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No es prudente firmar su certificado de defunción

La encrucijada del peronismo: adaptarse otra vez a los tiempos o diluirse en la Argentina de Milei

Cristina Kirchner. Europa Press

No es prudente firmar certificados de defunción para el peronismo, muchas veces se creyó terminado y sin embargo renace de sus cenizas. Su condición transversal, multiideológica, pragmática, ubicua y corporativa le ha hecho resistente a todo desde su nacimiento.

Es cierto que viene perdiendo terreno, en parte gracias a coaliciones nacionales de partidos como Juntos por el Cambio y también a mano de partidos provinciales, algunos de los cuales son rompecabezas armados con peronistas disidentes y viejos enemigos. Como sea, el peronismo es un proyecto de poder extremadamente adaptativo que tiene infiltrado todo el aparato gubernamental y paragubernamental, y su mitología está incrustada en todo el sistema simbólico nacional. Pero lo cierto es que del análisis del crecimiento del voto de Milei surge la asociación con la crisis del voto peronista, sobre todo el cercano a la informalidad laboral y al sector privado, de clase media y media baja, en definitiva a lo que en el siglo pasado se llamaba «clase obrera», sujeto político del corazón del movimiento. Lo que se evidencia es el agotamiento del kirchnerismo como modelo político ante su imposibilidad de continuar con un proceso de seducción de la demanda del votante tradicional del peronismo.

En el imaginario del voto peronista, desde la crisis de 1989 y más aún durante la del 2001, el peronismo ha sido el partido que «garantizaba el orden» y que servía como vehículo entre las demandas del votante y el Estado. La consecución de crisis originadas en la gestión kirchnerista rompieron ese «baluarte» poniendo a su vez en entredicho un marco consensual del progresismo que colonizó por completo al peronismo desde la aparición de Néstor Kirchner. Pero no es esta era kirchnerista la única culpable, la pérdida de volumen del peronismo comienza con Alfonsín y desde allí se estableció un piso electoral que lo obligó a establecer coaliciones para conquistar el poder. Luego el deterioro pertinaz de la economía y la calidad de vida, profundizado en el segundo gobierno kirchnerista, mostró la pérdida de lealtad del voto peronista en su bastión más importante: el conurbano bonaerense. Pero en esos casos el peronismo perdía sólo si iba dividido a las elecciones.

Una inquietante novedad para la formación aparece en las elecciones de medio término de 2021. El peronismo unido también perdió la contienda. Esto no tiene relación directa con la aparición de Milei como emergente político, pero marca un cambio de época que hace posible el surgimiento de un candidato libertario en el contexto de un país contaminado por el estatismo y el corporativismo. Este análisis cobra fuerza si miramos que en aquellos lugares en los que no había alternativas al statu quo electoral hubo una fuerte caída del voto peronista en virtud de que la gente prefirió no ir a votar, registrándose una alta abstención que se sostuvo en las PASO y en las generales de 2023. Un tercio de la sociedad comenzó a abstenerse de votar si no se le ofrecía algo nuevo, y ese tercio era mayoritariamente un votante «popular», un viejo cliente peronista.

Entonces estamos ante un clima nuevo de época que pone en peligro la razón de ser del peronismo como lo conocíamos hasta la fecha y que amenaza con quitarle base electoral mucho más de lo que amenazaba a la oposición cambiemita. El notable aumento del voto de Massa de las PASO a las generales se corresponde con una baja de la abstención lo muestra que muchos de los que se abstuvieron eran votantes peronistas desencantados y luego acarreados por el coercitivo aparato estatal, pero eso no implica lealtad del voto. En cambio la remontada de Milei desde las generales al ballotage, por fuera de los resortes de la maquinaria corporativista gubernamental, demuestra que lo que emergió es un fenómeno de masas multisectorial cuyas dimensiones aún no comprendemos.

Ese voto transversal, que compone el 56% del electorado, fue casi la mitad de las preferencias de la Provincia de Buenos Aires, donde Milei se impuso en 108 de 135 distritos. Ese es el, ahora más que poroso, bastión kirchnerista. Las balas pican cerca. Muchos de los históricamente leales votantes peronistas, que votaban la boleta con el sello de Perón sea cual sea la circunstancia, ahora votan a Milei y esto es lo impactante. El voto del libertario viene a disputar el voto del peronismo más allá de los lazos clientelísticos. Por eso, cabe preguntarse si de esta crisis el peronismo saldrá con una simple reconfiguración de referentes o estamos ante una decadencia terminal.

Muchos sostienen que lo que está en crisis es el kirchnerismo y no el peronismo que mantiene, menguado, su poder territorial y parlamentario. Entonces para sobrevivir, las opciones serían o bien hacer un giro al centro, liderado por el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, que propone un modelo desarrollista y que salió bien parado de la elección. O bien profundizar el giro a la extrema izquierda con Kicillof a cargo de la provincia más importante del país, que obtuvo su reelección por el 45% de los votos y que tiene llegada directa a Cristina Kirchner.

También en las trincheras de la oposición estará un golpeado Sergio Massa, que obtuvo uno de los peores resultados históricos de la formación. El peronismo es cruento con los líderes caídos, dicen que «te acompaña hasta el final, pero te abandona en la puerta del cementerio». Massa no va a tener ningún cargo que le permita tener fueros y posee varias causas judiciales, eso no le va a acercar muchos amigos. Lo mismo le pasa a Cristina, y esto es también paradigmático, porque ambos fueron los dos dirigentes más importantes que tuvo el peronismo en los últimos años.

En el proceso de sanación peronista y ante la debilidad que se evidencia, podría surgir una alianza con el radicalismo más escorado a la izquierda y con el sector socialdemócrata del PRO distanciado de Macri y Bullrich, pero por ahora todo es incertidumbre. En nada contribuye a traer tranquilidad Cristina Kirchner, responsable principal del peronismo y su devenir, que ha protagonizado casi en solitario el poder en la Argentina y que, paradójicamente, iba en estos días a dar una conferencia magistral titulada «La insatisfacción democrática». El evento se suspendió luego del triunfo de Milei, cosas que pasan.

Cristina Kirchner, fuera del poder, comienza un frente judicial en tres juicios orales y públicos aunque no tiene procesos abiertos en primera instancia en los que un magistrado pueda imponer una prisión preventiva y aunque así fuera, ya tiene más de 70 años con lo cual lo máximo que se podría esperar es una prisión domiciliaria, pero para esas definiciones falta mucho. En 2022 la vicepresidente recibió una primera condena a seis años de prisión por fraude al Estado al otorgar la concesión de obra pública a su amigo Lázaro Báez, aunque la condena no se hace efectiva hasta que se agote la última instancia, en la Corte Suprema de Justicia.

En febrero de 2024, se iniciarán audiencias de abogados y del fiscal Diego Luciani en el marco de la misma causa ya que Luciani busca que la condena aumente, pues afirma que Cristina actuó en carácter de jefa. A este proceso Cristina Kirchner lo ha calificado como «lawfare» y señaló que «el lawfare inunda toda la región», en referencia a los casos de Lula da Silva y Dilma Rousseff.

Existen otros casos a los que Cristina Kirchner tendrá que enfrentarse, uno de los cuales incluye a su hijo, Máximo Kirchner, que sí tiene fueros como miembro de la Cámara de Diputados. Se trata del caso Hotesur / Los Sauces y también involucra a Lázaro Báez, donde se la acusa de supuesto lavado de activos. Por otro lado, está el «Pacto con Irán», investigación iniciada por el asesinado fiscal Alberto Nisman, donde se le acusa de un supuesto encubrimiento de terroristas iraníes acusados del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994. También está avanzado el caso que se conoce como la «Causa Cuadernos», vinculada a la confesión del chofer Oscar Centeno sobre supuestos casos de corrupción que involucra a cientos de testigos y a muchos acusados en la más alta esfera del poder, que fue elevada a un tribunal federal en 2019, aunque el inicio del juicio parece estar lejos.

Como se ve, una eventual recomposición del peronismo debería además encontrar una narrativa, un guión programático que tome una decisión crucial: exculpar o responsabilizar a sus máximos exponentes de los escándalos y delitos que les quitaron toda legitimidad social y política. Si desea volver a ser opción de gobierno, el peronismo tendrá que hacer una titánica tarea de reinventarse ideológica, económica, social y moralmente, más allá de su otrora colosal aparato de poder. No queda claro, en medio de tanta incertidumbre, quién estaría a cargo de la tarea.

En las ligas menores, la elasticidad de los dirigentes se pondrá a prueba cuando Milei busque armar una coalición política que le permita implementar sus planes en el marco parlamentario, dado que el libertario tiene allí una gran debilidad y corre el riesgo de quedar atado a una dependencia peligrosa de Mauricio Macri. Milei apunta a encontrar interlocutores de todo el arco político, más allá del acuerdo que selló con el expresidente. El peronismo territorial posiblemente no sirva para mantener con vida al gran movimiento de masas que signó la vida argentina desde la década del 40 del siglo pasado, pero necesita, para seguir subsistiendo, del favor del poder y de sus fondos. ¿Se adaptará nuevamente al signo de los tiempos o se diluirá, por fin, en la novedosa escena política de la Argentina libertaria?

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