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Oposición falsa y a la medida: ‘made in Venezuela’

PABLO CASADO Y LEOPOLDO LÓPEZ: EJEMPLOS DE UNA OPOSICIÓN PRET-Á-PORTER

En el caso de países como España –con una intensa actividad política, comercial y cultural con Iberoamérica– la guía real de una política exterior efectiva está en la correcta comprensión de conceptos, situaciones, coyunturas y estructuras.

Cuando hay una lectura correcta, pueden entenderse los procesos, las acciones, las posturas y los discursos.

Tener claros los conceptos, hace comprensible la Historia. La incomprensión de la Historia, puede ser una catástrofe para un político, sobre todo si se trata de un dirigente con aspiraciones de poder real. Un líder con vocación de poder.

Pensaba precisamente en eso, cuando tropecé con la declaración del presidente del Partido Popular, don Pablo Casado, a su salida del encuentro que sostuvo con el dirigente venezolano Leopoldo López Mendoza, hijo del Eurodiputado Leopoldo López Gil –electo en las listas del partido que dirige Casado–.

Dice el jefe del PP, en la frase que encabeza su tuit al respecto, que Leopoldo López es “El Mandela venezolano”.

Con esto, el señor Casado nos revela no solo que se ha subido a la ola de la propaganda leopoldista, sino que ignora la Historia sudafricana, la Historia venezolana, la Historia de su propio país y quizás, la de su propio partido.

Mandela y Sudáfrica

Sin duda, un ícono de la lucha contra el apartheid y su infame sistema de segregación, Nelson Mandela Madiba no necesita ser explicado, presentado ni analizado para su comprensión hoy en día. Firme creyente de las medidas de fuerza para enfrentarse a un régimen de oprobio contra su raza, contra su tribu, contra sí mismo, tomó temprano el camino de las armas para librar ese combate.

Eso lo coloca –en definiciones fáciles– entre los candidatos a ser rotulados con la calificación de “terroristas”. Y así lo fue por mucho tiempo. La defensa que Mandela hizo de si mismo ante tribunales sudafricanos, es una pieza no solo de argumentación, sino también del derecho a la rebelión y de las ilibertades civiles. Posiciones principistas inflexibles, que por propia definición, no sobreviven en un sistema autocrático con ausencia de justicia. Se enfrentaba a la pena de muerte. Y en su alegato, fue capaz de decirle al juez, mirándolo a los ojos: “Estoy dispuesto a morir por mis ideales”.

Ese desafío lo gana Mandela a la manera sudafricana: no lo condenan a muerte, sino a pena perpetua y trabajos forzados. Durante veintisiete años, Mandela estuvo encarcelado y creciendo como símbolo, mientras el sistema contra el que combatía era cada vez más repudiado, sancionado y condenado mundialmente. Al final, Mandela tuvo razón. El Apartheid acabó, más que con su liberación, con su llegada a la presidencia del país.

Fue un símbolo esa elección. Y de allí, arrancó un proceso de reconciliación que solo es posible en la cultura sudafricana, que es africana pero es también boer, a la vez que es inglesa pero al mismo tiempo xhosa, zulu o sotho. Una cultura donde es más importante la confesión, el reconocimiento del error y la solicitud de perdón, que el castigo. Habrá perdón, si hay arrepentimiento. Habrá reconciliación después de ese perdón. Y la vida seguirá. Para todos.

Por esa razón, a la caída del apartheid, no vimos un proceso como los que vimos en el Cono Sur de América a la caída de las dictaduras. No vimos juicios, condenas y leyes de perdón y olvido. Lo que vimos fue una Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Una Comisión donde por meses pasearon acusados de atrocidades, que debieron confrontar el testimonio de víctimas y sobrevivientes y, expuestos al repudio, debieron confesar, arrepentirse, pedir perdón. O negarse al arrepentimiento y sufrir el repudio de los suyos, algo peor que mil condenas en una sociedad como la sudafricana.

Que lo diga la propia Winnie Mandela, que repudiada por la Comisión, termina inclusive divorciada de Mandela, incapaz de soportar el repudio.

¿Sirvió de algo ese proceso? Pues podrían revisarse algunas cosas. Hay que decir, que el tema racial en Sudáfrica sigue siendo un grave problema, tanto, que es la principal característica vigilada por los electores a la hora de escoger su liderazgo. Es la raza lo que define el voto, es la raza lo que define el ejercicio de cargos. El Apartheid sigue en la mente de muchos, pero aún más importante, no ha logrado alejarse de los que sienten que la reconciliación real de la  nación llegará cuando un blanco sea electo presidente del país. Ello significará que a nadie le importará la raza más que la idoneidad para el cargo.

Los números, además, indican cosas más inquietantes. Por ejemplo, a Sudáfrica se le tiene como el tercer país con más ocurrencia de crímenes del mundo entero, solo superada por Papúa Nueva Guinea y por, oh sorpresa, la cautiva Venezuela. El crimen más inquietante, y que se ha convertido incluso en casi un ícono nacional, es la violación de mujeres. Pasearse por la obra literaria del Nobel de Literatura J.M. Coetzee y encontrar en su laureada novela Desgracia precisamente ese drama, escondido entre su relato, da cuenta de que no es cualquier cosa lo que se vive en Sudáfrica a treinta años de iniciado el proceso de desmontaje del apartheid.

¿Puede alguien en su sano juicio afirmar como ejemplar el proceso de “reconciliación” sudafricano?

Si se ciñe a los datos cuantitativos y cualitativos, lamentablemente no.

Leopoldo y Venezuela

Leopoldo López Mendoza es el más aventajado de la prole de Leopoldo López Gil y Antonieta Mendoza Coburn. Su abuelo materno, Eduardo Mendoza Goiticoa, fue ministro del gobierno revolucionario de Rómulo Betancourt, llegado al poder después del golpe de estado contra el general postgomecista Isaías Medina Angarita. Precisamente ese abuelo, de dilatada trayectoria política y empresarial, parece ser la guía máxima de las acciones políticas, truncadas, de Leopoldo. Mendoza Goiticoa fue el ministro más joven de la historia de Venezuela a sus 28 años, y al morir en 2009 se encontraba ya en el activismo por los derechos humanos como única actividad pública.

Lamentablemente, no todas las bondades se trasmiten por vía hereditaria.

A Leopoldo López Mendoza lo hemos visto como un díscolo joven expulsado de colegios jesuitas, como un privilegiado estudiante del colegio The Hun School of Princenton, New Jersey, o de universidades como Kenyon y Harvard donde la alta matrícula no fue un problema para él ni para las finanzas familiares.

En su recorrido posterior, solo lo hemos visto en la ruta que alcanzó gracias a los privilegios que dentro de la sociedad venezolana –tan ajena a la meritocracia y tan cercana al compadrazgo, al tráfico de influencias y al peso de los apellidos– pudo tener.

Recién graduado, es contratado en el monopolio estatal Petróleos de Venezuela, gracias a que su señora madre era alta ejecutiva del conglomerado. Allí, aburrido, se unió a otros jóvenes acomodados de Caracas, alrededor de la idea de promover la Justicia de Paz como solución a los problemas del sistema judicial venezolano. Una bonita idea de escolares ingenuos o con poco contacto con la realidad, que pretendían con aspirinas curar un cáncer terminal.

Junto a Julio Borges, Carlos Ocariz, Leonardo Palacios, entre otros, empieza a activarse políticamente escondiendo sus intenciones detrás de la bonita idea de la ONG Primero Justicia. Inocua idea de muchachos que no amenazaba a nadie, tanto, que gracias otra vez a Antonieta Mendoza de López, reciben financiamiento de la estatal PDVSA para desarrollar sus actividades. Como verán el petróleo en Venezuela da para todo.

Ya en 1999, deciden quitarse la máscara y registrarse –con el mismo nombre– como partido. Así llegaría, en el 2000, un joven Leopoldo López a la apetecida alcaldía del municipio Chacao, de Caracas: trece kilómetros cuadrados de comercios, centros comerciales, movida nocturna y centros de negocios, con privilegiadas zonas residenciales de altísima renta y con una intensa actividad comercial.

Una alta renta con un pequeño territorio, permiten al burgomaestre un margen de acción lo suficientemente amplio como para labrarse la imagen de eficiencia que solo un abultado presupuesto permite.

Gracias a eso sobrevive Leopoldo López durante ocho años de gestión que coinciden con los primeros ocho años de Hugo Chávez en el poder. Las amplias ventajas presupuestarias de las que lograba disfrutar la alcaldía gracias a los ingresos por rentas, desarrollos urbanísticos y demás negocios municipales, abrieron pronto la oferta leopoldista: si pudo con Chacao, podrá con todo el Distrito Metropolitano como Alcalde Mayor.

Los aprietos de otros municipios, dependientes de los aportes que el gobierno central les hiciera, no ponían en apuros a municipios ricos como Chacao. Indemne al estrangulamiento presupuestario impuesto ya por Chávez, Leopoldo brillaba desde su alcaldía. Eso hasta que apareció en su camino el juicio por malversación de fondos que lo inhabilitó por diecisiete años para ejercer cargos públicos. Se le prohibía ser candidato a cualquier cargo.

No pudo ser Alcalde Mayor de Caracas, conformándose con el apoyo endosado a Antonio Ledezma. No pudo ser candidato presidencial en 2012, conformándose con endosar su apoyo a Henrique Capriles, con quien compartió militancia en Primero Justicia hasta 2006 –pues en esa fecha le tocó a Leopoldo recoger sus aperos del partido que ayudó a fundar y financiar, ante la arremetida del precandidato presidencial Julio Borges, que le reclamó su falta de apoyo–.

Termina el díscolo Leopoldo en el partido socialdemócrata Un Nuevo Tiempo, bajo el ala protectora de Manuel Rosales, gobernador del Zulia y candidato presidencial en 2006. Otro fracaso electoral que lo lleva, en pocos años a fundar su propio partido: Voluntad Popular. Fiel a sus métodos, nació primero como “organización no partidista”, trocado luego en “movimiento de movimientos” y finalmente en partido debidamente inscrito.

Factor permanente de división, exigiendo rumbos que nadie estaba dispuesto a seguir y vendiendo una posición radical de poco vuelo, en 2014 se une a María Corina Machado y Antonio Ledezma para lanzar el movimiento “La Salida”, que no era otra cosa que llamar a la población a la protesta continua de calle para forzar la caída del régimen de Maduro.

El 2 de febrero de 2014 era el inicio del fin del chavismo, según Leopoldo, que me confió en entrevista radial en mi programa en Radio Caracas, que La Salida estaba impregnada del espíritu insurgente “de los jóvenes antigomecistas de 1928, de los jóvenes militares revolucionarios de 1945 y de los ciudadanos de 1958 que vieron caer la dictadura de Pérez Jiménez”. Todo parecía indicar que, en efecto, había una intención insurreccional que –se afanaban en repetir los organizadores– tenía un solo final: La Salida de Nicolás Maduro del poder.

El movimiento fue acribillado a balazos por los esbirros de Maduro. Decenas de muertos en las calles, en su mayoría jóvenes, sumados a centenares de manifestantes presos, sin juicio, sin debido proceso y sometidos a torturas. Algunos de esos jóvenes siguen presos hoy.

Dieciséis días después del inicio de la rebelión, el líder de la misma decide ante un país atónito, entregarse a las fuerzas de Maduro esgrimiendo el argumento “no tengo nada que temer”.

Allí empezó una telenovela de poca monta, cada vez más truculenta y sin duda muy turbia. Todo indica que el movimiento que Leopoldo hizo arrancar, no era para salir del régimen sino para ayudar a una facción del chavismo a hacerse del poder poniéndole las cosas difíciles a Maduro y haciendo imposible su permanencia.

El propio Henrique Capriles, al desechar unirse a la rebelión, señaló púbicamente que detrás del “Maduro vete ya” que enarbolaba el movimiento, en realidad se escondía el “Diosdado vente ya” como objetivo final. Y como feo colofón, fue ante Diosdado Cabello que Leopoldo decidió “rendirse”, en aquellos días de febrero de 2014.

Volvamos entonces a lo establecido en mi artículo anterior publicado en este mismo medio, como propuesta cada vez que debamos aproximarnos a revisar a Venezuela:

1.-El chavismo no es una organización política sino una fuerza criminal.

2.- No hay espacio para hacer política frente a una agrupación criminal

3.-No hay oposición en Venezuela.

Entendido eso, queda preguntar: ¿cómo asumimos a Leopoldo López Mendoza, hoy? Como un falso opositor, instrumento de los más oscuros intereses del sistema criminal chavista. Un sistema criminal que es bípedo, siendo una de sus patas el régimen y la otra pata la oposición falsaria y prostibularia hecha a la medida de ese régimen.

Ninguna de las acciones de los “opositores” venezolanos se dirigen a desplazar al régimen, sino a garantizar la vigencia del sistema chavista.

Cuando se “escapan” del país, lo hacen gracias a pactos y acuerdos ya cada día más obvios. Sus acciones no están orientadas a sustituir al chavismo sino a ser la cabeza más visible de la oposición. Porque ellos, en fondo y forma, son también el chavismo.

Eso no lo sabe Don Pablo Casado o no le importa. A Pedro Sánchez, que sí lo sabe porque Zapatero ya se lo explicó, no le importa. Se supone que hacer la vista gorda es su método para mantener la coalición con el partido chavista Unidas Podemos, que sí sabe lo que es el chavismo en el fondo, sabe además de qué se vale para mantenerse en el poder y por eso –y nada más que por eso– apostará por siempre a la permanencia en el PP de Pablo Casado y sus posiciones tibias o cobardes.

Pablo Casado es un opositor falsario en formación. Con López, ha llegado un asesor mayor en la materia. Eso explica parcialmente el silencio de Podemos tras la llegada a España de un “golpista, terrorista y asesino”, como califica Nicolás Maduro –aliado de Iglesias desde hace bastante rato– a Leopoldo López.

Obviamente, la asesoría a que Leopoldo dará a Casado para que se convierta en la oposición pret-á-porter que necesita el chavismo español, es el mejor negocio que el PSOE-PODEMOS ha logrado en su corto ejercicio de gobierno.

Casado no se ha enterado, aún.

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