'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Jouvenel, frente al monstruo del poder moderno

Me han preguntado mil veces qué autores hay que leer para construirse una visión del mundo alternativa a la descomposición presente. Me faltan ciencia y sabiduría para contestar a esa pregunta, pero sí puedo contar qué autores me han marcado y por qué. Por supuesto, sigo buscando. Hoy: Bertrand de Jouvenel.


No hace falta un policía en cada esquina: a veces el poder puede usar formas más sutiles y, por ello, más eficaces. Hoy vivimos un tiempo en el que el poder quiere penetrar en todas partes, incluida la libertad moral de las personas. Buena ocasión para recordar a alguien que vio venir el fenómeno y que lo pintó con unos rasgos inquietantes: los del Minotauro. ¿Y quién se opone al Minotauro? La libertad real, radical, primaria, de quien está dispuesto a sacrificar su seguridad para ser libre. Eso es lo nos explicó Bertrand de Jouvenel.
Bertrand de Jouvenel des Ursins, barón de Jouvenel, era hijo de una familia de la vieja aristocracia francesa. Vale la pena contar sus primeros años, porque son de novela. Su padre, Henri de Jouvenel, senador de la República, era editor del diario Le Matin y una de las figuras del Partido Radical; su madre, Sarah Boas, era hija de un industrial judío. Bertrand nació en 1903. Sus padres se divorciaron en 1912, cuando Henry, el senador, se prendó de la escandalosa escritora Colette, con la que se casó ese mismo año. En cuanto a Bertrand, educado en las matemáticas, la economía, el derecho y la biología, desde muy joven quiso hacerse su propia idea de las cosas.
La infancia de Jouvenel fue de privilegio: educado en casa hasta los quince años, sin otro colegio que sus institutrices y maestros, y las frecuentes visitas de Anatole France, D’Annunzio, Claudel, Bergson. En esa casa, sin embargo, la vida le iba a deparar una sorpresa traumática: se lió con su madrastra, Colette –o más bien ella le lió a él-, cuando tenía 17 años. Típica historia de los locos años veinte. El escándalo aniquiló el matrimonio del senador Henry, evidentemente. Y Bertrand, por su parte, cuando acabe sus estudios llevará una vida errante como corresponsal diplomático y enviado especial.
Era una vida que amanecía turbia en unos años que se presentaban más turbios aún. ¿Qué hizo Jouvenel en el periodo de entreguerras? Literalmente, dar tumbos. No desde el punto de vista material, porque tenía la vida resuelta, pero sí en lo intelectual y en lo político (lo cual, por otra parte, era lo más habitual en aquellos tiempos). En 1929, con veintiséis años, impresionado por el problema social, escribe una obra económica notable: La economía dirigida. En 1931 se casa con la periodista norteamericana Martha Gellhorn, a la que ha conocido en París. Lo que está pasando en América –la enorme crisis económica- es un síntoma del hundimiento de un mundo. Jouvenel lo describe en un libro de circunstancias: La crisis del capitalismo americano.
El joven barón constata la debilidad de las democracias, pero al mismo tiempo detesta la arrogancia del socialismo. Es casi inevitable que esa posición le conduzca, como a tantos otros, a interesarse por los experimentos fascistas. Puede ser difícil entender estos giros desde las habituales simplificaciones de nuestros días, pero en los años treinta las cosas se veían de otra manera. Martha, la mujer de Jouvenel, está escribiendo en el New York Times reportajes terribles sobre los devastadores efectos sociales de la Gran Depresión (los compilará poco después en su libro The trouble I’ve seen). El capitalismo a la americana ha entrado en pleno colapso. Al mismo tiempo, las democracias europeas están demostrando una debilidad pasmosa. Por el contrario, la economía de la Alemania de Hitler está exhibiendo una fortaleza innegable: en muy pocos años ha creado seis millones de empleos y, lo más sorprendente, parece asegurar mecanismos efectivos de redistribución. El propio Jouvenel entrevista a Hitler para el Paris Midi en febrero de 1936.

La esencia del Minotauro

Jouvenel se divorcia pronto de Martha Gellhorn, que ha virado hacia el socialismo (y que se liará enseguida con Hemingway). Seducido por el modelo alemán, nuestro autor entra en el Partido Popular Francés de Jacques Doriot, líder del partido comunista hasta 1934, reconvertido ahora en líder fascista. Cuando estalle la guerra, Doriot será la principal figura de la colaboración con los alemanes después de la ocupación; incluso acudirá al frente a combatir contra la Unión Soviética. Jouvenel, sin embargo, se mantendrá al margen. Hay quien dice que en realidad estaba trabajando para los servicios secretos franceses. En todo caso, su vida en la Francia ocupada es cómoda: no forma parte de la elite del poder, pero tampoco es un resistente, más bien al contrario.
Después de la guerra, esta posición ambigua le valdrá serios disgustos. El historiador israelí Zeev Sternhell lo definió directamente como “pensador totalitario” en su libro La ideología fascista, de 1976. Jouvenel denunciará a Sternhell por difamación. El asunto acabará en los tribunales en 1983.
Nuestro autor ganará el pleito. En su defensa intervino el pensador liberal judío Raymond Aron, que argumentará así:
“Es verdad que nosotros, los hombres de esta generación, nos sentíamos desesperados ante la debilidad de las democracias. Sentíamos que la guerra se aproximaba. Algunos soñaron con otra cosa, algo que acabara con esa debilidad”.
Jouvenel, sin duda, soñó con algo. Sus reflexiones de esta época, sin embargo, parecen muy alejadas de cualquier ensoñación fascista. En septiembre de 1945 gana la frontera suiza. La derrota alemana en la guerra no le había inquietado, pero sí la ola de represión que se abate sobre Francia inmediatamente después, inspirada por el Partido Comunista: la depuración está afectando sobre todo a los políticos, los intelectuales y los artistas. La fuga es penosa: a pie. En su maleta, sólo un cuaderno, y en el cuaderno, sólo una obra: Del poder. Historia natural de su crecimiento. Este libro aparecerá inmediatamente, ese mismo año, en Ginebra. Y es el libro que significará la consagración mundial de Bertrand de Jouvenel.
Nuestro protagonista ha escrito Del poder en la Francia ocupada, y él mismo lo define como un libro de guerra: no sólo porque ha sido concebido en una época sometida a los estragos bélicos, sino porque ha surgido de una meditación sobre la marcha histórica hacia la guerra total. La base de este libro es la reflexión sobre un contraste agudísimo, típico del siglo XX: por un lado, los medios del poder han crecido de manera formidable; por otra, los instrumentos para controlar el empleo de ese poder se han limitado de manera exponencial. El resultado es que el poder se ha convertido en una fuerza devastadora.
Jouvenel describe el poder con una figura: el Minotauro, el hombre con cabeza de toro. El Minotauro es una fuerza que todo lo arrasa a su paso. Pero, ojo, Jouvenel no pretende oponerse a las prerrogativas del Estado ni recusar la idea del poder, sino que su objetivo es conocerlo y describirlo para exponer la forma más eficaz de darle un cauce y limitarlo. El poder no es un fenómeno atmosférico ni una cosa sin rostro; tampoco es un mal. El poder es una realidad con rostro, con responsables, y también con un camino histórico que es posible reconstruir.
¿Cuál es ese camino histórico? El de la dura lucha por ganar la propia libertad, que es también la lucha por el poder. Esa lucha se da tanto en el interior de las sociedades como entre unas sociedades y otras. Y son las sociedades patriarcales las que consiguen una evolución más rápida, las que fundan estados y también las que se muestran mejor dotadas para la guerra. El valor guerrero es un factor de distinción social. En esas sociedades –que son, originalmente, las nuestras-, las familias más vigorosas son las que están en condiciones de conquistar su dignidad y, con ella, su libertad. Porque la libertad no es algo que un Estado conceda, sino un bien que las personas conquistan. Posiblemente esto disguste a quienes sueñan con un mundo pacífico de libertades naturales, pero la realidad histórica es la que es: la libertad siempre hay que conquistarla a viva fuerza.

Libertades reales

Esta naturaleza del poder no ha cambiado nunca: siempre ha sido la misma. ¿Y las revoluciones modernas no han suavizado el camino, no han hecho más amables las formas del poder? Jouvenel piensa que no, y se remite a la experiencia de las revoluciones, que no han creado más garantías contra los excesos del poder, sino que han multiplicado sus efectos. Él lo explicaba así:
“Al abrir a todas las ambiciones la perspectiva del poder, la democracia facilita mucho su extensión. Porque bajo el Antiguo Régimen, los espíritus capaces de ejercer una influencia, sabiendo que jamás tendrían parte en el poder, siempre estaban dispuestos a denunciar sus excesos. Pero hoy, cuando todos son pretendientes, nadie tiene interés en disminuir una posición a la que espera acceder algún día, ni en paralizar una máquina que piensa usar cuando le toque el turno (…) El plebiscito no conferiría ninguna legitimidad al tirano si antes no se hubiera proclamado a la voluntad general como fuente suficiente de autoridad. El instrumento de consolidación que es el Partido ha nacido de la competición por el poder. La puesta al paso de los espíritus desde la infancia ha sido preparada por el monopolio más o menos completo de la enseñanza (…). Incluso el poder policial, que es el atributo mas insoportable de la tiranía, ha crecido a la sombra de la democracia. El Antiguo Régimen apenas si la conoció. La democracia tal y como la hemos practicado, centralizadora, reglamentista y absolutista, aparece así como el periodo de incubación de la tiranía”.
De estas reflexiones sobre la naturaleza de los procesos revolucionarios, Jouvenel deduce una desconfianza profundísima hacia los discursos que, so capa de democracia, limitan la libertad real. Por eso desdeña la idea de libertad como participación (en los asuntos políticos) y pone el acento en la libertad como soberanía personal, como autonomía, lo que él llama libertad-resistencia, que es la forma más primaria y original de libertad. Así hay hombres que buscan ante todo su seguridad, y están dispuestos a pagarla entregando su libertad, y hombres que ante todo quieren defender su libertad, esa libertad-resistencia. Estos últimos serán siempre unos pocos, una minoría, y en ese sentido constituyen una aristocracia. ¿Y cómo hacer para que esa libertad-resistencia revierta en el bien común? Jouvenel reconoce que esta libertad es frágil y consigna una serie de difíciles condiciones: ha de haber tanto una minoría respaldada por una masa como una elite dotada de alto sentido moral (autodisciplina, conciencia responsable de la propia función social) y, además, un cierto equilibrio de fortunas que haga tolerable la situación de los inferiores.
Las tesis de Del poder, que evidentemente están muy alejadas de cualquier connotación fascista (lo cual permite limpiar de sospechas a nuestro autor), conocerán una gran influencia. En 1972 el libro será reeditado sin una sola modificación. Es interesante, porque sus posiciones parecen las menos adecuadas para el Occidente que nace de la segunda guerra mundial. Por una parte, Jouvenel reprocha a las democracias que no estén sabiendo controlar adecuadamente el poder. Por otra, se aparta de la economía socializante en un momento en que las experiencias de economía dirigida no sólo están de moda, sino que además parecen eficaces. Con razón los primeros en reconocer su trabajo son los liberales clásicos: en 1947, Jouvenel funda con Friedrich Hayek, Jacques Rueff y Milton Friedman la Mont Pelerin Society.
¿Es, pues, Jouvenel un neoliberal? No. Pronto se separa del grupo de Mont Pelerin porque no comparte su individualismo doctrinal, su desdén de lo político ni su abandono de la dimensión moral de las acciones comunes. Su posición es otra, y queda plasmada en su estudio La ética de la redistribución, de 1947, sobre la base de unas conferencias en Cambridge. En este texto Jouvenel empieza reprobando la bondad del socialismo: el socialismo –escribe- no es una política del espíritu y la justicia, sino una ideología burguesa y materialista cuyo ideal “se injerta en la veneración por la comodidad, por el ensalzamiento de los apetitos carnales y el enorgullecimiento del imperialismo técnico”. Es decir que el socialismo conduce al empobrecimiento espiritual.

Instituciones naturales

Al mismo tiempo, critica el ideal redistributivo tal y como lo han aplicado las sociedades modernas, pues su consecuencia ha sido proletarizar a las clases medias al convertirlas en la principal productora de bienes para el Estado. Eso ha supuesto una mengua galopante de su libertad. En este punto Jouvenel reivindica el papel de la familia, que es el lugar de donde emana toda la riqueza social y política, pero que el Estado moderno ha desmantelado. La familia, como la Iglesia, han sido sustituidas por el Estado del Bienestar. En definitiva, el principio de la redistribución, aparentemente benéfico, ha sido esencialmente nocivo.
Para nuestro autor, el problema fundamental desde el punto de vista económico es cómo garantizar el mejor uso de las consecuencias del progreso, es decir, cómo usar de la mejor forma posible la riqueza. ¿Y qué propone Jouvenel? Por decirlo en dos palabras, una sociedad construida sobre instituciones naturales –por ejemplo, la familia, y ante todo la libertad real de las personas-, no manejada por el Estado, y donde la intervención política quede reducida a un mínimo regulador, sin alterar el circuito natural de la riqueza.
Sobre Jouvenel aún pesaba en su propio país la hostilidad de la izquierda, de manera que se dedicará sobre todo a enseñar en universidades anglosajonas (Oxford, Cambridge, Berkeley, Yale), donde era mucho más apreciado que en su propio país. En esta época, años cincuenta, su principal apoyo es su segunda y ya definitiva esposa, Helene Duisegneur, de quien escribió: “De Helene he aprendido que vivimos para aprender a amar”. Por mediación de Helene, Jouvenel, que era agnóstico, se convierte al catolicismo. Él mismo lo explicaba así:
“Soy católico y la vuelta a una fe viva tras el agnosticismo de mi juventud ha sido uno de los acontecimientos más importantes de mi vida”.
Aunque retornó a la universidad francesa, fue por poco tiempo; entre otras cosas por la presión de los comunistas. En 1960 había creado en París la Sociedad de Estudios y Documentación Económicos, Industriales y Sociales (SEDEIS), una empresa intelectual privada con vocación de interés público, que a partir de 1975 prolongaba sus trabajos como Asociación Internacional Futuribles. ¿De qué se trataba? No de conocer el futuro, sino de ordenar y conocer mejor los elementos determinantes del presente a partir de una especie de observatorio instalado hipotéticamente en el futuro”. Esa asociación todavía existe: la dirige el hijo de Jouvenel, Hugues, y su sitio web es www.futuribles.com. Bertrand de Jouvenel murió en París en 1987, con 83 años.
Y bien, ¿por qué, hoy, Jouvenel? Primero, porque sus obras son fundamentales para conocer el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX. Además, porque Jouvenel propone una alternativa muy europea a las formas de liberalismo que en los últimos años han venido circulando por nuestro mundo. Y hoy, quizá sobre todo, porque sus temores sobre el Minotauro se han verificado: sin necesidad de meternos a la policía en casa, el poder, libre de límites reales, se extiende por todas partes, mutila las libertades naturales de las personas –incluso en la autonomía moral- y está desmantelando todas las instituciones propiamente humanas para sustituirlas por su propio mecanismo, el de un poder que no conoce fronteras. Eso Jouvenel ya lo vio. Las soluciones que propuso siguen mereciendo atención.
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