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LA PANDEMIA POLÍTICA CONTINÚA

Texas, Tennessee y Mississippi, los Estados ‘rebeldes’ que desafían a los mascarillistas

“Hoy he firmado lo que espero que sea una de mis últimas órdenes ejecutivas en relación al covid”, anunciaba ayer el gobernador del estado de Mississippi, el republicano Tate Reeves. La orden consistía sencillamente levantar todas las restricciones impuestas por la pandemia: apertura total de negocios y fin de la mascarilla obligatoria.

Pero el pistoletazo de salida en esta carrera por liberar a los ciudadanos de máscaras y cierres la dio, como no podía ser de otro modo, el Estado de la Estrella Solitaria, Texas, no por casualidad el mismo que encabezó la demanda contra los estados en disputa durante el interminable recuento electoral de las pasadas presidenciales. La pandemia, al menos en su aspecto político, ha terminado en Texas, Tennessee y Mississippi.

Tendemos a olvidar que cuando decimos “Estados Unidos”, no solo estamos diciendo “unidos”, sino también “Estados”, es decir, pasamos por alto fácilmente el hecho de que la estructura del país sigue siendo profundamente federal, y que los estados cuentan, y mucho. Y, a partir de las pasadas elecciones, tras las cuales una proporción nada desdeñable de estadounidenses quedó convencida de que el vencedor había hecho trampas y era, por tanto, ilegítimo, el enfrentamiento de los estados ‘rojos’ (conservadores) con el gobierno federal y contra los ‘azules’ demócratas no ha hecho más que enconarse.

Dicho de otra manera: esto no va de un virus.

Nunca ha ido, en realidad. A estas alturas no creo que haga falta demostrar que la pandemia tiene un aspecto científico, biológico, y otro político, y que la relación entre ambos es más bien tenue. El SARS2 es el virus más ideológico de la historia de la humanidad: es contagiosísimo en los mítines de Trump (o de Vox) y completamente inocuo en las marchas de Black Lives Matter (o en el 8M), por citar un ejemplo obvio.

De ahí que la soterrada guerra entre ‘mascarillistas’ y ‘antimascarillistas’ en Estados Unidos (como en otras partes) tenga poco que ver con la pandemia y mucho con posiciones políticas y planteamientos ideológicos.

De hecho, inmediatamente después de que Greg Abbott, gobernador de Texas, anunciase su intención de levantar todas las restricciones en su estado, se desató el infierno en las redes. El anuncio de Abbott en Twitter fue este: “Acabo de anunciar que Texas queda ABIERTA al 100%. TODO. También he acabado con la obligación de llevar mascarillas en todo el estado”.

Este prodigio de laconismo fue inmediatamente respondido en la misma red social por el gobernador de la República Popular de California, el demócrata Gavin Newsom: “Absolutamente temerario”.

Newsom, pariente político de la ‘speaker’ por una de esas ‘coincidencias democráticas’ de que hablaba Chesterton, ha aplicado a su estado restricciones no meramente draconianas, sino frecuentemente absurdas, que él y los suyos han ignorado con irritante frecuencia. En una ocasión fue sorprendido cenando tranquilamente en un restaurante con unos amigos, ninguno de los cuales llevaba mascarillas ni mantenía la dichosa ‘distancia asocial’. Para agravarlo, uno de los comensales era una de las autoridades médicas del estado. En Acción de Gracias, los sheriffs de varios condados se rebelaron contra sus caprichosos ukases y anunciaron públicamente que no harían cumplir las restricciones.

La pandemia sorprendió a Trump con el pie cambiado, y se puso en manos del doctor Anthony Fauci, socio de Bill Gates en varias iniciativas y acérrimo mascarillista (con los volubles cambios de opinión de un Fernando Simón). Pero en seguida vio cómo sus rivales políticos se disponían a explotar la pandemia para arruinar su legado económico y promover el voto por correo, así que -sobre todo, una vez superada la enfermedad en carne propia- urgió cada vez más a “abrir América”.

Pero ahora los mascarillistas están en el poder. Biden, en campaña, se mostró partidario de las más extremas restricciones a nivel nacional y, si bien se suavizaron las cifras de ingresos y muertos tras su victoria por motivos descaradamente propagandísticos, no es probable que deje de ver un desafío en las posturas de los estados ‘rebeldes’.

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