«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
PROCURA NO DESTROZAR LA IMAGEN DE AMÉRICA

Trump avanza por un campo de minas: eso (quizá) lo explica todo

Cuando uno lleva ya más de un mes oyendo a diario que va a estallar una bomba informativa de forma inminente; cuando escucha advertencias de un kraken a punto de ser liberado; cuando uno se asoma cada mañana a una ventana desde la que ve arder la democracia americana y un presidente privado mediante una gigantesca estafa de su legítima y sobrada victoria, y luego por la otra contempla el idílico, sereno y triunfal panorama de un nuevo presidente electo demócrata tomando sus primeras decisiones arropado por la prensa y aplaudido por los líderes internacionales, y el tiempo se acaba y la hora inexorable se acerca; cuando todo esto sucede, digo, es natural que uno quiera tomarse una pausa, encenderse un cigarrillo y repensarlo todo con un mínimo de calma.

Vamos a ver si podemos ordenar medianamente las piezas de este puzzle; las más importantes, al menos.

Tenemos, para empezar, una acusación de fraude electoral masivo ni más ni menos que en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Pocas bromas aquí.

¿Hay indicios para creer que ha ocurrido? Abrumadores. Y, fíjense, ni siquiera creo que los más clamorosos sean las declaraciones juradas de los cientos de testigos que han asistido personalmente a flagrantes irregularidades, ni el sospechoso sistema informático Dominion/Smartmatic que ya fuera denunciado por los propios demócratas hace años y que se desarrolló con las bendiciones de Hugo Chávez, ni siquiera el revelador vídeo de una cámara de seguridad en un colegio electoral de Georgia. Personalmente, me parecen más esclarecedoras las coincidencias imposibles, los inverosímiles datos estadísticos, los hechos y el ‘tempo’ de una elección que contradice todo lo que se sabe de las elecciones, todo sucediendo exactamente allí donde se necesita, en el momento en que se necesita. Lo que hace imposible, en fin, el resultado para quien haya seguido de cerca y con los ojos abiertos todo el proceso.

Pero una imposibilidad matemática dudo que sea una prueba que vaya a aceptar un tribunal, y una cosa es que el conjunto esté gritando al cielo “¡fraude!” y otra muy distinta es la engorrosa tarea de explicar y demostrar cómo se ha llevado a cabo. Así que todas esas declaraciones y revisiones de las máquinas son, supongo, tareas necesarias, aunque no muy emocionantes cuando has oído dos o tres testimonios.

Y, sin embargo, sospecho que no va a ser eso lo que va a desequilibrar la balanza. Pero vamos con más cosas que sabemos.

Sabemos que Trump sabía. Al menos, que lo sospechaba, porque de hecho lo estuvo advirtiendo desde su cuenta de Twitter en las semanas previas a la cita electoral. ¿Debemos pensar que, sabiéndolo, no hizo nada por impedirlo?

¿Por qué, por ejemplo, no objetó al uso del sistema Dominion, que parecía el método perfecto para robarle la elección de modo limpio e indetectable? Lo tenía muy fácil. Varios expertos en seguridad informática se habían pronunciado sobre las preocupantes vulnerabilidades del sistema, que había sido denunciado por los propios demócratas años atrás, como hemos dicho. Caramba, si hasta la CIA dispone desde hace años de software para alterar resultados electorales en terceros países.

Ni siquiera en su ‘histórico discurso’ de la semana pasada hizo apenas mención de Dominion, siendo el medio más obvio para posibilitar un fraude masivo. Raro, ¿no?

Es poco probable que no supiera o supusiera, casi inconcebible. Pero no hizo nada. ¿O sí hizo? Les invito echar un vistazo a la orden ejecutiva 13848 de septiembre de 2018. Trata de sanciones que podrán imponerse en la eventualidad de una interferencia extranjera en elecciones de Estados Unidos. Supongo que en tan temprana fecha, con la ‘trama rusa’ siendo investigada por Robert Mueller, debió de parecer un modo de distanciarse de las acusaciones de colusión con el Kremlin. Pero tiene consecuencias mucho más graves para actuar en estas circunstancias, a saber, la facultad de supervisar secretamente el proceso electoral.

Hay otros detalles interesantes, maniobras de estos días. Como el perdón de quien fuera su primer responsable de seguridad nacional, el General Mike Flynn, un día antes de Acción de Gracias. Naturalmente, puede interpretarse como un gesto de generosidad hacia un leal colaborador injustamente asediado por los enemigos de Trump. Pero no es imposible, ni siquiera improbable, que quiera darle un papel rector en lo que vaya a suceder (o esté sucediendo) los próximos días.

Más: el plan para retirar 2.000 soldados de Afganistán el próximo 15 de enero. Era una vieja promesa, y quizá la recuerde ahora porque no le queda mucho tiempo. Quizá, aunque no tendría mucho sentido: una nueva administración más belicosa -y cualquiera sería más belicosa que la de Trump- podría volver a mandar varias veces ese número de vuelta a cualquier escenario bélico.

Entran Bill Barr y el asunto Durham. Se supone que Trump está que se sube por las paredes con su fiscal general porque ha dicho que no ve pruebas de fraude masivo, y que tampoco le ha sentado bien el nombramiento de Durham por Barr para que investigue de dónde salió el material para lanzar la investigación fallida sobre la trama rusa. ¿Qué hay aquí de misterioso? Que, pese a la supuesta cólera de Donald, no ha depuesto a ninguno de los dos, cosa que puede hacer con una rápida firma. Ahí siguen, para lo que quiera mandar.

Y no es que no haya hecho cambios. En el Pentágono, ni más ni menos, hace unos días. Vaya, vaya.

Otra medida que ha tomado el presidente, que ha desconcertado y confundido a los suyos y animado a sus enemigos: el lunes antes de Acción de Gracias -coincidiendo, sorpresa, sorpresa, con el perdón a Flynn-, Trump autorizó a la Administración de Servicio Generales disponer de fondos para iniciar la transición a la Presidencia Biden-Harris.

Esto ha vuelto loco a todo el mundo. ¿Qué transición? ¿Qué presidencia Biden? ¿Cómo se compadece eso con su insistencia en que no piensa conceder y que le han robado las elecciones? No tiene sentido, ningún sentido.

O, una vez más, quizá sí. Uno de los elementos del proceso de transición consiste en la entrega por parte del equipo saliente al equipo entrante de información confidencial o de inteligencia que se considera conveniente para la buena gestión de la nueva administración. Es decir, un modo estupendo de decirle a Biden todo lo que sabes sin alertar innecesariamente al público.

Porque en toda esta endiablada trama hay algo evidente: es muy difícil salir de aquí sin que se monte la mundial. Si no ha habido fraude, la venganza de los demócratas promete ser brutal, y los trumpistas, muchos de los cuales seguirán convencidos de que les han robado las elecciones, es poco probable ya que reaccionen con flema británica. Y están armados.

Por otra parte, si se demuestra que ha habido fraude, el escándalo es mayúsculo y la crisis exige necesariamente que rueden cabezas. Habría que tirar del hilo y encontrar culpables, y no, no se van a conformar con empapelar a Perico de los Palotes (John Doe): medio Partido Demócrata podría estar pringado, incluyendo al tándem presidencial.

No creo que Trump quiera eso, nadie en su sano juicio querría eso. Así que Trump tiene que avanzar por este campo de minas procurando no destrozar la imagen de América ni la confianza de los americanos en sus instituciones en el proceso.

Ahora, monten ustedes mismos las piezas, que yo tengo que hacer.

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