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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La Comisión busca castigar a Polonia como aviso contra cualquier rebeldía

La Comisión ha apretado el ‘botón nuclear’ contra la rebelde Polonia. Ha tomado la decisión sin precedentes de activar el Artículo 7, que privaría a este Estado del derecho de voto en las instituciones europeas, como sanción contra lo que considera un intento del Gobierno polaco de acabar con la independencia judicial.

No vemos cómo podría prosperar la medida, ya que se exige una unanimidad imposible ahora que Hungría -que se vio en una parecida hace ya unos años a cuenta de su reforma constitucional- ya ha comprometido su apoyo a su socio en el Grupo de Visegrado.
Por lo demás, la decisión de Bruselas está cuajada de interesantes paradojas que convendría señalar, como que intente dar lecciones de democracia un organismo, la Comisión, que no ha pasado jamás por un proceso electoral, parte de un club con un Parlamento que, si puede aprobar o rechazar leyes, no puede proponerlas.
Por otra parte, no parece que la cuestión de la independencia de los jueces polacos sea la única o siquiera la principal razón de que Bruselas quiera castigar y someter a Polonia. Son, en realidad, tan abundantes que se diría que se trata de una mera excusa.

Entre el europeísmo y la defensa de su soberanía

Polonia, hay que decirlo, es una entusiasta europeísta, como indican todas las encuestas, pero no lo es menos de su propia soberanía nacional. Es la abanderada, dentro del club europeo, de una Unión que vuelva a sus raíces, a lo que se firmó, a la idea original de una alianza fundamentalmente económica de Estados soberanos.
Ahora, basta oír al presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, o a cualquiera de los responsables de los países con más peso en la UE para entender que los planes son muy otros, y se dirigen clara y desinhibidamente a lo que el presidente de Ciudadanos llama en la campaña a las elecciones catalanas «los Estados Unidos de Europa». La luz verde al proyecto de ejército único europeo y de superministro de Hacienda son dos pasos para hacer este proceso irremediable.
Otro punto de fricción fundamental es el de la inmigración -léase, islamización- masiva hacia los países de la UE. Las cuotas -el reparto arbitrario de los supuestos refugiados entre los países comunitarios- han fracasado por el momento, pero la negativa tajante de Polonia -apoyada en esto con entusiasmo por sus socios de Visegrado, Hungría, Chequia y Eslovaquia- tiene a los eurócratas en un sinvivir.
La razón aducida para dar la bienvenida a millones de africanos a nuestras costas es económica, casi actuarial: el continente envejece, no tiene hijos, y necesita mano de obra joven para mantener funcionando sus elefantiásicos estados del bienestar.
Pero como no se les ve ni desde Bruselas ni desde los gobiernos nacionales demasiado entusiasmo en aprobar medidas de peso y alcance que promuevan la natalidad, es razonable mostrarse escéptico ante este argumento. Pretender que es imposible que los europeos nativos se animen a tener hijos y perfectamente factible integrar poblaciones predominantemente masculinas con valores, tradiciones y lealtades radicalmente distintos suena francamente absurdo.
Por el contrario, tiene sentido que quienes ven en los apegos patrios y las identidades nacionales un obstáculo a la creación de una conciencia paneuropea vean con buenos ojos la llegada de una población nueva, sin arraigo en el suelo europeo.
Tampoco en Bruselas hace gracia alguna el orgullo expresado por el Gobierno polaco en sus raíces cristianas, ante las que la Comisión reacciona como un vampiro ante una ristra de ajos, y su nacionalismo sin complejos.
La medida, sin posibilidad de salir adelante, va a servir solo como un aviso. Y para enrarecer un ambiente de trifulca ya suficientemente cargado. Bruselas está en proceso de apretarle las tuercas al Reino Unido por su osada fuga a fin de que ningún otro Estado alimente ideas peligrosas y tiene prisa por pisar el acelerador antes de que el tenderete se le venga abajo.
Por eso aprieta, porque los vientos no soplan a su favor. El ‘Brexit’ fue un mazazo, pero no el único. Los países del Grupo de Visegrado es un permanente dolor de cabeza, la victoria en Austria de Sebastian Kurz, que se pone del lado de sus viejas dependencias imperiales, y el runrún permanente del euroescepticismo creciente les hacen pensar que ahora o nunca.
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Bruselas sanciona a Polonia por reformar su sistema judicial

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