'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La omnipresente estelada, icono de la Barcelona pre-referéndum

Turistas, sol, restaurantes y un nuevo icono de la ciudad, a la altura del Barça o la Sagrada Familia: la bandera estelada. Recuerdo permanente de que la ciudad, y Cataluña todo, se asoma al abismo de la incertidumbre.
Se habla de los miles de policías y guardias civiles que en los últimos días se han desplazado a Barcelona tanto como se ignora la legión de periodistas que hemos aterrizado en la Ciudad Condal. Porque somos muchos a los que, en previsión de una nueva Semana Trágica, nos han mandado aquí casi como reporteros de guerra. Y lo cierto es que nos mandaron a Beirut a contar hazañas bélicas y lo más épico que hemos visto ha sido a un grupo de chavales encerrándose en el patio del cole.

La política ha ganado espacio a conciertos y eventos culturales en los espacios urbanos.

Dicen que al caer Berlín, los periodistas que cubrían la contienda desvalijaron búnkers, ministerios y sedes del partido nazi; volvieron a sus países con todo tipo de trofeos. De aquí volveremos, a lo sumo, con un imán de Gaudí para la nevera.

Cabinas telefónicas que, como el resto del mobiliario urbano, han sido ‘customizadas’ para la ocasión.

La enviada especial de El Mundo escribía que el único mambo es el de las caceroladas, un ratito a las diez, en los balcones independentistas”. Confesaba Emilia Landaluce que los días previos al referéndum “se hacen largos”: “A los periodistas nos llegan las alertas. «Los independentistas la montan en Universidad». Pero vas y apenas son 20 -aunque corten la calle-. «La están liando en no sé qué pueblo»… y hay tres”.
Ocurrió el viernes con el colegio Collaso i Gil del Raval donde los chavales se habían encerrado en el patio y amenazaban al Estado con pasar la noche al raso.
Éramos más periodistas que amotinados. Televisiones de Francia, Italia, Portugal o Rusia pasaban los micrófonos a través de las rejas del patio esperando obtener, por fin, un titular que justificara el viaje y relajara a sus jefes. A un par de metros de la epopeya, familias salían del Día con la compra de la semana y un jubilado daba de comer a las palomas. Dice Landaluce que ésta debe de ser una revolución “tan de pitiminí que, al contrario que la Reina Letizia, sólo se pone en marcha los fines de semana”.

Una gigantesca bandera en Plaça Catalunya pide ‘Democràcia’ en lugar de independencia. Un hábil recurso con el que han ampliado el ‘mercado’ sociológico.

Ni barricadas ni ruedas ardiendo, sólo turistas comiendo helado y con bolsas de El Corte Inglés. Porque otra cosa no, pero turistas hay casi tantos como esteladas en los balcones. Japoneses, rusos, italianos, franceses y anglosajones. Sobre todo anglos. A los británicos, norteamericanos y australianos les pirra Barcelona. Yo he visto grupos de turistas bajar por La Rambla como falanges romanas. En perfecta formación y siguiendo una bandera. Girando la cabeza a un lado y al otro de la calle con sincronizidad coreográfica. Y por su puesto les he visto cenar paella. Aquí aún es verano. Se hace difícil pensar que en las próximas horas se producirá un problema de orden público.

Entrada al mercado de La Boqueria, visita obligada de turistas y templo de foodies.
Interior del mercado de La Boqueria. La vida aquí transcurre ajena al ‘procés’.

No significa todo lo anterior que la pulsión separatista esté ausente. Al contrario. Pancartas, pegatinas, carteles y pintadas advierten que bajo de la cotidianidad soleada de la ciudad late un desafío. La senyera estelada ya es un souvenir más. Como la Sagrada Familia o la estética de Gaudí, la bandera de combate ha industrializado su producción y se imprime y se estampa a cualquier objeto o superficie. Ya es cultura popular.

Cerámica artesanal con motivos independentistas en la Avinguda del Portal del Àngel.
Los negocios no entienden de ideologías.

Hay edificios absolutamente colonizados de esteladas. Auténticas embajadas de la secesión. Y hay divertidas historias (o quizá no lo sean tanto) que a uno se le vienen a la mente al observar balcones contiguos con banderas contrarias. Mas no es lo habitual. La bandera española es cosa casi exclusiva de algunas cadenas hoteleras extranjeras, que ignoran que la rojigualda es, a juicio de muchos catalanes, la quintaesencia del fascismo. Excepto por estas pequeñas cosas, inadvertidas, por lo demás, para el común de los visitantes, la semana ha sido como cualquier otra. Nada hace sospechar que en pocas horas la ciudad será la capital de una nueva república.

Una extraña unanimidad. O todos los vecinos son ‘indepes’ o todo el edificio es de un solo ‘indepe’.


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