Alemania vive una explosión de violencia en sus estaciones de tren que confirma lo que las autoridades han tratado de negar durante años: la inseguridad está estrechamente vinculada a la inmigración masiva. Los datos policiales revelan un deterioro acelerado de la seguridad pública y confirman que zonas enteras de tránsito se están convirtiendo en espacios intransitables para muchos alemanes.
Según cifras oficiales, la violencia en la estación central de Berlín se ha triplicado desde 2019, y en Colonia ha aumentado un 70%. Estos casos no son excepciones, sino la tendencia que se repite en Duisburgo, Hamburgo, Frankfurt y Leipzig.
Los números explican la magnitud del colapso. Los delitos violentos en estaciones alemanas pasaron de 25.640 en 2023 a 27.160 en 2024. Los crímenes sexuales subieron de 1.898 a 2.262, y los daños a la propiedad también aumentaron. Estudios previos ya demostraban que los extranjeros cometen el 59% de los delitos sexuales en trenes y estaciones, con una duplicación de los delitos graves desde 2019.
Para el diputado del AfD Martin Hess, «las estaciones, antaño lugares de encuentro seguro, están convirtiéndose en zonas no-go«. También denunció que los extranjeros están sobrerrepresentados en todas las categorías delictivas, especialmente en violencia, robos, agresiones sexuales y tráfico de drogas.
Mientras tanto, el Gobierno alemán rehúsa hablar de deportaciones masivas y opta por un modelo basado en vigilancia y control. El ministro del Interior, Dobrindt, ha impuesto prohibiciones de armas blancas en el transporte y despliega un arsenal de cámaras con inteligencia artificial. En Múnich, 200 cámaras operan ya en estaciones, y Berlín ha extendido la prohibición de armas a metro, trenes de cercanías, autobuses y tranvías. Pero la realidad sigue empeorando. Incluso con más vigilancia y más identificaciones de sospechosos, la violencia continúa creciendo porque los delincuentes rara vez son expulsados del país y, en muchos casos, ni siquiera reciben condenas efectivas.