El soberanista Partido del Progreso (FrP) de Noruega obtuvo este lunes un resultado histórico en las elecciones generales: con el 23,9 % de los votos, se convierte por primera vez desde su fundación en 1973 en la segunda fuerza política del país y en el principal partido de la oposición.
Aunque el bloque de izquierdas encabezado por el primer ministro laborista Jonas Gahr Støre logró mantenerse en el poder, la victoria del FrP marca un cambio profundo en la política noruega y confirma el avance del soberanismo en el país nórdico.
Gran parte del impulso provino de los jóvenes, especialmente varones. Una encuesta de la radiotelevisión pública NRK mostró que el Partido del Progreso es ya la primera opción entre los hombres menores de 30 años. En las elecciones escolares («skolevalg»), termómetro habitual del futuro político del país, la formación alcanzó un 26 % de apoyo.
El liderazgo juvenil fue decisivo. Simen Velle, presidente de las juventudes del partido, desplegó una campaña dinámica en redes sociales con mensajes virales en TikTok como «Vote Progress Party!«.
Los analistas señalan que la subida del FrP responde a una combinación de factores: el hartazgo con los elevados impuestos, el rechazo al igualitarismo forzado y la demanda de mayor seguridad frente al fracaso de la integración inmigratoria. El programa del partido plantea la eliminación del impuesto sobre el patrimonio —que ya ha empujado a muchos empresarios a mudarse a Suiza o Suecia—, así como recortes en burocracia, ayudas al desarrollo y subsidios verdes.
«Vemos que algunos noruegos que crean empleo están yéndose del país, y esto no es sostenible», advirtió su líder, Sylvi Listhaug, en declaraciones a AFP.
Lo ocurrido en Noruega se inscribe en un fenómeno continental. De Francia a Austria, de Alemania a Bélgica, los partidos soberanistas y conservadores están conquistando a la juventud, enterrando el mito de que el voto joven pertenece en exclusiva a la izquierda. Esa desafección frente a la izquierda está siendo canalizada por fuerzas que ofrecen orden, libertad económica y seguridad cultural. Como ocurre en España con VOX, donde según el CIS, 1 de cada 4 jóvenes votaría a la agrupación de Santiago Abascal.
A diferencia de otros movimientos más recientes, el Partido del Progreso ya es una pieza consolidada de la política noruega: formó parte del Gobierno en coalición con los conservadores entre 2013 y 2020. Listhaug, recordada por denunciar en plena crisis migratoria de 2015 la «tiranía de la bondad«, sintetiza así su ideario: «Queremos más libertad, menos impuestos, menos Gobierno, pero también una política migratoria estricta».
El resultado en Noruega no es un hecho aislado, sino un síntoma de la reconfiguración política de Europa, donde el eje del futuro no lo marcan los viejos partidos del consenso progresista, sino una nueva generación que apuesta por soberanía, seguridad y libertad real.