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Orbán afirma que la misión de Europa del Este es llevar el anticomunismo a Occidente

'NEGARSE A LA DEFENSA PROPIA ES RENDIRSE'

A quien no le hayan llamado ‘facha’ o, directamente, ‘fascista’ alguna vez es que ha pasado poco tiempo discutiendo en redes sociales. Porque no es una calificación precisa, sino un insulto, un modo fácil de poner fin a un debate que se está perdiendo.

Lo curioso es que el fascismo, el de verdad, el gemelo infernal del nazismo, fue una ideología fugaz para lo que es la historia, poco más de veinte años, localizado de forma bastante precisa y finalmente enterrado bajo una montaña de cadáveres. Nadie es fascista, nadie se llama fascista, no digamos nazi, al menos nadie que cuente algo en la política, la cultura, la vida pública.

En cambio, el comunismo es una ‘marca’ perfectamente honorable en la buena sociedad. Uno puede calificarse de comunista sin que le apedreen o le miren con horror, hay partidos que ostentan orgullosos la hoz y el martillo y comunistas conocidos en las artes, los parlamentos, la cultura. Pero el régimen comunista duró en la URSS ochenta años, la vida entera de un hombre razonablemente longevo, y medio siglo en media Europa, llevando allí donde se instalaba esta ideología totalitaria miseria, represión, opresión y un océano de sangre.

Y es con esta absurda doble vara de medir con la que quiere acabar el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, cuya patria vivió con especial crueldad bajo este opresivo régimen. Orbán quiere que el anticomunismo forme parte de los “valores nucleares” de la Unión Europea, exactamente igual que el antinazismo, y cree que debe ser el bloque al que pertenece su país, el antiguo Pacto de Varsovia, quienes conciencien a sus socios occidentales del horror de esta ideología.

Orbán hizo explícito este llamamiento con motivo del trigésimo aniversario de la formación de la alianza de Visegrado, un grupo de países del ex bloque comunista integrados en la Unión Europea: Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia.

En un artículo publicado en el periódico Magyar Nemzet (La Nación Húngara), Orbán confiesa que la “misión tradicional” de sus países se hizo imposible mientras las tropas soviéticas ocupaban su suelo. “Nuestro horizonte estaba restringido y nuestra fuerza centrada en la labor de liberarnos de nuestros propios comunistas y, una vez desaparecieron las bayonetas de los ocupantes, enviarles al lugar que les corresponde: tan lejos como sea posible del poder político, a los manuales de crímenes históricos con los que podamos enseñar a nuestros hijos y nietos lo que sucede cuando se intenta construir un futuro sin el marco de ideales nacionales y principios cristianos”, escribe Orbán, que sufrió en sus propias carnes la represión comunista en los años inmediatamente anteriores a la liberación de Hungría del yugo soviético.

Ya libres de la dominación comunista después de la descomposición del bloque comunista, y tras superar el marasmo económico que supuso la economía planificada del ‘socialismo real’ e iniciar el camino hacia la prosperidad, esos mismos países miran a sus socios europeos y a Norteamérica con mirada crítica y advierten los signos de una peligrosa deriva.

Se dieron cuenta, por ejemplo -especialmente, tras iniciarse la crisis de los refugiados-, que Europa Occidental avanzaba en una nueva y peligrosa dirección para “redefinir su esencia”.

“No consideraban que la misión de Europa fuera repeler los ataques externos contra el cristianismo, o conservar nuestra diversidad interna”, lamenta. “Su nueva misión era ahora la apertura total: la eliminación de las fronteras -o su conservación como un mal necesario pero temporal-; el cambio a voluntad de los papeles de los sexos y la familia; y una visión política convencida de que la obligación de conservar nuestra herencia cultural debería reservarse a los museos”. Orbán ve con alarma que muchos líderes europeos desean imponer en todos los países de la UE la hiperdiversidad y un multiculturalismo apadrinado por las autoridades.

“En esta situación, los húngaros podemos ver claramente la esencia de nuestra vocación europea”, escribe. Esta misión no es otra que la de “aportar al núcleo de los valores europeos la tradición anticomunista sin concesiones, colocar los crímenes y consecuencias del socialismo internacional junto a los crímenes y consecuencias del nacionalsocialismo”.

“Negarse a la defensa propia -continúa Orbán- es, en la práctica, rendirse, y el resultado será la transformación civilizacional completa”.

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