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Carlos Esteban, 58 años, quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundé el semanario católico ALBA, escribí opinión en ÉPOCA, donde cubrí también la sección de Internacional, de la que fui responsable cuando nació (como diario generalista) La Gaceta. Desde hace unos años me desempeño como freelance, colaborando para distintos medios.
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Carlos Esteban, 58 años, quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundé el semanario católico ALBA, escribí opinión en ÉPOCA, donde cubrí también la sección de Internacional, de la que fui responsable cuando nació (como diario generalista) La Gaceta. Desde hace unos años me desempeño como freelance, colaborando para distintos medios.

Por parafrasear a Marx, un hombre de paja recorre el mundo, y ese hombre de paja se llama ‘negacionismo’. ‘Negacionista’ ha superado con creces en el último año a ‘fascista’ o ‘populista’ como descalificación que exime de toda respuesta razonada a los argumentos del contrario, y la etiqueta, a medida que los gobiernos de todo el mundo preparan a sus conciudadanos para medidas contrarias a toda la legislación internacional vigente empieza a ser seriamente peligrosa.

Nos referimos, naturalmente, a la pandemia y a esa categoría de seres que “nos ponen a todos en peligro” al no aceptar la (locamente cambiante) versión oficial y cuestionar la necesidad de las vacunas (de estas vacunas, añado) y el recorte de libertades que se está universalizando alegremente en nuestro mundo.

Francia tiene a las masas en la calle para protestar contra las medidas de Macron, tendentes a que los no vacunados no puedan realizar actividades tan normales como comprar comida o subirse a un autobús. En Estados Unidos, el balbuceante Biden insulta a quienes quieren vacunarse y les acusa de ser responsables de todos los nuevos contagios y de impedir la vuelta a la normalidad. “Si esos otros cien millones de americanos [los no vacunados] se vacunaran, viviríamos en un mundo muy diferente”.

Que la declaración de Biden es una mentira monumental y descarada lo dicen los mismos expertos, que advierten que la vacunación no impide el contagio y que aún con ella aconsejan (o imponen, según) el uso de mascarillas. El caso quizá más extremo sea el de Israel, uno de los países con mayor proporción de vacunados del mundo, donde pese a ello continúan la expansión de los contagios al punto que el ministro de Sanidad ha anunciado medidas draconianas para forzar la vacunación de la minoría resistente.

Pero, ¿quiénes son estos antivacunas ignorantes y terraplanistas que ponen a todos en peligro mortal y contra los que cualquier coacción estaría justificada? ¿En qué creen, realmente? De hacer caso a la narrativa al uso, sus ideas son tan absurdamente conspiracionistas y anticientíficas que asusta pensar en su número y explican la reacción airada del resto. Pero, ¿es así? Veamos las acusaciones más habituales y la posición real de estos disidentes.

“Los negacionistas niegan las explicaciones sobre el virus que han dado no solo los gobiernos sino también instituciones supranacionales del prestigio de la Organización Mundial de la Salud”. Es cierto, en parte. No es que el grueso de los negacionistas haga una enmienda a la totalidad de la historia oficial de esta pandemia, pero apuntan a ‘agujeros’ bastante obvios, como las veces en que la narrativa oficial ha cambiado de un día para otro. Por ejemplo, cuando la propia OMS negó que el virus se transmitiera de humano a humano, muy al principio, o, por acercarnos más a la actualidad, el cambio radical en la explicación más razonable sobre el origen del virus, de transición casual de animal (pangolín o murciélago) a humano a la probable fuga de un virus artificialmente modificado del laboratorio de Wuhan.

“Los negacionistas niegan que el virus sea mortal, cuando llevamos ya millones de muertes”. No, los negacionistas no niegan en su mayoría que el virus pueda matar, pero apuntan al inflado interesado de las cifras de muertos y al escamoteo de datos enormemente significativo como son la edad y las comorbilidades de muchos de los fallecidos, así como la manipuladora costumbre, sobre todo en medios de comunicación, de confundir “con covid” con “por covid”.

“Los negacionistas disputan los esfuerzos de los gobiernos en la lucha contra la pandemia, que han salvado millones de vidas”. El gobierno español, en concreto, atribuye a sus medidas draconianas la salvación de millón y medio de vidas. Podía haber dicho 18 millones o 23, no hay forma alguna de comprobarlo.

Lo cierto es que los gobiernos sí han aplicado medidas durísimas y sin precedentes que se han demostrado desastrosas. Al coste de muchas vidas. Hay, para desgracia de los gobiernos de confinamiento, cierres y mascarillas obligatorias, ejemplos de países y territorios que, al no aplicar o haber dejado de aplicar todas estas medidas, sirven de perfecto ‘grupo de control’ con el comparar, desde Suecia a Texas o Florida. Y esos países y regiones han tenido resultados similares, a menudo mejores en lo meramente sanitario.

Sabemos que el suicidio es ya la primera causa de muerte en España entre los jóvenes, por delante de accidentes de tráfico o cualquier enfermedad. Sabemos que el tratamiento favorito de la primera fase, el respirador, del que solo han salido vivos dos de cada diez pacientes, resultaba contraproducente en esta enfermedad. Uno es muy libre de creer que las restricciones aplicadas han salvado vidas y frenado la expansión del virus, pero los fríos datos no parecen confirmarlo.

“Los negacionistas son antivacunas, contrarios a ese enorme avance de la civilización que ha erradicado plagas como la polio o la viruela”. No, los negacionistas -una vez más: la mayoría- celebran las vacunas que han erradicado la polio y la viruela como el que más, suelen estar vacunados contra diversas enfermedades y vacunan rutinariamente a sus hijos sin darle vueltas.

Simplemente se limitan a señalar lo fácilmente comprobable a partir de las fuentes oficiales: que no se trata de vacunas, sino de terapias génicas nunca antes probadas, que no han pasado todas las pruebas de eficacia y seguridad que se exige a los medicamentos -por lo que solo tienen una autorización de emergencia-, que no impiden los contagios (por admisión de los propios fabricantes) y que ni siquiera previenen el desarrollo de la enfermedad.

Los negacionistas, en fin, son personas que no ven muy bien el sentido de someterse a un experimento médico para luchar contra una pandemia en declive de una enfermedad con una tasa de supervivencia del 99,8%, según cifras oficiales. También suelen advertir que el desarrollo de la lucha contra el covid ha tenido a menudo más de político que de sanitario, y que la confianza ciega en agentes con claros intereses (políticos o económicos) no es la apoteosis de la racionalidad.

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