Las inoportunas vacaciones de la alcaldesa de Bogotá en mitad del caos

LA DESCONEXIÓN DEL POLÍTICO CON LA REALIDAD

Decidida a descansar –luego de un año seguramente agotador–, el 1º de enero Claudia López embarcó hacia Costa Rica en compañía de su pareja, Angélica Lozano. Era un viaje del que volverían el 11 de enero.

López dejó al secretario de gobierno de Bogotá, Luis Ernesto Gómez, encargado de la ciudad más importante del país mientras esta cruzaba la tormenta del segundo pico de contagios e imponían, otra vez y contra indicaciones de numerosos expertos, un nuevo confinamiento estricto obligatorio.

Los días de reposo y desconexión que inicialmente se planearon, no llegaron a la mitad siquiera.

La opinión pública no demoró en mostrar su descontento ante la decisión de la alcaldesa de salir a vacaciones en medio de la crisis. Ciudadanía y dirigentes políticos de distintos partidos se pronunciaron al respecto.

López tuvo que retornar al país y reanudar labores. Sin dar explicaciones ni ofrecer disculpas.

Este hecho es posible evaluarlo a la luz de tres argumentos. En primer lugar, la incoherencia. Claudia López ha sido férrea crítica de la reapertura económica y el retorno presencial de actividades “no esenciales”. En la primera fase de la pandemia clamó que “sobre su cadáver” se reabrirían vuelos en el aeropuerto el Dorado, condenó todo tipo de flexibilización del confinamiento radical y sus tuits en variadas ocasiones fueron contestados por el ministro de salud, Fernando Ruiz, desmintiendo sentencias falsas contra el gobierno nacional con relación al manejo de la pandemia.

La figura política que fácilmente puede ser catalogada como una de las mayores cuestionadoras del actuar de Duque, ahora ignoraba sus acusaciones pasadas para gozar de las excepciones que solo su cargo podía brindarle.

En segundo lugar, es posible evidenciar la falta de liderazgo y compromiso con la ciudadanía. Un capitán no abandona el barco cuando este se está hundiendo, menos cuando se enfrenta la peor crisis de la historia reciente del país, cuya evolución demanda completa atención y dedicación al cargo. Un líder activa todos sus sentidos y enfrenta la tormenta por larga y dura que sea.

Y, en tercer lugar, como es de esperarse, se ve reflejada la enorme desconexión del político con la realidad del colombiano de pie, la falta de relación con el desempeño del mercado y los efectos que esto trae.

Como político el salario es fijo, sea mensual o quincenal el cheque llega de manera garantizada. En el mercado no, allí es tan sencillo como que si se abre el negocio hay ventas y si hay ventas, hay ingresos para pagar las múltiples obligaciones que contrae emplear en Colombia (alrededor de un 62% adicional al salario), proveedores, arriendo y bancos, pero, sobre todo, impuestos. Las dinámicas son diferentes y los primeros viven de los segundos.

Alrededor del 50% de la fuerza laboral colombiana vive con menos del salario mínimo y trabaja en condiciones de informalidad, esto significa que, en la mayoría de los casos, viven al día. Trabajan en la mañana para comer en la noche. Y esta es una realidad innegable. Si no pueden salir a trabajar, automáticamente son condenados al hambre. Este no es un país que se caracterice por altas tasas de ahorro y menos dentro de los informales.

El alcalde encargado mencionaba que era mejor “estar aburrido” que enfermo. Dudo que haya un reflejo mayor de la tremenda desconexión con la realidad del ciudadano de pie que se la juega diariamente por conseguir el sustento.

“Claudia se equivocó”, menciona el medio Semana. En efecto se equivocó al sacar tiempo de recreo mientras encerraba como animales a los ciudadanos que pagan los impuestos a los que se debe su salario.

El problema no son las vacaciones de Claudia. El problema es el tiempo, la pertinencia y la soberbia de encerrar a todos, pero gozar de las excepciones como buen político que accede a privilegios.

Nuevamente, un capitán jamás abandona el barco cuando está hundiéndose. Todos estaremos cansados, pero la batalla sigue y esta crisis nadie la veía venir. El precio de no jugarse la piel siempre es alto, esta vez sin siquiera pedir disculpas a la ciudadanía, Claudia pagó caro.

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