«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
'En nuestra identidad se halla la existencia de nuestra patria'

Olvidar la Historia para disolver la nación

"La reina Isabel la Católica, presidiendo la educación de sus hijos". Isidoro Lozano (hacia 1864). Museo Nacional del Prado, Madrid

Son muchos los historiadores y politólogos que llevan décadas advirtiendo de la importancia del conocimiento de la historia para que la nación permanezca. El historiador hispanoamericano Ricardo Krebs recordó que un pueblo, sin su pasado, no podía disponer ni de un presente ni, mucho menos, de futuro. En este mismo sentido se manifestaba el escritor e historiador ruso Solzhenitsyn cuando apuntó que cortando las raíces de un pueblo se lograba destruirlo.

En efecto, cuando a un pueblo o nación se le arrebata su propia cultura, se le borra su pasado, se queda huérfana en su identidad. En esta misma línea se expresó en varias ocasiones el historiador polaco Topolsky, para quien la historia era parte de la conciencia de una nación. Y esto es literalmente así. España se edifica en una historia milenaria, que es necesario estudiar y conocer para salvaguardar una conciencia nacional que comprenda su propia identidad. Si se conoce el pasado, se puede entender el presente y, con ello, se pueden afrontar con más capacidad los retos del futuro. Sin pasado no puede haber presente ni, por supuesto, un futuro común. La nación se concibe, asimismo, como la identidad cultural e histórica de un pueblo, pueblo que, además, se ha erigido en sujeto del poder.

El hombre es por naturaleza heredero, y, así, la historia y la memoria de un pueblo son una herencia que le perfila y que, si transmite, continuará en su vigor

Frente a ello, el globalismo aspira a todo lo contrario. Ideológicamente, su principal misión es diluir las identidades y tradiciones, y descubre en ellas, en las estructuras del Estado-nación y, por supuesto, en el patriotismo, la soberanía nacional y en la religión católica, a sus mayores enemigos. Imperio, obra central de los posmarxistas Negri y Hardt, es buen ejemplo. Escrito hace más de dos décadas, describe un mundo en el que se superan las soberanías nacionales en favor de una especie de soberanía global, que, por tanto, es falsa, sin límites geográficos y con identidades híbridas y líquidas. El camino hacia ese Imperio, con la instalación de un gobierno mundial, a muchos nos recuerda al plan descrito en la formidable novela El señor del mundo, de Benson. 

En este sentido se encuadra el proyecto de Real Decreto que prepara el Ministerio de Educación y Formación Profesional, el cual, sin ceñirse a un sencillo criterio cronológico, respetuoso con el exacto e inequívoco devenir de la historia, prefiere una lectura interpretativa de esta, restringida a la España posterior a 1812 y en la que, por supuesto, no falte la perspectiva de género. Es objeto de este Decreto potenciar esa nueva “cultura de la cancelación”, o “cultura woke”, con el fin de cancelar, pulverizar y hacer olvidar la tradición occidental forjada en los siglos anteriores a la Edad contemporánea.

Este Decreto, no nos engañemos, quiere revisar el pasado y eliminar del estudio y de la memoria pilares de nuestra historia e identidad. Su pretensión es, como antes hicieron otras normas educativas, ahondar en la desvinculación de las personas de su historia y tradición para manipularlas y adherirlas a su ideología, porque los globalistas pretenden destruir la libertad de las naciones, como ha descrito magistralmente Jorge Buxadé en su reciente libro Soberanía, así como las razones de su existencia. Quieren que los pueblos desconozcan su pasado, para que pierdan la memoria y se difuminen las identidades. El Gobierno aspira, lo ha demostrado sobradamente y no lo disimula, a la construcción de una nueva sociedad, y ello, en su agenda globalista, requiere de una reconstrucción histórica selectiva para una construcción política, generando determinados olvidos, una amnesia selectiva que les permita gestionar a su antojo los comportamientos sociales en base a la memoria del pueblo español. No olvidemos la palmaria frase de Orwell, en su novela 1984, de que quien controla el pasado controlará el futuro, porque, como indicó Cicerón, la historia sirve, incluso, para enseñar a vivir. 

Nuestra historia común es, ante todo, el tesoro de lo que sucedió en la tierra que pisamos y, por supuesto, las vidas de nuestros ascendientes con sus glorias y desgracias, con sus aciertos y catástrofes, con sus héroes y con sus traidores

El hombre es por naturaleza heredero, y, así, la historia y la memoria de un pueblo son una herencia que le perfila y que, si transmite, continuará en su vigor. La tradición es un elemento de la nación en el tiempo, y si se pierde se queda sin referencias, motivo por el que Donoso Cortés afirmó aquello de que los pueblos sin tradiciones se hacen salvajes. España es, como otras naciones, depósito de sus propias tradiciones, y como tal, para comprenderla, es necesario a su vez comprender su historia. 

Tener conciencia de nación implica recordar la historia, porque, además, en nuestra identidad se halla la misma existencia de nuestra patria, que es lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Nuestra historia común es, ante todo, el tesoro de lo que sucedió en la tierra que pisamos y, por supuesto, las vidas de nuestros ascendientes con sus glorias y desgracias, con sus aciertos y catástrofes, con sus héroes y con sus traidores. Por ello, el pueblo español debe conocer y mantener en la memoria, como nos trasladaron nuestros mayores, que nuestra historia fue en un tiempo la propia historia del mundo, y a su vez, que España es Guadalete y Covadonga, sus buenos y malos reyes, nuestro paso por el Nuevo Mundo, las guerras en Flandes y la derrota en Trafalgar. Que la patria también son nuestros poetas, Lope, Garcilaso y Góngora, y nuestros santos, San Fernando, San Ignacio o Santa Teresa de Jesús, exploradores como Elcano, Núñez de Balboa y Orellana, y nuestros artistas también, Murillo, Zurbarán o Velázquez. En definitiva, que nuestra nación también es aquello que ahora, estos manipuladores, operadores de las agendas internacionalistas, pretenden que nuestros jóvenes repudien o, al menos, desconozcan u olviden. 

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