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La nueva izquierda se centró en cruzadas identitarias de élites activistas

La victoria de Milei demuestra la decadencia de la nueva izquierda

El presidente de Argentina, Javier Milei. Twitter

Uno de los mantras más repetidos por los supuestos analistas de lo «políticamente correcto» es «el auge de la extrema derecha». En todas sus variaciones: el ascenso de la ultraderecha, la ola reaccionaria, el retorno de los fachas, etc. En estas frases caben todos aquellos que les desagraden: fuerzas tan diferentes como liberales y conservadores, grupos pro-europeos y euroscépticos, tecnócratas y populistas, pacifistas y belicistas, una cosa y su contraria, e incluso gente de izquierda que no comparta todos sus dogmas. Por mucho que Milei tenga posturas liberales cercanas a la izquierda en materia de legalización de drogas, derechos LGTB o inmigración, lo echarán al saco de la «extrema derecha» a la que califican de prohibicionista, homófoba y xenófoba.

El concepto del «auge de la extrema derecha» no sirve para entender la realidad política y además es un fracaso a la hora de frenar la popularidad de los aludidos. Como explica la fábula de Esopo, repetir una y otra vez «que viene el lobo» logra que la gente le pierda el miedo. Los argentinos han ido más allá, aplaudiendo incluso que venga el lobo de verdad, ya que seguramente no sea peor que los amos del corral(ito).

El voto a Milei es, sobre todo, un voto de rechazo a toda la casta política. Y se incluye en esa casta a buena parte de la izquierda, que antiguamente se preciaba de ser transformadora pero que, de un tiempo a esta parte, está más cómoda defendiendo el plan ecológico del Foro Davos, las «fronteras abiertas» del FMI o la opinión del Financial Times.

La victoria de Milei no se explica por «el auge de la extrema derecha», sino más bien por la decadencia de la izquierda que ha tenido enfrente. A diferencia de la izquierda clásica, la nueva izquierda (agrupada en Argentina en torno al kirchnerismo) ha hablado poco y mal de economía, de pobreza y desigualdad, de deuda e inflación, prefiriendo hablar sobre la causa indigenista de los mapuches o el «pañuelo verde» feminista. Son temas perfectamente válidos, pero que causan un agravio entre la mayoría, cuando sienten que las cuestiones minoritarias están recibiendo una atención que es limitada y unos recursos que son escasos, mientras empeora la situación más básica y que es común a todos.

La nueva izquierda latinoamericana de los Petro y los Boric se desmarca de la vieja izquierda castrista, chavista o sandinista y de sus anticuados valores de patria, revolución o socialismo. Pero sus nuevos valores, como los del proyecto chileno de constitución «plurinacional e intercultural» con «diversidades y disidencias sexuales», son rechazados por la mayoría del pueblo. En Argentina tenemos la decadencia de amplios sectores del peronismo, que han cambiado su estilo tradicional para importar las ideas de la progresía europea y estadounidense. El resultado ha sido el abandono de la opción peronista por buena parte de las capas populares.

Convertirse a la cultura woke mientras Argentina quiebra” es el título de un revelador artículo de Arturo Desimone (curiosamente publicado por la Open Democracy de Georges Soros, uno de los promotores de este cambio cultural en las izquierdas). Escribe: «Cuando los líderes de la izquierda sustituyen el progreso material y las mejoras reales en la vida de la gente corriente por las manías culturales y cruzadas identitarias de élites activistas, se está abandonando a la amplia base obrera tradicional a cambio de una pequeña burguesía urbana, lo que supone una fórmula perdedora para la izquierda tanto en el Norte como en el Sur Global».

El texto aporta dos claves fundamentales. Por un lado está la acción del gobierno saliente de Alberto Fernández: el expresidente cedió en las negociaciones con el FMI y renunció a nacionalizar el quebrado gigante empresarial «Vicentin». Hubiera sido una expropiación perfectamente legal, además de necesaria en plena crisis alimentaria durante el larguísimo bloqueo del COVID. La izquierda argentina se sintió engañada por Fernández, un sentimiento que no disminuyó (sino que, para muchos, aumentó) cuando vieron las medidas que el expresidente sí sacaba adelante. Por ejemplo, rebautizar el «Instituto de las Mujeres» como «Ministerio de la Mujer, los Géneros y la Diversidad» (regándolo con un 3,4% del PIB argentino) o introducir la opción «no-binaria» en el DNI y presentarlo como «un gran paso adelante».

La otra clave fundamental es cómo se ha tratado a las figuras de izquierda que han criticado esta contradictoria deriva. Intelectuales que han sido ignorados, como Atilio Borón, al advertir contra «entablar diálogos conciliadores» con grandes empresarios mientras se castiga al pueblo con la «jerga intelectual posmodernista». También leemos el caso de Mayra Arena, una conocida joven de izquierda peronista nacida en los barrios pobres del sur de Buenos Aires. Ella criticó al anterior Gobierno por «estar económicamente estancado en el centro mientras se escora a la izquierda superficialmente» con el «lenguaje inclusivo». Hablar con la «e», inventarse pronombres… «ya ni siquiera hablamos el mismo idioma», concluyó Arena. Le respondió indignada Elizabeth Gómez Alcorta (ministra de Mujer, Géneros y Diversidad), que comparó a la muchacha con «Bolsonaro y otros extremistas de la alt-right».

Cuando el argumento de «el auge de la extrema derecha» se utiliza incluso para silenciar las críticas entre tus propias filas, sabemos que la verdadera causa del problema es la decadencia de la izquierda. Y la consecuencia sólo puede ser el triunfo de Milei.

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