacunados», se han revelado huecas y falsas con el paso de los días. El cuento oficial se viene abajo, y la popularidad del presidente, que nunca fue gran cosa, se resiente. A nadie le gusta que le tomen el pelo.

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